Antropología & Política & Sociología

At day's close. Una historia social de la noche.

25 Abr, 2011 - - @jorgesmiguel

A comienzos de la década de 1780, cuando ya alboreaba el mundo moderno en los salones de Francia y en los telares de Inglaterra, Luigi Boccherini compuso en el exilio de Arenas de San Pedro un quinteto para recordarle a su patrón, el Infante Luis Antonio, las noches bulliciosas de Madrid. El Quintettino en Do Mayor se conoce hoy más por su sobrenombre, La Musica Notturna delle Strade di Madrid, y a los aficionados al cine ha de sonarles tanto como a los melómanos. Lo que nos interesa en este caso es que el planteamiento de la obra permite vislumbrar una realidad olvidada que, a finales del S. XVIII, comenzaba apenas a transformarse en nuestro mundo familiar de luz artificial y perpetua vigilia.

El Quintettino se abre con las campanas que llaman a los fieles al rezo del Ave María y sigue con el redoble del tambor de los soldados. Viene después el “Minueto de los ciegos”, que imita las músicas de los desharrapados que van invadiendo las calles. Tras el rezo del Rosario, el famoso Passa Calle: los madrileños recorren la ciudad en busca de diversión mientras cae la noche. Llega entonces de nuevo el tambor y la Ritirata, el toque de retreta de la guardia nocturna que pasa cerrando las calles hasta el amanecer. Lo que Boccherini describe en fin, sustraídas las notas de color local, no es sino un proceso que durante siglos se repitió cada anochecer en las ciudades de Europa: el cierre de la ciudad hasta la mañana siguiente.

La conquista del mundo por Occidente en la modernidad se contempla generalmente desde una perspectiva geográfica, espacial: la paulatina expansión económica, militar y cultural de las sociedades europeas hacia el resto de continentes hasta alcanzar la hegemonía global. E incluso la implantación en los mismos territorios occidentales, reales o metafóricos, de las modalidades de producción, orden social, civilización -en el sentido estudiado por Norbert Elias- y pensamiento propios de la modernidad. Menos atención han recibido la ocupación del tiempo, particularmente del nocturno, y la modificación de las costumbres, los ritmos vitales y la producción operadas a partir de ella. Y eso es precisamente lo que ha hecho A. Roger Ekirch en un libro extraordinario, At Day’s Close: describir con una profusión abrumadora de citas y
detalles el universo nocturno en Europa entre el ocaso de la Edad Media y la aurora del mundo moderno.

Hasta la introducción de la iluminación de gas y, posteriormente, eléctrica, el mundo nocturno se sustraía en buena medida al control social y al orden político observados durante el día. Las condiciones materiales -básicamente, la ausencia de fuentes baratas y eficientes de iluminación, tanto en el espacio público como en el privado- imponían un cese de la actividad diurna que se extendía al reino de lo político: el orden establecido se subvertía en muchos casos; los marginados y delincuentes del día ocupaban las calles y los caminos mientras la vigilancia -cuya precondición esencial es la iluminación- y la ley quedaban en suspenso hasta el alba; las propias costumbres, mentalidades, modos de pensamiento y hasta la identidad personal sufrían una modificación sustancial que el triunfo del sujeto cartesiano moderno y de la iluminación artificial han, paradójicamente, enmascarado.

Antes de la Revolución Industrial, los hogares se iluminaban y calentaban con prácticamente cualquier combustible: madera, turba, paja, algas secas, estiércol y diversos tipos de grasa animal. Sólo los más acaudalados podían permitirse velas de cera de abeja o espermaceti, mientras otras alternativas más comunes y económicas eran las de sebo, las lamparitas de aceite e incluso las pequeñas antorchas de madera o fibra vegetal impregnadas en resina o grasa, que producían un resplandor tenue y breve. Todas ellas, de hecho, iluminaban escasamente según los criterios modernos; y no pocas producían además olores desagradables debido a su origen o a las impurezas que contenían. Finalmente, la iluminación por combustión hacía del fuego la principal amenaza en viviendas construidas de
madera y recubiertas con paja, telas y todo tipo de materiales vegetales y combustibles.

