Otra semana, otra manifestación. En entregas anteriores, la cosa era salir a la calle para proclamar que la clase política española era una castaña, y pedir cambios urgentes. En esos casos, el fondo era correcto (la clase política española se ha cubierto de gloria en los últimos años) pero los cambios pedidos a veces dejaban mucho que desear. La manifestación de mañana, sin embargo, es distinta: lejos de ser contra algo que no ha funcionado, es contra el pacto del euro, algo que no sólo es una buena idea, sino que además es necesario.

Recapitulemos. Allá a finales de los años noventa, cuando los países de la eurozona adoptan la moneda única, todos los implicados estában tomando un paso muy importante. Era algo que no se había intentado antes en ningún sitio: un grupo de estados soberanos independientes deciden abandonar sus divisas nacionales y ceder su política monetaria a una entidad supranacional independiente. La idea era arriesgada, y muchos economistas no se cansaron de repetirlo. El riesgo era tal, de hecho, que muchos países de la Unión Europea decidieron quedar fuera de este proyecto, temerosos de ceder la mitad de su política económica al Banco Central Europeo.

No tener moneda propia implica, de forma inevitable, que toda una serie de medidas para combatir recesiones o generar crecimiento económico están fuera de la mesa. Para empezar, no puedes devaluar tu moneda. Esto implica que si tus salarios crecen por encima de la productividad, no puedes volver a ser competitivo dejando que tu divisa pierda valor o generando un poco de inflación. Todos los incrementos de poder adquisitivo deben ir acompañados de un aumento de la productividad, so pena de quedarte atrás y no poder hacer un ajuste sin comerte deflación.

En segundo lugar, los tipos de interés están fuera de tu control. Esto quiere decir que casi siempre estarán un poco por debajo o un poco por encima de lo que tu economía te pide, así que tienes que estar preparado para actuar en consecuencia. Si son demasiado bajos, tu gobierno debe estar dispuesto a tener una política fiscal muy restrictiva para evitar que tu economía se pase de frenada. Debe estar dispuesto a actuar con saña ante el más mínimo conato de burbuja especuladora, empezando por el sector inmobiliario. Y por supuesto, debe ver la inflación como un demonio terrorífico, ya que te masacra tu competitividad. Cuando los tipos de interés sean demasiado altos para tu gusto, es entonces cuando el gobierno debe ser capaz de actuar de forma contracíclica con energía.

En tercer lugar, como no puedes fingir ser productivo utilizando trampas monetarias, es necesario hacer todo lo posible para que tu economía sea flexible. Esto quiere decir que los salarios puedan ajustarse rápido a cambios externos, las empresas tengan capacidad de adaptarse igual de rápido, las buenas ideas puedan ser adoptadas con facilidad y sin estúpidas barreras a la competencia, etcétera, etcétera, etcétera. Todas esas medidas que contribuyen a aumentar la productividad de la economía, y que en contra de lo que dicen por ahí fuera, no tienen nada que ver con bajar salarios.

En cuarto lugar, el gobierno debe tener cierta disciplina fiscal:  no puedes gastar lo que tienes, ya que no puedes huir de tus deudas devaluando. El pacto de estabilidad, que tan mala prensa tenía, se añade para evitar que algún listillo gastara lo que no tenía y depués pidiera al resto de la eurozona que le salvara el culo. Esta fue la única norma explícita codificada al escribir las reglas de la eurozona. Se suponía, por aquel entonces, que la única forma de cuadrar las cuentas de un estado a largo plazo era siguiendo las reglas no escritas detalladas arriba. Y por descontado, nadie sería tan cafre como para no hacer los deberes.

Que es precisamente lo que ha pasado en Grecia, Irlanda, Portugal y España.

Cuando se creó el euro, todos los abajo firmantes sabían de sobras dónde se estaban metiendo. Entrar en el euro implicaba renunciar a un instrumento de política económica a cambio que tu divisa fuera una moneda refugio y protección contra tormentas monetarias. No era un chollo, ni una ventaja gratuita inmediata; implicaba seguir unas reglas. El pacto del euro, lejos de ser una conspiración bancaria para oprimirnos a todos, es una codificación explícita de todo lo que los estados de la eurozona deberían haber hecho y no hicieron.

Sí, son medidas impopulares. Algunos países, como Alemania, tuvieron a gobiernos pasando un mal raro (y perdiendo elecciones) para adaptar su economía a las enormes ventajas potenciales que le daba la eurozona. Otros decidieron no hacer absolutamente nada, falsearon sus cuentas públicas en plan salvaje,  permitieron que sus bancos exploten los tipos de interés negativos como posesos o toleraron la madre de todas las burbujas inmobiliarias (con financiación pública, vía cajas de ahorro) y le llamaron “milagro económico español”. El pacto del euro es un puñetazo en la mesa de la Europa que ha hecho los deberes dirigido a los que se tomaron entrar en la eurozona como una verbena: si queréis estar en el club, tenéis que seguir las reglas. Si no, os podéis ir a la mierda.

La firma del pacto no es voluntaria, dicen algunos. Claro que no. Los cuatro salvajes que no han actuado como deben están costando un montón de dinero a los países que sí han hecho deberes; sólo faltaría que encima tuvieran que pedirnos permiso. Y oye, podemos no firmar y salir del euro – aunque eso sería como cortarte las piernas para protestar el precio de un billete de autobús.

Por mucho que se exclamen, la única manera de salvar la Unión Europea y el estado de bienestar, en estos momentos, en conseguir que el experimento que es el euro no acabe como el rosario de la aurora. La única forma de hacerlo es haciendo las reglas que todos aceptamos al adoptar la moneda única se cumplan – y el pacto del euro es como vamos a hacerlo.

¿Es una solución ideal? Probablemente no, pero vete a pedirle un superestado federal europeo a los contribuyentes franceses, finlandeses y alemanes, a ver qué te dicen. La irresponsabilidad de los periféricos (y sí, es irresponsabilidad – no hay otra manera de decirlo) ha hecho un daño extraordinario al proyecto europeo. Salir a la calle diciendo que las reglas que no hemos cumplido no nos gustan es de un cinismo bastante increíble.