En marzo del año 2000, los líderes de la Unión Europea se reunían en Lisboa. La moneda única acababa de cumplir un año de vida, y la cosa no parecía andar bien; tras empezar cotizando por encima de $1,2, el euro se arrastraba por debajo de la paridad con el dólar. La década de los noventa había sido increíblemente prospera en Estados Unidos, pero en el viejo continente la economía parecía medio estancada. Alemania, tras años de crecimiento imparable, aún estaba sufriendo la resaca post-unificación.

Estaba claro que era necesario cambiar las cosas, y eso significaba reformas. La moneda única requería cambios profundos, seguir nuevas reglas adaptándose a la pérdida de políticas monetarias independientes, y los jefes de gobierno europeos estaban decidido a codificar y detallar estos cambios. Tras meses de preparación, presentaron oficialmente el Proceso de Lisboa, un ambicioso programa de reformas buscando adaptar la joven eurozona a la nueva realidad de la integración europea.

Los líderes europeos, orgullosos de un trabajo bien hecho, hicieron maletas y volvieron a casa con un montón de carpetas llenas de apuntes. La mayoría de ellos hicieron lo mismo que hace todo el mundo al volver de una conferencia: cogieron los fajos de papeles, les echaron un vistazo rápido, y los metieron en un cajón donde nunca más se supo de ellos. Algunos (España), los utilizaron como fuente de retórica creativa un ratito, hasta que acabaron como espantajo de estudiantes («¡Boloniaaaaa!»). Los griegos, probablemente, los utilizaron como papel higiénico.

En una de las capitales europeas, sin embargo, un político socialdemócrata resultó que estaba prestando atención. Viviendo como vivía en un país lleno de banqueros centrales histéricos, el hombre decidió tomarse las cosas un poco en serio, y ver qué tenía que hacer para que su país se adaptara bien a los nuevos tiempos. El político en cuestión era el Canciller  Gerhard Schröder, y de sus estudios y preocupaciones saldría un programa de reformas, la llamada agenda 2010. Era un programa ambicioso: reforma del sistema laboral, cambios en el sistema de kurzarbeit, prestaciones de paro, pensiones, políticas de empleo activas y cambios en la red de protección social.

Por desgracia para el voluntarioso canciller, era un programa terriblemente impopular. Los sindicatos se lanzaron a la calle. Los intelectuales progresistas de media europa hablaban de forma incesante sobre como Schröder se había vendida al capital. Los intelectuales orgánicos de la izquierda aplaudía con las orejas cuando Oskar Lafontaine proclamaba eso que «El Corazón Late a la Izquierda«. El ala progresista del SPD cogió un rebote absolutamente descomunal hasta el punto de escindirse, con el nuevo partido (el PDS) contribuyendo a la derrota de los socialdemócratas el 2005. Las reformas fueron aprobadas, en gran parte por la tozudez del canciller, pero tuvo que acabar pasando el testigo a Angela Merkel.

Fue entonces cuando los alemanes se dieron cuenta de un importante detalle: las reformas empezaron a funcionar. La tasa de paro, que llevaba cayendo de forma sostenida  durante todo el 2005, siguió cuesta abajo. Las empresas, aprovechando la nueva flexibilidad que las reformas permitían, se hicieron más y más competitivas. Los programas sociales, lejos de aumentar las desigualdades, se hicieron mucho más efectivos. El déficit fiscal se redujo, las exportaciones se dispararon, y el país no sólo llego a la gran recesión en un estado de salud excelente, sino que salió de esta como un tiro, más fuerte que nunca, de nuevo una potencia industrial de primer orden. El programa de reformas del SPD, el único gran partido socialdemócrata europeo que se tomó el euro en serio, fue un éxito absoluto.

Con el pequeño problema, claro está, que perdió las elecciones antes de poder ponerse ninguna medalla.

¿Qué quiero decir con todo esto? Dos cosas. Por un lado, la socialdemocracia europea es perfectamente capaz de generar crecimiento económico. El estado de bienestar puede ser adaptado y reforzado en un mundo globalizado. La izquierda puede pasar reformas responsables, sensatas y potentes que mejoran la vida de los ciudadanos. Por otro, es perfectamente posible aprobar un montón de reformas estructurales excelentes, hacer tu trabajo como Dios manda, y ver como la verdadera izquierda te declara hereje traidor y te despeña barranco abajo.

Si yo estuviera por el PSOE, la verdad, haría mucho, mucho tiempo que estaría resignado a perder las elecciones. La pregunta, sin embargo, es si quiere irme dejando las cosas mejor o no. De perdidos al río, insisto. No tienen nada que perder.