El espacio público urbano, por su parte, contaba con iluminación -hasta bien entrado el siglo XIX, sólo en las calles principales- en forma de lámparas de cuerno o cristal, o con pantallas perforadas, que ofrecían una luz tenue e insegura y a menudo debían ser costeadas y mantenidas por el propietario de la casa de cuya fachada colgaban o en cuyas ventanas se instalaban. Londres y París, por ejemplo, emiten sus primeros reglamentos públicos sobre el particular en 1415 y 1461. La iluminación pública propiamente dicha llega paulatinamente a las grandes ciudades europeas a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII: París (1667), Ámsterdam (1669), Berlin (1682), Londres (1683) y Viena (1688) son las primeras en contar con algún sistema público de iluminación urbana, que se mantiene no obstante dentro de una extensión y eficiencia reducidas. En ocasiones extraordinarias, como grandes celebraciones públicas, procesiones o festivales, las autoridades iluminaban también zonas más amplias; y con motivo de
emergencias por razones militares o de seguridad interna requerían de los vecinos iluminación especial, ya fuese iluminando las ventanas o alumbrando la calle con lámparas y velas, o incluso encendiendo hogueras ante las casas.

Estas condiciones materiales imponían a su vez unos modos sociales y unos ritmos de actividad ajenos a los de nuestro mundo. En primer lugar, con la caída de la tarde, el territorio sufría una desintegración al cerrarse las puertas de las ciudades y volverse los aldeanos al campo mientras aún había luz suficiente para andar por los caminos. Se interrumpían las comunicaciones sociales y los flujos económicos entre campo y urbe. La ciudad y los pueblos y aldeas, o más bien en estos últimos cada vivienda, especialmente allí donde el poblamiento era disperso, se convertían en islas de orden relativo separadas por vastas extensiones sobre las que reinaba la oscuridad y donde el Estado no se hacía presente ni siquiera testimonialmente. Transitar por los caminos era doblemente peligroso, tanto por las condiciones materiales del viaje en la oscuridad como por la amenaza de bandidos y un nutrido grupo de marginados que habitaban entre la legalidad y la abierta rebelión al orden.

Ni siquiera una guardia o ronda de noche formada por fuerzas regulares fue una presencia constante en el medio urbano. Desde la Edad Media y hasta bien entrado el período que nos ocupa son los propios burgueses, los gremios o las hermandades quienes, por propia voluntad o a instancias de la autoridad real, mantienen fuerzas irregulares pobremente armadas y escasamente entrenadas y motivadas para recorrer las calles por las noches. Estas guardias -que, como apunta Ekirch, poco tenían que ver con los orgullosos protagonistas de la mal llamada Ronda de noche de Rembrandt- apenas podían competir en armamento, destreza, arrojo y número con las bandas privadas y los grupos de ladrones y asaltantes, y se limitaban a mantener una vigilancia más o menos atenta contra el
fuego, el gran enemigo en la ciudad premoderna, y a dejar pasar las horas hasta el amanecer.

De modo más general, la noche era un momento de inversión generalizada de valores, donde el espacio público pasaba a estar ocupado por las personas y los valores antitéticos del orden social del día. Lo cotidiano se transformaba en incierto e inseguro; lo ordenado, en caótico. Frente a este mundo de amenazas naturales y sobrenaturales, el hogar, aun con su propia constelación de miedos e incertidumbres, se erigía en una precaria fortaleza que debía ser defendida y cuya vulneración era uno de los peores crímenes. El robo con allanamiento se castigaba frecuentemente con la pena capital, mientras que las muertes cometidas en defensa del hogar se juzgaban con suma benevolencia. El carácter aislado de la vivienda se acentuaba en el campo, donde ni siquiera se contaba con la protección nominal que otorgaba hallarse rodeado de conciudadanos, ni el recurso siquiera
desesperado a la intervención de la guardia nocturna. En estas condiciones, la violencia era frecuente por parte tanto de atacantes como de defensores. La retirada del control social no sólo propiciaba una liberación de costumbres y ataduras, sino un consecuente aumento de la violencia al desaparecer tanto la coerción directa de las autoridades como la vigilancia por parte de éstas y entre los propios súbditos.

