Ayer fue un día un poco de pensar en voz alta hablando del techo de la deuda. La idea, incialmente, me pareció un horror espantoso, casi sin paliativos. Mi primer artículo, que (a mi pesar) ha circulado bastante, no es que fuera rico en matices.

Tras pensarlo un rato, quise enfocar el problema desde un punto de vista más general; aunque parezca una estupidez a nivel español, a escala europea una norma que limite la capacidad de los estados de meterse en berenjenales de deuda es algo razonable. En el segundo artículo hablaba sobre cómo la eurozona va a necesitar un acuerdo en este sentido, refiriéndome de nuevo al pacto del euro, pero señalaba que sin un arreglo europeo que haga estos ajustes fiscales tolerables (sea vía eurobono, sea vía algún artificio fiscal) estos ajustes eran políticamente insostenibles, haciendo la eurozona inviable. La idea de un techo de deuda tenía sentido sí, y sólo sí, había una unión fiscal asociada a escala europea; la idea seguía siendo estúpida, aunque por motivos ligeramente distintos.

El tercer artículo no es mío, sino de Jorge Galindo, pero sale de algo que hablábamos por Twitter: la eurozona ya ha intentado esto ahora varias veces, y no ha funcionado. El tratato de Maastricht y el pacto de estabilidad obligan en teoría a todos los gobiernos europeos a mantener el déficit fiscal bajo control, la deuda pública por debajo del 60% del PIB y otros pequeños detalles presupuestarios sin importancia, y ya hemos visto lo bien que ha funcionado. Los políticos europeos han prometido repetidamente atarse la manos en materia fiscal, prometiendo que se portarían bien, sólo para proceder a hacer el mandril con entusiasmo al cabo de diez minutos, con muy contadas excepciones.  El problema del techo de la deuda, por tanto, es que los políticos no quieren aplicarlo, incluso cuando prometen hacerlo; no es una promesa creíble.

La cosa no se ha quedado aquí, sin embargo. Al fin y al cabo, hay países que han hecho los deberes, tanto dentro como fuera de la Unión Europea. Los dos ejemplos obvios son Suiza y Suecia, pero no son los únicos. Alemania o Dinamarca tienen una política fiscal más que razonable, y no son los únicos. En el caso sueco, la estabilidad presupuestaria está de hecho codificada con muchísimo detalle, con un sistema de reglas de política fiscal extraordinariamente detallado.  Nada es Gratis recalcaba este punto, y tienen razón;  no podía nada más que enlazarles.

La cuestión es, uno puede tener una techo de deuda y un sistema de límites de déficits codificado, serio y creíble en la constitución y seguir siendo estupendamente socialdemócrata. Suecia lo hace, Suiza lo hace, y no hay nada que impida que España pueda hacerlo. Cuando Ramón Cotarelo, Rosa María Artal o Vicenç Navarro dicen  que esta reforma constitucional destruye cualquier posiblidad de tener un estado de bienestar, etcétera, etcétera, están diciendo una burrada completa y auténtica. Uno puede tener unos servicios públicos y cantidades ingentes de redistribución con limitaciones al déficit en la constitución. Es cuestión que el sistema esté bien diseñado.

Para empezar, un techo de déficit no te dicta qué nivel de gasto público puedes tener. Sólo te obliga a que lo que quieras gastar lo recaudes, ahora y en el futuro. Si quieres ser Suecia, pon impuestos a ese nivel. Punto.  Y por descontado, nada de gastar a espuertas en época de bonanza, recortando impuestos a ton ni son como si la economía fuera a crecer al 4% eternamente. Cuando las cosas van bien, el gobierno tiene que tener un superávit duro, activo y contundente (nada de trucos fiscales – superávits estructurales, no de boquilla), ahorrando como un poseso para tiempos de vacas flacas. La política fiscal puede ser anticíclica por ley, imponiendo el Keynesianismo  (superávits en bonanza, déficits en recesiones serias) por ley. Los sistemas de limitación de déficit que han funcionado bien son todos así, con estabilidad presupuestaria a lo largo del ciclo, y nada dice que esta no sea la reforma que Zapatero tiene en mente.

El problema, claro está, es que no sabemos si esa es la reforma que Zapatero tiene en mente. De hecho, en vista de lo que pedían Sarkozy y Merkel, es bastante probable que el límite de déficit sea la versión idiota de esta idea: a saber, 0,35% del PIB y punto, al estilo de la Ley Fundamental alemana, enmendada hace un par de años. Aunque la constitución alemana permite ajustar según el ciclo, los límites son tan estrechos (1,5% del PIB) que dejan un margen de acción ridículo, completamente inviable. Por añadido, el sistema alemán tiene una válvula de escape tentadora: basta que el Bundestag vote declarar una “emergencia” o “crisis económica” para que el límite pueda ser superado ese año (artículo 115). Esto en España convertiría el límite en una inutilidad salvaje, hasta que algún idiota en un gobierno en coalición se le ocurra hacer el kamikaze estilo los republicanos con el techo de déficit.

¿Es el techo del déficit, por tanto, una mala idea? La respuesta ya no es tan evidente. Para empezar, depende qué clase de reforma constitucional tienen en mente. Un sistema “a la sueca” sería una noticia decente, incluso buena. Un sistema a la alemana “duro” sería una bestialidad. Un sistema alemán con válvula de escape es un brindis al sol. Y obviamente seguimos dependiendo que los políticos les de por cumplir la ley, algo que ya hemos visto que no hacen a menudo en estos temas en (casi) ningún sitio.

Lo realmente cargante, sin embargo, es que esta reforma ahora mismo no hace absolutamente nada para arreglar los problemas inmediatos de la eurozona en general, o de la economía española en particular. En la eurozona, nuestro problema es que Grecia, Irlanda y (posiblemente) Portugal son insolventes, y no tenemos puñetera manera de gestionar su quiebra de forma eficaz sin un pánico bancario descomunal, etcétera. En España, el origen de nuestro déficit no viene de nuestra incapacidad para hacer números, sino de la auténtica horda de problemas estructurales que hacen que nuestra tasa de paro sea de auténtico chiste. Sin reforma del mercado laboral, sector servicios, regulaciones, competencia, sistema judicial,, etcétera, etcétera, no llegaremos a ningún sitio.

El hecho que no vaya a entrar en vigor hasta el 2018 dice todo sobre su urgencia. En fin.

Oh, se me olvidaba: lo de votar o no en referéndum. La gente está todo obsesionada con esto, pero es un poco secundario. Sí, es mejor que se vote; es un cambio importante y no cuesta nada ponerlo a votación. Aún así, estoy bastante seguro que sería aprobada sin ningún problema, incluso si fuera la versión más estupida de las descritas arriba. Los votantes en todas partes se entusiasman con los (estúpidos) símiles de un gobierno es como una familia y que debemos evitar que los políticos despilfarren nuestro dinero.

Sí, votémoslo. Lo que me preocupa, sin embargo, es el texto concreto de la reforma, no cómo acaba en los libros.