Con la blogosfera española muy distraida persiguiendo el último objeto doradito fantarepresor (como dice Marc Vidal, siempre hacen lo mismo – aunque creeme, somos tan importantes como para merecer distracción), vale la pena recordar que la Ley de Reforma Sostenible deja fuera algo muy importante: el mercado de trabajo.

Eso no sería grave si el gobierno estuviera planteándose una ley separada de cierto peso; al fin y al cabo, están haciendo eso con el sistema educativo, en una ley que no pinta mal. Incluso el sistema judicial va a ver algunos cambios y más recursos. En el mercado laboral, sin embargo, el gobierno anda con las mismas de siempre. Primero, depender del sagrado diálogo social, que creo es la tercera cámara del Congreso a estas alturas. Y segundo, y más grave, ignorar los problemas de fondo.

No es que las propuestas que están poniendo sobre la mesa sean uniformemente malas. Hay algunas ideas estupendas, como facilitar reducir horas y trabajar a tiempo parcil para evitar despidos. El problema real de fondo, sin embargo, los costes del despido y su segmentación del mercado, es básicamente ignorado.

No voy a repetir los argumentos pasados, ya que siempre digo lo mismo. Basta con señalar que los efectos del paro en los jóvenes son terribles, y duran décadas. El mercado laboral penaliza horriblemente a los outsiders; jóvenes que acaban de empezar a trabajar o buscan su primer trabajo. El despido caro crea un mercado dual que hace invertir en capital humano caro e ineficiente, y hace más atractivos los negocios basados en trabajo temporal, mano de obra poco cualificada y salarios paupérrimos.

Dejar esto fuera de la mesa es un error gravísimo, que debilita enormemente el resto de las reformas del gobierno. No sirve de nada reducir barreras burocráticas, incentivar la innovación, simplificar trámites y pedir a gritos inversiones en alta tecnología si poner alguien nuevo en la nómina es un riesgo enorme. Una empresa no da un proyecto importante a un tipo con contrato temporal; si crear algo nuevo y tomar riesgos implica tomar riesgos con un desconocido en tu nómina, la inversion es mucho menos atractiva. Eso sin contar lo irracional que es que un empresario tenga que decidir quién decide pensando en cuánto le cuesta echar a un trabajador (y no según productividad o valor real), o la extraña barrera a la inversión que es tener que defender ante un juez el hecho que si no despides a gente te arruinas.

Sé de sobras que es una reforma impopular. Sé de sobras que no es una solución mágica. Y sí, hay formas de reducir los costes del despido sin recortar derechos a los trabajadores. Lo que no es de recibo es que, con el paro al 18%, pretendamos que la ley que regula el mercado de trabajo no tiene absolutamente nada que ver con ese dato. Es como si con el Titanic hundiéndose, el ingeniero insistiera que el problema no es la vía de agua, sino el hecho que el timón era demasiado pequeño. Y sí, se tiene que hacer ahora. La gente realmente no puede ir peor.