Precisamente en el mismo reinado de Carlos III con el que abríamos esta entrada hallamos otro indicio de la resistencia a desaparecer de ese mundo de sombras: un acontecimiento extrañamente ignorado por Ekirch, el motín de Esquilache, ofrece una clave de esa otra vertiente de la iluminación nocturna. En medio de un creciente descontento por el precio de los abastos, el pueblo madrileño se amotina finalmente el Domingo de Ramos de 1766, con la ordenanza que prohibía el uso de chambergos (sombreros de ala ancha) y capas como detonante. La medida promovida por el ministro italiano Esquilache aspira a hacer de Madrid una ciudad europea moderna, convirtiéndola a la moda francesa de la capa corta y el tricornio. Si, como quiere John Lynch, las sospechas de incitación por un partido aristocrático contrario a Esquilache están bien fundadas, tampoco pueden dejar de verse las implicaciones del motín desde el punto de vista del control social. Como tampoco es casual que los amotinados destruyan las 5.000 farolas
erigidas en la ciudad por el gobierno ilustrado del rey Carlos.

Porque la noche premoderna es un territorio de identidades confusas, tanto en el ámbito público como incluso en el propio espacio doméstico. Por supuesto, la iluminación escasa o inexistente y las vestimentas que cubren el rostro y ocultan la figura hacen casi imposible distinguir al amigo del enemigo en las calles y el campo nocturnos. Pero, en el propio hogar, la poca luz artificial disponible y sus estrictos horarios y reglas de uso imponen una oscuridad, apenas rota desde el anochecer hasta el alba, en la que las identidades se difuminan. Sólo desde esta perspectiva se entiende la pervivencia del tema literario y artístico de la confusión de identidades, tan extraño en ocasiones a la mentalidad moderna. Los ejemplos son incontables, desde los Cuentos de Canterbury -el “Cuento del Alguacil“, que además presenta otra cuestión de interés, la cohabitación con extraños- y mucho antes hasta las pervivencias actuales del tema, ya convertido en motivo cultural despojado de significación real. Sobre la confusión de identidades se han construido géneros enteros, y es un elemento central del teatro y la ópera bufa. El intento de reconocimiento en la oscuridad de dos amantes, y los malentendidos que provoca, es un motivo cómico repetido hasta la saciedad. En Il Matrimonio Segreto de Cimarosa, también en el tránsito a la modernidad, la fuga de los esposos ha de producirse antes del alba para que no sean descubiertos: Pria che spunti in ciel l’aurora. La presencia de criados domésticos en las casas más acomodadas, y la necesidad de compartir estancias e incluso lechos con el resto de la familia en las del pueblo llano, puebla las noches de presencias inciertas, y la ausencia de identidades claras enmascara los roles y las jerarquías sociales y familiares
que imperan durante el día.

Pues en los hogares pobres y en el medio rural, conjunto que abarcaba la abrumadora mayoría de la población, era la norma compartir espacio y aun cama con el resto de la familia, así como ocasionalmente con visitantes que, como los estudiantes de Chaucer, se quedasen a pasar la noche. En el interior de las casas también era habitual la presencia de animales, no sólo perros y gatos, sino ovejas, vacas y hasta cabras y cerdos, que además de proporcionar calor, conferían alguna protección contra alimañas y podían alertar de la presencia de extraños.

Las camas eran objetos de relativo lujo, que sólo empiezan a generalizarse fuera de ambientes acomodados a partir de finales de la Edad Media. Aun así, no solía contarse más que con una o en todo caso dos en cada hogar, de manera que la familia se apretaba dentro del espacio disponible siguiendo unas normas establecidas que distribuían a los ocupantes por sexos y edades. Es fácil comprender que los estándares de intimidad y pudor distaban mucho de ser los habituales hoy en día, a pesar de que Elias registra el proceso de codificación de las normas de civilización y el progresivo ocultamiento de lo corporal. Los momentos compartidos en la cama eran también ocasiones para la conversación, la reflexión sobre los acontecimientos del día y formas más o menos lícitas de sentimentalidad y sexualidad.

