Uno de los conceptos más útiles (y más repetidos) en Ciencia Política es el de los veto players, o actores con capacidad de veto. Esencialmente, es cualquier institución, político o agente en sistema político que tiene la capacidad de bloquear una reforma. Cualquier ley, por minúscula que sea, debe ser aprobada con su consentimiento, obligando al resto de actores a negociar si quieren mover legislación.

Aunque idea original es antigua (un tal Montesquieu escribió los primeros esbozos), George Tsebelis fue el que la sistematizó de forma matemática en los años noventa, construyendo un modelo fascinante de espacios multidimensionales con espacios políticos posibles, ventanas de oportunidad y equilibrios complejos. La idea central es que cada actor tiene un determinado espacio de políticas aceptables («puedo vivir con un tipo impositivo del 35% al 39%, pero no más allá» ó «quiero parejas de hecho homosexuales sin adopción, acepto adopciones, por matrimonio no paso»), un especie de franja de ideas que estaría dispuesto a aceptar. Cuando un sistema político tiene varios actores con derecho a veto, una ley sólo puede ser aprobada si su contenido cae dentro de un territorio que satisface a todos los actores. No hace falta decir que como más actores con derecho a veto tengamos, más complicado será aprobar nada. Es por este motivo que el sistema político americano es a menudo tan desesperadamente inoperante.

La belleza del modelo de Tsebelis no es tanto su complejidad inicial (aunque las matemáticas se vuelven mareantes rápido) sino la enorme cantidad de variaciones y matices que uno puede añadirle. Podemos suponer, por ejemplo, que los actores no revelan sus preferencias, creando un sistema de negociación por el cual tienen que descubrir hasta donde pueden llegar los otros. Podemos cambiar quien marca la agenda, haciendo que el Presidente pueda limitar el campo de acción. Podemos añadir negociaciones paralelas, haciendo que un actor pueda sacrificar territorio en un tema a cambio de conseguir un acuerdo mejor en otro. Lo que encontramos, no hace falta decirlo, es un dolor de cabeza enorme,  y la realidad que los sistemas políticos con más veto players tienden a ser menos activos, por una lado, ya que es más complicado aprobar nada, y bastante más inestables, ya que las reglas del sistema político tienen un efecto extraordinariamente fuerte sobre los resultados obtenidos. En un sistema presidencialista, al fin y al cabo, es mucho más habitual ver un Presidente a tortas con el Senado o Congreso que en una democracia parlamentaria.

Todo esto viene porque hace unos días el Washington Post publicaba una excelente entrevista con Tsebelis precisamente sobre veto players, hablando de cómo su existencia ha influido en el desarrollo de la democracia en Estados Unidos y en otros países. Una de las cosas que menciona Tsebelis es lo siguiente:

So the British prime minister usually, when you have the single party goverment he is the only veto player in Britain. That’s why change in the status quo in Britain is easy. Same thing in Spain, because again you have a strong majority and a single party majority, and historically in Greece, because again you have a single party majority.

Por si alguien no se ha dado cuenta hasta ahora, el sistema político español ahora mismo tiene exactamente un actor con derecho a veto (parcial), el Tribunal Constitucional. Mariano Rajoy, siempre que respete los límites de la constitución, puede hacer lo que le venga la real gana, y no tiene que pedir permiso absolutamente a nadie. Vía libre. El país es suyo. Nadie puede vetar sus decisiones. España, cuando tiene un gobierno con mayoría absoluta, es básicamente una dictadura electiva con un mandato de cuatro años, sin que ningún actor político pueda hacer sombra al Rey Sol que es el Presidente del Gobierno. Sí, obviamente Rajoy está limitado por las leyes de la física y la restricción presupuestaria (léase casi nadie nos quiere prestar dinero), pero si quiere legislar, puede hacer lo que le plazca.

Algo que, obviamente, no hace. Como decía hoy en el Congreso el buen hombre, «A veces la mejor decisión es no tomar ninguna decisión y eso es también una decisión«, toda una declaración de intenciones. Lo curioso es que España, que tiene un sistema político diseñado para dar un margen de maniobra descomunal (y probablemente casi excesivo, especialmente en temas que afectan a gobiernos autonómicos) al ejecutivo con una sólida mayoría parlamentaria, ha acabado con un Presidente que parece hacer todo lo posible para no utilizar ese inmenso poder. En un país que necesita reformas de forma desesperada (desde liberalizar las farmacias a arreglar el sector eléctrico, pasando por cambiar el mercado laboral de arriba a abajo o hacer el estado del bienestar más redistributivo) el único actor que puede hacer nada está vetándose a si mismo. Es desesperante.

En comparación, Zapatero quizás fuera un político entre iluso e incompetente, pero nunca tuvo el margen de maniobra que tiene Rajoy. El PSOE, del 2004 al 2012, nunca disfrutó de mayoría absoluta, viéndose forzado a aprobar cualquier reforma buscando acuerdos con otros grupos parlamentarios. Eso quería decir o bien buscar acuerdos con Izquierda Unida, un partido que nunca ha tenido demasiado contacto con la realidad, o con los nacionalistas catalanes, que andaban muy concentrados o bien demoliendo el tripartito o bien pidiendo unicornios en forma de pacto fiscal. El PP, por descontado, no quería pactar nada; no por hostilidad o oposición irresponsable, sino porque Mariano Rajoy no tenía ganas de hacer nada. Durante la primera legislatura, con la burbuja a todo tren, los grupos de la oposición no hubieran tenido ni tiempo ni ganas de meterse a hacer reformas. Durante la segunda, con la economía en barrena y Zapatero cada vez más impopular, fue casi un milagro que consiguieran sacar algo adelante. Recordad, a fin de cuentas, el milagro que fue conseguir que CiU apoyara el primer plan de ajuste el 2010; Rajoy nunca ha tenido que verse metido en estos berenjenales. Es por eso que siempre digo que la mejor legislatura de Zapatero fue la segunda – por mucho que tomara decisiones tarde, mal y a rastras, su gobierno consiguió sacar adelante medidas dificilísimas aún sin tener mayoría.

Por supuesto, si queremos hablar de un sistema realmente complicado con un número absolutamente descomunal de veto players basta con mirar a Bruselas. La Unión Europea es, por encima de todo, un lugar donde 27 estados tienen que estar de acuerdo para aprobar cualquier cambio, así que os podéis imaginar lo que dice Tsebelis sobre el sistema. En fin.