Unión Europea

Tsipras (y el resto) escoge “nación”

5 Jul, 2015 - - @jorgegalindo

Grecia ha votado “no” en el referéndum sobre… no se sabe muy bien qué. Es el resultado que cabía esperar, pero la incertidumbre que nos queda no es por ello menor. Resulta por ello muy difícil predecir qué va a pasar mañana, esta semana o durante este mes. Sin embargo, mucho me temo que tanto este referéndum como la actitud general antes y después del mismo de todos los líderes europeos (y no solo de Grecia) indican que el proyecto de unión europea va hacia atrás, y no hacia delante.

En enero, una mayoría de votantes griegos dieron su confianza a un nuevo gobierno. Por sí sola, Syriza apenas tenía capacidad de negociación. Dos opciones se abrían ante ellos: su herramienta más evidente era el riesgo (la amenaza) de un contagio descontrolado tras una salida de Grecia del euro. La menos obvia, una alianza de los perdedores de la crisis (o aún más: del actual diseño institucional de la Eurozona o incluso de toda la UE) que vaya más allá de sus fronteras.

En el otro lado, los países acreedores enfrentaban la otra cara de la misma elección: encerrarse en las preferencias mayoritarias dentro de sus países o buscar mecanismos de integración para resolver el problema fundamental del proyecto europeo.

La segunda opción implicaba una cesión de soberanía en ambos casos. No así la primera, que traía el riesgo de que la amenaza velada de Grecia de salir del euro, o del resto de países de echar al país de la moneda única, se cumpliese.

Las estrategias asociadas a cada alternativa eran muy distintas, lógicamente. Por ejemplo, Syriza podría haber intentado construir en un frente formado por todos los partidos de centro-izquierda e izquierda de Europa, uniendo a aquellos que pueden verse beneficiados por una hipotética unión fiscal a un lado y otro del continente. Es cierto que la socialdemocracia alemana, por ejemplo, no habría acudido corriendo a la llamada, precisamente: al fin y al cabo, una mayoría relativamente amplia de sus votantes (actuales y potenciales) no está por la labor de tener mucha manga ancha con Grecia. También es verdad que las cesiones de soberanía son eventos raros, complicados, lentos y que suelen funcionar mejor si se empiezan cuando las cosas van bien y no se trata de repartir la miseria de una crisis que no acaba.

Posiblemente por todo ello la tendencia que observamos en todos los países de Europa es la contraria: recogimiento y acaparamiento de soberanía. El gobierno griego está a la vanguardia de este proceso. El referéndum sobre la negociación es la culminación de la estrategia extrema cuyo último paso es, precisamente, la sombra de una salida del euro. Todo ello se envuelve en una retórica de defensa de los derechos “del pueblo” o incluso “de los más desfavorecidos”. Pero en un escenario de grexit los más perjudicados serán probablemente las clases bajas. A corto plazo, pero también a medio y quizás incluso a largo. En resumen: en realidad, la carta que juega Syriza es la carta nacional.

El problema es que el resto de Europa no está siguiendo la estrategia alternativa, reforzando una unión de intereses trans-fronterizos de ciertas clases o grupos sociales, sino que prefiere reforzar también su propia soberanía. No solo los partidos de tono nacionalista están subiendo en apoyos y relevancia: los tradicionales (en el norte, sobre todo) no se atreven a hablar de mayor integración europea. Es verdad que por primera vez estamos teniendo un debate que se siente auténticamente europeo. La mala noticia es que parece que el objetivo del mismo es decidir si nos alejamos los unos de los otros.

Es fácil insistir en que ceder soberanía era y es complicadísimo. Que nadie tiene incentivos a corto plazo para hacer otra cosa que mirar por sus electores. Todo ello es cierto, y por tanto el espacio para el optimismo europeísta es cada vez más y más escaso. El problema con esta línea de pensamiento es que ya se ha cedido soberanía en el pasado. Que en otros momentos sea considerado que “mirar por sus electores” era también apostar por una mayor integración europea. Deberíamos preguntarnos qué y por qué ha cambiado en las últimas dos décadas para que Tsipras (y Merkel, y Gabriel, y todos) hayan escogido “nación”.

Se me ocurren dos posibles explicaciones, y creo que ambas son en parte ciertas. Probablemente, el aspecto de más peso es el cambio radical en los incentivos de la unión monetaria, corazón del proyecto europeo desde principios de los noventa. Explicado rápido y mal, durante sus primeros diez años la dinámica en la Eurozona fue tal que unos países (como Grecia o nosotros) recibían crédito barato de otros (como Alemania) que preferían el ahorro y las exportaciones (gracias a una divisa más barata que la que tenían antes) al consumo interno, nuestra especialidad. Desde hace media década el equilibrio está roto, y ahora la unión a medio hacer se percibe como un corsé que no nos permite aplicar una solución al problema que incluya reformas estructurales combinadas con racionalización del gasto en algunas áreas y estímulo (fiscal y monetario) en otros. En el largo plazo, y mucho más allá del Euro, los beneficios que Europa ha aportado a cada uno de sus miembros es enorme, muy superiores a los costes durante la crisis. Pero éstos se perciben de manera mucho más intensa, hasta el punto de que a un número creciente de votantes les parece que el proyecto europeo sólo nos ha traído problemas. Y actúan en consecuencia.

Pero, y este el segundo elemento, las preferencias de los ciudadanos nunca son totalmente ajenas al proceso político. No son pocas las voces que se quejan de la falta de “valentía” de nuestros líderes. No sé si lo pondría en términos de ser más o menos cobarde o valiente, pero desde luego parece que pocos políticos europeos han puesto al mismo tiempo esfuerzo y talento en apostar por una estrategia de integración y cesión de soberanía. Probablemente las razones van más allá de una mera mala suerte con los líderes que nos han tocado en suerte, porque al fin y al cabo nosotros los hemos escogido. Parece que vivimos en una época donde la formación de ideas, ideologías, preferencias en definitiva es más volátil, menos atada a intereses a largo plazo y más dependiente de relatos construidos de manera más o menos rápida. El proyecto europeo no se podía escapar al gran dilema que supone aprender a gobernar en el vacío.