Política

El PSOE, o la renovación que no llega

10 Feb, 2015 - - @egocrata

Hace medio año, tras una campaña electoral corta, discreta y patéticamente corta de contenido Pedro Sánchez accedía a la secretaría general del PSOE.  Como señala la evidencia empírica, yo soy de los que creo que los políticos, en general, cumplen con sus promesas electorales, así que recibí la victoria de Sánchez con cierto escepticismo. El tipo realmente no había prometido nada durante la campaña al hablar de políticas públicas más allá de una «transición económica» y «nueva política» (su oponente, por cierto, se mojó bastante más), así que llego al despacho noble de Ferraz sin ninguna promesa que cumplir. Tras alguna entrevista donde parecía apuntar maneras, Pedro Sánchez parece haber sido fiel a su palabra y efectivamente, ha hecho todo lo que prometió.

Es decir, nada.

Echemos un vistazo a las declaraciones del PSOE estos últimos días, ignorando las bofetadas a Monedero. El domingo, por ejemplo Pedro Sánchez fue entrevistado en El Mundo.  Si no la leísteis, no os preocupéis; pasó completamente desapercibida, sin general un sólo titular. El periódico ni siquiera tiene un resumen en su página, más allá de una triste lista de la compra con propuestas sin ningún hilo conductor. El partido anda tan huérfano de ideas, de hecho, que ayer vimos titulares como «El PSOE incluirá en su oferta electoral leyes emblemáticas de IU«, porque no hay nada como copiar a un partido que va aún peor que tú en las encuestas al redactar tu programa. Aparte de repetir como un mantra que ser socialista es ser de izquierdas y que él está muy orgulloso de ser de izquierdas (sin definir qué es ser de izquierdas estos días, obviamente), declarándose a favor del bien y en contra del mal, es muy complicado discernir qué ofrece el PSOE a estas alturas.

Si miramos la lista de propuestas que desgranó el domingo con más atención, es complicado excitarse demasiado con ninguna idea. Sánchez habló de subir impuestos a los ricos y bajarlos a las clases medias (algo que dicen todos los partidos – incluso el PP), simplificar el impuesto de sociedades (emocionante), financiar con impuestos el sistema de pensiones (al contrario que ahora, que lo pagamos con el oro de las Indias), revisar las cotizaciones de los autónomos (visionario), restar competencias a las diputaciones a favor de los ayuntamientos (inspirador), subir el salario mínimo (se me acaban los calificativos), lanzar un programa de empleo para mayores de 45 años (ya se sabe, las víctimas de la crisis), dación en pago y más vivienda social.

Si todo esto os suena familiar, no os extrañe demasiado: básicamente es el mismo programa que llevo a Elena Valenciano a dejar un cráter humeante en las europeas, y es esencialmente lo mismo que defiende Podemos, con mayor o menor gracia, cuando alguien le da por preguntar detalles. Es el mensaje de la vieja izquierda española de siempre de defender a las clases medias y pensionistas, proteger el mortalmente ineficaz estado de bienestar español de cualquier reforma, con el único añadido que el gasto público lo van a pagar otros (es decir, los ricos). Todo ello envuelto con un barniz impostado de defender que el PSOE es un partido de gobierno, el único partido que puede ganar al PP, porque obviamente todos tenemos tan buen recuerdo de ellos de cuando la última vez que estuvieron en Moncloa.

De todas las declaraciones recientes, sin embargo, la más cargante de todas es su afirmación que la principal condición del PSOE para pactar será que su socio esté a favor de derogar la reforma laboral del PP. Por Politikon hemos hablado largo y tendido de la horrenda, desastrosa, profundamente estúpida legislación del mercado laboral en España. Lo hicimos antes de la (primera) reforma laboral de Zapatero, lo hicimos tras la reforma laboral de Zapatero, lo hicimos antes de la reforma laboral de Rajoy, y lo hemos hecho después de la reforma laboral de Rajoy. El mercado laboral era un desastre potencial el 2006, lo seguía siendo tras la reformas, era un desastre el 2010, lo seguía siendo tras la reforma, era un desastre el 2012, y lo sigue siendo ahora. Ninguna reforma ha traído cambios realmente significativos al mercado de trabajo español, y ninguna ha atacado lo más mínimo la principal fuente de la creciente desigualdad en España y la persistente ineficacia de nuestro estado de bienestar, la dualidad laboral. Que el caballo de batalla del PSOE sea revertir la épicamente poco ambiciosa reforma de Rajoy hacia la prácticamente igual de disfuncional reforma de Zapatero es incomprensible desde cualquier punto de vista que no sea el de dar brindis al sol. Si vemos la trayectoria del PSOE en los sondeos de opinión los últimos meses creo que es obvio que los votantes, puestos a escoger fantasías, prefieren dar su apoyo a alguien que no estaba rompiéndolas hacer menos de cuatro años.

Hace unos meses, a poco de que ganara Sánchez las primarias, escribía que el PSOE tenía tres opciones: continuidad, populismo o modernización. El populismo lo hace mejor Podemos, la continuidad hemos visto donde lleva, la modernización sigue lejos, muy lejos del partido. Si a la timidez del líder y su falta de ganas de articular un programa político realmente ambicioso (y realmente socialdemócrata, lejos del peronismo de Podemos) le sumamos las intrigas internas del partido, es difícil ver cómo se recuperarán en las urnas. Y más cuando la alternativa para dirigir del partido viene de la región de España donde el PSOE ha acumulado durante décadas todos sus peores vicios.

Lo más preocupante de todo esto, sin embargo, no es la lentitud del PSOE, sino el hecho que el resto de partidos están igual de hipnotizados por el status quo. El PP de Rajoy ha sido increíblemente poco ambicioso en sus reformas económicas allá donde Europa no le ha obligado a hacer lo correcto (el rescate/demolición de las cajas, post-Bankia); aparte de la serie de recortes de gasto y subidas de impuestos (a los ricos, por cierto) para equilibrar las cuentas, la mayoría de leyes de este gobierno combinaban grandes nombres con medidas de alcance limitado.  Ha sido dejar todo para más adelante, y postponerlo de nuevo después cuando llegan elecciones. La crisis habrá acabado en nada; el PSOE durante su naufragio hizo menos de lo que debería, pero la agenda reformista de Zapatero estaba a años luz de Rajoy, incluso con un gobierno en minoría.

Los dos partidos tradicionales, después de no prometer nada y no ofrecer nada para sacarnos del pozo, ahora actúan todo extrañados cuando un tercer partido aparece de la nada y amenaza con derrocarles. Quién lo iba a decir.

Que la agenda de Podemos caiga en los mismo errores de la izquierda de siempre, sin embargo, lo dejamos para otro día.