Ciencia & Política & Sociedad

Ultimátum a la Tierra III: Algunas puntualizaciones sobre la violencia

18 Jul, 2014 - - @jorgesmiguel

Mi post con Kiko Llaneras en respuesta al manifiesto Última llamada ha circulado mucho y ha generado también controversia, como lo ha hecho la secuela sobre recursos energéticos que apareció poco después. Celebramos que se produzca este debate (aunque los términos no siempre sean los más deseables), pero el hecho de reunir a personas procedentes de ámbitos y disciplinas diversos, y nuestra propia presentación esquemática, ha hecho que determinados temas se abordasen de forma parcial o fragmentada, en muchos casos ignorando la nutrida bibliografía académica que existe sobre temas como desarrollo o, recientemente, la violencia en perspectiva histórica. Sobre ambos me gustaría hacer algunas puntualizaciones, empezando aquí por el segundo.

Por lo que respecta al artículo original, nuestro objetivo era poner en tela de juicio la postura máxima del manifiesto e ilustrar gráficamente por qué nos parece errada. Como es evidente, ni el texto ni los gráficos pretendían suplantar los datos sobre los que se asienta nuestra argumentación, sino ofrecer un resumen, necesariamente incompleto, de los mismos. Aunque se trata de materias complejas, tanto por basarse a menudo en estimaciones como por involucrar debates morales espinosos y con riesgo de incurrir en el presentismo, los puntos que escogimos para ilustrar nuestra crítica están sólidamente fundamentados.

El estudio de la violencia en perspectiva histórica ha sido un campo muy animado en los últimos tiempos. Uno de los hitos de este debate fue la aparición en 1993 de War before civilization del antropólogo Lawrence Keeley, un volumen que reunía datos contra el paradigma imperante en la disciplina sobre los bajos niveles de violencia de los pueblos tribales, y que Keeley caracterizaba como la “pacificación del pasado”. En fechas recientes, autores populares como Steven Pinker o Jared Diamond han terciado en el debate con libros de amplia difusión, pero la nómina de investigadores incluye a otros menos conocidos del gran público, como Azar Gat, Ian Morris o Pieter Spierenburg. El Human Security Report 2013 contiene un buen resumen del debate (incluyendo críticas a Pinker) y asume una línea similar a la que planteábamos en nuestro artículo: pese a tratarse de un asunto controvertido, pese a la pobreza de muchos de nuestros datos, y pese que están lejos de aclararse todos los ángulos de la violencia como fenómeno social, el declive secular de la misma empieza a estar más que razonablemente atestiguado, tanto por lo que se refiere a la violencia privada como incluso a los conflictos armados. Por nuestra parte, Kiko Llaneras y yo hemos escrito a menudo sobre el asunto, tanto en Politikon (1, 2) como en Jot Down (edición impresa, número 7).

Un aspecto particularmente controvertido ha sido la consideración de la Segunda Guerra Mundial en perspectiva histórica. Se suele caracterizar como el conflicto más sangriento de la historia, y desde luego lo es en términos absolutos, pero no así en porcentaje de población, medida en la que se sitúa por detrás de otros como la expansión de los mongoles (S. XIII), la conquista manchú de China (S. XVII), la rebelión An Lushan (S. IX) o las conquistas de Tamerlán (S. XIV). El eurocentrismo nos desorienta en ocasiones.

Pero, al margen de estas cifras, hay que considerar también que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto global a una escala espacial que nunca se había alcanzado. En este sentido, compararla con conflictos de escala regional o nacional, como eran necesariamente los premodernos, es engañoso. Por ejemplo, la Guerra de los Treinta Años tuvo efectos devastadores en Europa Central, pero en escala global no resiste la comparación con la Segunda Guerra Mundial. No obstante, si consideramos conflictos contemporáneos como la citada conquista manchú, el porcentaje de muertes sobre la población mundial se dispara hasta rondar o superar un 6%, muy por encima de la Segunda Guerra Mundial. Incluso si sumamos a la Segunda Guerra Mundial las estimaciones más altas para la Primera (para incluir períodos equivalentes grosso modo), y sin añadir el resto de conflictos contemporáneos de la conquista manchú y la Guerra de los Treinta Años (como la Guerra civil inglesa y conflictos asociados, por ejemplo), el porcentaje parece seguir siendo más alto para el S. XVII. De la misma forma, y aunque en  niveles algo menores, es engañoso calcular el porcentaje de las Guerra napoleónicas y no reconocer que en el mismo período se estaban produciendo las conquistas de Shaka en la nación zulú, que según algunas estimaciones se acercaron a los dos millones de muertos; o que las guerra de religión en Francia (entre 2 y 4 millones de víctimas) fueron contemporáneas de la invasión japonesa de Corea (1 millón).

En cualquier caso, tiene poco sentido fijarse en guerras entendidas como acontecimientos discretos con principio, fin y una cifra cerrada de muertes, en lugar de en medias de víctimas por períodos y regiones más amplios; tanto por la citada confusión de escalas espaciales como por el hecho de que durante buena parte de la historia los conflictos de baja intensidad han sido endémicos: enfrentamientos que palidecen ante los terribles hitos como la Segunda Guerra Mundial, pero que dejan un reguero constante de víctimas que se acumulan a través de las décadas y los siglos.

Por supuesto, desde un punto de vista filosófico se puede discutir si un mundo donde hay más muertes absolutas es un mundo con más dolor aunque éstas sean porcentualmente muchas menos (nosotros lo hemos apuntado en alguna ocasión); pero esta discusión debería recoger también el hecho de que también hay muchas más personas que disfrutan de una vida segura y razonablemente próspera.

En cuanto a las formas privadas de violencia, su reducción histórica está bien atestiguada en Occidente (véase, por ejemplo, A History of Murder de Spierenburg) desde al menos la Baja Edad Media. Un fenómeno que a buen seguro está relacionado con la extensión de las competencias estatales en la administración de justicia y la seguridad, así como con avances técnicos. Una de las principales fuentes de violencia en sociedades sin Estado o con administraciones débiles son los ciclos de venganza y conflicto entre familias y clanes por agravios, pleitos o crímenes previos.

Pero también hay que entender la distinta tolerancia hacia la violencia y el sufrimiento que las sociedades modernas han desarrollado, y que a buen seguro debemos poner en relación con fenómenos como la creciente importancia y autonomía del individuo frente al grupo en las sociedades occidentales (y a través de ellas en el resto del mundo). Esto atañe a la cuestión de los valores imperantes y su relación con el sistema de producción, la renta y los recursos disponibles. Un tema que, lo siento, no es neoliberal, sino diría que escrupulosamente marxista; que los autores y firmantes del manifiesto pasan por alto (pese a que algunos de ellos afirman ser marxistas) y que me gustaría tratar con algo más de extensión en futuras entradas.

En cualquier caso, es probable que esta baja tolerancia al sufrimiento en nuestra sociedad sea lo que determina que las visiones apocalípticas tengan tanta difusión. Una inquietud loable, pero que a veces induce a errores de percepción.