En ambientes burgueses y aristocráticos se disponía de mayores lujos en cuanto a espacio, mobiliario e iluminación. No obstante, la presencia del servicio doméstico, así como ciertas formas sociales, imponían una cercanía con el cuerpo, la desnudez, las funciones vitales y el sueño que hoy nos resultan extrañas o desagradables. Por ejemplo, levantarse de la cama y acostarse fueron, hasta entrado el siglo XVIII, actividades públicas para la nobleza y la realeza francesas, en las que se veían acompañadas por cortesanos que ejercían un papel análogo al de los sirvientes de las casas burguesas. En este sentido, las barreras del pudor se traspasaban con frecuencia en la presencia de los criados, en la medida en que no se consideraban sujetos en pie de igualdad, como los cortesanos no lo eran del monarca o los grandes señores. En consecuencia, según Elias, el proceso de igualamiento social experimentado a partir de entonces fue parejo a una extensión del dominio del pudor.

Pero quizás lo más sorprendente de At Day’s Close sea la tesis sobre los ciclos de sueño en la época previa a la generalización de la iluminación artificial. Según Ekirch, nuestro acostumbramiento a períodos alternos de sueño y vigilia ha hecho olvidar los ritmos que fueron habituales antes de la modernidad y que, al parecer, se pueden observar aún en sociedades preindustriales -como los Tiv, los Chagga y los G/wi en África-, e incluso se inducen de manera natural cuando se priva a los sujetos de luz artificial durante cierto tiempo. El lenguaje conserva aún, sin embargo, trazas de ese pasado no tan remoto en expresiones como “primer sueño” y otras análogas en distintos idiomas europeos, que aparecen también en las obras de Homero, Virgilio, Plutarco, Tito Livio o Pausanias.

Antes de la iluminación eléctrica y de la homogeneización horaria era habitual disfrutar durante las largas horas de oscuridad de dos períodos de sueño bien diferenciados de más o menos igual duración, separados por un período de vigilia o duermevela que las personas aprovechaban para meditar, conversar, leer y escribir en el caso de los letrados -así lo reconocían, por ejemplo, Pepys y Boswell-, e incluso abandonar el dormitorio y encontrarse con vecinos para compartir unos minutos de conversación, una bebida o una pipa de tabaco. En cualquier caso, el período de vigilia después del “primer sueño” y el ambiente nocturno imponían un tipo muy particular de consciencia, dado a las ensoñaciones, las visiones, las premoniciones. Es imposible no escuchar aquí ecos de la obra de Javier Roiz en torno a la letargia y la sociedad vigilante.

Como en el caso de las confusiones en torno a la identidad, resulta muy difícil entender buena parte de nuestra tradición cultural obviando estos profundos cambios en la manera en que los hombres han afrontado, vivido y pensado la noche. Las tradiciones monásticas, el misticismo, diversas formas literarias y artísticas, y no pocas costumbres e incluso expresiones pierden buena parte de su sentido a la luz, valga el juego de palabras, de la moderna concepción y partición del tiempo; no sólo del tiempo objetivo, sino del tiempo social y el psicológico.

Una nota final: se antoja difícil estimar el impacto que la interrupción abrupta de la actividad económica al llegar la noche tuvo sobre la productividad en las sociedad premodernas. Ya a partir de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX empiezan a generalizarse talleres, fundiciones e instalaciones fabriles que resulta más rentable no detener nunca y pueden funcionar ininterrumpidamente durante prácticamente todo su período útil. Estos avances, siempre en la estela de la extensión de la iluminación nocturna, permiten que la producción conquiste también el hemisferio nocturno de la vida, inaugurando un mundo en que los flujos económicos no se detienen y donde la propia sociedad se ha orientado ya hacia un ritmo de veinticuatro horas diarias de producción y consumo. Es tentador ver aquí otro factor diferencial, y acaso no el menor, en la extraordinaria transformación acaecida en los últimos doscientos años.

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  • Ekirch, A. R. At Day’s Close. Night in Times Past. Nueva York: Norton, 2006.