Economía

La dualidad y sus perjuicios en un solo gráfico

23 Feb, 2015 - - @kikollan

Hace unos días, Ciudadanos presentó sus propuestas económicas y entre ellas una fórmula de contrato único. Por ese motivo esta semana se ha vuelto a hablar de un tema que en Politikon hemos tratado con frecuencia: la dualidad. Pero, ¿por qué importa la dualidad? A continuación hago un breve resumen. 

Es fácil coincidir en que el desempleo es hoy el principal problema de nuestro país y un drama social. Nuestra tasa de paro pelea con la griega por ser la peor de Europa y acumula décadas siendo impropia de un país avanzado. Nuestro mercado laboral no funciona y una de sus deficiencias más graves es la dualidad.

En España los trabajadores están divididos en dos grupos. El primer grupo es el de los «protegidos», aquellos que consiguen contratos fijos con indemnizaciones por despido relativamente elevadas. El resto de asalariados son los que encadenan trabajos temporales de indemnización escasa o nula. Son los «precarios» o al menos una parte. Pertenecer a este segundo grupo es un enorme handicap porque los temporales tienen peores salarios y se forman menos. Y lo que es peor, son quienes más sufren el desempleo en periodos de crisis.

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Los perjuicios de esta brecha dual son conocidos.

  • La consecuencia fundamental de la dualidad es que concentra la destrucción de empleo en ciertos colectivos. En los jóvenes, en los inmigrantes, en los mayores de 50 y en los ciudadanos con menor formación. Estos son nuestros «precarios», aquellos que se quedan en el lado malo de la valla de la dualidad. Son ese 25% o 30% de los asalariados que no tienen la protección de los indefinidos y sobre los que se concentran los despidos.
  • La condición de temporal tiene otros efectos negativos: ganan menos dinero (alrededor de un 15% menos), consumen menos (ahorran por precaución), retrasan la decisión de tener hijos (porque su futuro es más incierto), acumulan menos experiencia y se forman menos. Además son una minoría y e afilian menos, así que los sindicatos carecen de incentivos para defender sus intereses.
  • Y estos perjuicios se amplifican por un efecto «trampa». Si los temporales reciben menos formación, están menos especializados y acumulan menos experiencias, con el paso del tiempo cada vez tendrán más difícil conseguir un trabajo indefinido y mejor.
  • La dualidad exacerba, seguramente, la destrucción de empleo en recesión. ¿Cómo? Porque la regulación ofrece un mecanismo de flexibilidad a las empresas por la vía del despido: pueden utilizar un contingente de trabajadores temporales en rotación para adaptarse al ciclo económico —se les contrata en bonanza y cuándo llega la contracción, se les despide o no se les renueva—. Ese mecanismo bien podría explicar porque durante la crisis el ajuste se hizo vía despidos de temporales y no tanto vía recortes salariales. (Mirad este gráfico y este otro.
  • La dualidad podría estar contribuyendo a perpetuar nuestro modelo productivo. Ese modelo dominado por sectores que, como la construcción y (cierta) hostelería, se caracterizan por su baja productividad y por ser extensivos en mano de obra poco cualificada. Sencillamente, si tenemos una regulación que favorece la temporalidad, es natural que proliferen las empresas que mejor la explotan. Nuestra alta temporalidad, por cierto, no se limita a esos sectores sino que se repite en todos.
  • La dualidad también resta competitividad a nuestra economía, ya que los costes duales del despido distorsionan las decisiones de plantilla de las empresas. Una empresa en dificultades puede verse obligada a despedir un trabajador más productivo que otro, si el primero resulta que es temporal y el segundo un indefinido con antigüedad. Esto hace a las empresas menos productivas a medio plazo, lo que se traduce en más despidos y menos empleos.

En resumen, la legislación dual es un lastra nuestro mercado de trabajo. Interfiere con el funcionar de las empresas y perjudica su competitividad. Frena la transición hacia un modelo productivo de mayor cualificación. Es probable que genere desempleo… y es seguro que genera un problema social cuando concentra los despidos y la precariedad laboral en unos pocos.

* * *

Es evidente que un contrato único reduce la dualidad y por tanto sus problemas asociados. Con él la brecha entre temporales e indefinidos dejaría de ser una línea brillante y pasaría a ser una suave transición. La de la antigüedad. Todavía existirían diferencias entre los trabajadores con más tiempo en la empresa, pero el abismo habría desaparecido. Algunos perjuicios de la dualidad podrían reducirse aún más si el contrato único se complementase con otras medidas, como pueden ser alguna fórmula de ‘mochila austriaca’ o un impuesto al despido. Por ejemplo, la ‘mochila austriaca’ puede hacer que el coste de cualquier despido sea el mismo para la empresa, si así lo quisiésemos.

Sin embargo, no hay una fórmula única de contrato único. Casi cualquier variante reduciría la dualidad y traería algún beneficio, pero otros efectos (positivos, negativos o simplemente diferentes) dependerán de los detalles y están por tanto sujetos a discusión. Un ejemplo arquetípico de esos debates paralelos pero independientes —y permitidme subrayarlo, independientes— es el del coste del despido.

Un contrato único no implica que se abarate el despido. Absolutamente no. La idea de contrato único es independiente de la cuantía de la indemnización por despido… y en realidad de casi cualquier cosa. Reducido a su mínima expresión un contrato único significa simplemente que los contratos de todos los trabajadores son iguales en el inicio. No hay una única fórmula de contrato único, sino muchas.

Respecto al coste del despido, por ejemplo, un gobierno que implantase un contrato único podría hacer tres cosas: dejar la indemnización como está (en media), reducirla o aumentarla. Podría abaratar el despido, encarecerlo o dejar intacto. Por eso el contrato único puede ser de izquierdas. En la propuesta que allá por 2012 hicimos desde Politikon, lo que sugerimos fue que la indemnización se mantuviese en media al mismo nivel que está ahora. Nuestra propuesta era neutral porque no queríamos debatir a la vez sobre dualidad y sobre el nivel de protección. La idea era eliminar primero la dualidad y luego seguir negociando el nivel de protección como hasta ahora, con algunas voces defendiendo un extremo (ciertos liberales que piden el despido libre) y otras voces defendiendo el extremo opuesto (cierta izquierda que pide proteger más los puesto de trabajo).

En resumen, cualquier fórmula de contrato único reduciría la dualidad y creo que es difícil cuestionar que eso traería algunos beneficios. Esta es la idea básica que pone de acuerdo a voces dispares como Thomas Piketty o ahora Ciudadanos, por citar un par. Otros efectos del contrato único dependerán de sus características precisas y están, claro, sujetas a discusión. Es muy razonable discutir si la indemnización por despido debería ser poca o muchísima, si debe ser creciente con la antigüedad o con la edad o con nada en absoluto, si debería protegerse el puesto de trabajo de los mayores de cincuenta o basta sostenerlos en caso de despido, si las empresas deberían pagar un impuesto al despedir, etc. Todas esas son posiciones más o menos defendibles. Lo que no parece tan fácil de defender es que unos trabajadores merezcan menos protección que los demás.