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¿Eligiendo la desigualdad?

27 Ene, 2015 - - @politikon_es

Un artículo en Time calificaba hace algún tiempo como “mito feminista” la brecha de género en la estructura salarial. El trabajador medio en Estados Unidos gana alrededor de un 19% (15% en OCDE, 10% en España) más que la trabajadora media y esto es algo habitualmente denunciado en el debate público. El artículo señalaba sin embargo que una vez que tenemos en cuenta que hombres y mujeres están ocupados en distintos trabajos , esta disparidad desaparece así que se mantendría el principio de “igual salario, para igual trabajo”. El artículo enfatizaba así que las mujeres son hoy lo suficientemente libres como para decidir qué tipo de ocupación eligen y que no parecía legítimo ir en contra de esta preferencia legítima.

En el pasado, hemos hablado de los enfoques feministas de la desigualdad (aquí,  aquí, y aquí), pero en todos ellos dejamos a un lado el problema de la elección individual. ¿Podría deberse la desigualdad a que las mujeres opten libre y voluntariamente por trabajos y estilos de vida distintos? ¿Qué consecuencias debería tener?

Catherine Hakim y la teoría de la preferencia

En el ámbito académico, esta tesis ha sido planteada de forma bastante elocuente por la socióloga británica Catherine Hakim. Usaremos su argumento como una posición con la que dialogar.

Los hombres y las mujeres exhiben comportamientos en el mercado laboral y matrimonial sistemáticamente distintos. En concreto, las mujeres son más dadas a abandonarlo temporal o permanentemente y a elegir ciertas profesiones frente a otras. Por ejemplo, Bertrand, Goldin y Katz 2010 muestran que a niveles directivos hombres y mujeres comienzan ganando sueldos similares; sin embargo, las remuneraciones divergen rápidamente. Esta diferencia puede explicarse por tres variables: los hombres trabajan más horas por semana que las mujeres, suelen tener más experiencia e interrumpen menos a menudo sus carreras.

Tradicionalmente, desde el feminismo se ha interpretado esto como el reflejo una sociedad basada en prejuicios patriarcales tradicionales donde las mujeres se veían obligadas a elegir esta opción y sufrían alguna forma de dominación.

Hakim se enfrentó a este problema examinando encuestas donde las mujeres declaraban lo que deseaban como estilo de vida. Lo que la británica encontró fue posiblemente sorprendente para muchos. En primer lugar, en la mayoría de sociedades avanzadas la inmensa mayoría de las mujeres parecía atribuir más valor a aspectos como tener hijos o los asuntos domésticos que la inmensa mayoría de los hombres. En segundo lugar, y de forma más sorprendente, dentro del propio grupo de las mujeres parecía existir una diversidad considerable. Hakim clasificó a las mujeres en tres grupos en función de sus preferencias distintas respecto a su estilo de vida y su nivel de compromiso con su carrera o el hogar (resumido en la tabla 3). En particular, el grupo más numeroso sería uno con un compromiso intermedio entre su carrera y el hogar, que estaría unido a su independencia y su autonomía pero también a la maternidad, y serían precisamente las principales demandantes de políticas de promoción y conciliación del empleo femenino.

De nuevo a modo de ejemplo, en el artículo anterior, Bertrand, Goldin y Katz 2010 muestran los tres factores pueden explicarse por la presencia de los hijos: la mayoría de las mujeres a niveles directivos deciden tomarse sus carreras con más calma que los hombres, particularmente cuando sus parejas tienen una buena situación financiera.

Hakim usa entonces la variación en las preferencias respecto a los estilos de vida para mostrar que la diversidad en las preferencias de las mujeres se traduce en diferencias en los patrones de empleo y de estilo de vida. La conclusión, llegados a este punto, parece inevitable: lo que observamos en el mercado laboral no sería principalmente discriminación, sino el fruto de las preferencias de las mujeres respondiendo a su entorno económico. Convendría aquí apuntar que esta es una simplificación de las afirmaciones de Hakim que no niega que sigan existiendo pulsiones machistas en la sociedad, pero sí relativiza su importancia.

¿De dónde vienen las preferencias?

La aproximación de Hakim y su poder para explicar la brecha de género en el mercado laboral no está exenta de críticas. Una discusión detallada de la literatura sobre la brecha de género está más allá del ámbito de este artículo (el lector interesado puede mirar aquí  y aquí). Dado que nuestro interés es entender el papel de las elecciones de las mujeres en la brecha de género, asumiremos, en el marco de la discusión la (discutible) idea de que éstas son efectivamente el reflejo de diferencias en las preferencias de estilos de vida. ¿Es este un argumento suficiente para considerar como “mito feminista” la injusticia en las diferencias de remuneración?

Algo que debería hacernos dudar de la validez de la tesis de Hakim es la varianza que existe en la brecha de género en el mercado laboral. Como puede verse en el gráfico, ésta oscila de más de un 35% en Corea del Sur, hasta un insignificante 3,54% en Irlanda (es importante destacar que, como Olivetti y Petrongolo en el artículo enlazado, los países con más brecha salarial suelen tener menor brecha de participación en el mercado laboral y a la inversa).

La disparidad entre las brechas entre países posiblemente se deba a la composición sectorial en ocupaciones “menos femeninas” pero, a falta de una análisis más detallado parece excesivo. ¿Podría deberse a una variación drástica en las preferencias entre países? Tal vez se trate de variaciones “culturales” y mujeres de sociedades distintas pueden tener distintas preferencias. Sin embargo, aquí la tesis feminista empieza a cobrar fuerza. Como vimos en la serie sobre feminismo, éste ha sido tradicionalmente una corriente de crítica cultural que, apelando a algún tipo de ethos concreto, nunca se ha conformado realmente con la aceptación de la creencias o las preferencias comunes inculcadas por el sistema de género, sino que ha invitado a cuestionarlas y revisarlas como determinadas por factores sociales, culturales e institucionales más profundos.

Como todas las personas que han tenido hijos parecen creer por el esfuerzo que dedican a educarlos, las preferencias individuales no son innatas o inmutables. Parece sensato, por el contrario, entender su formación como un proceso contingente a una determinada estructura social, legal e institucional. La exposición a distintos modelos de éxito (Polavieja 2008) o a distintos entornos familiares (Polavieja Platt 2014) debería tener un efecto. Del mismo modo, la decisión de las mujeres de no optar a ciertos puestos de trabajo dominados por hombres no es necesariamente una que ocurra en el vacío (Torre 2014)

Al igual que en la fábula de la zorra y las uvas de Esopo, las preferencias no son un dato, sino que se “aprenden”, se forman como una estrategia de adaptación –concretamente, al mercado laboral y matrimonial. Aunque la diferencia en el compromiso con el cuidado de los hijos es común a todos los mamíferos, la existencia de una predisposición natural no significa que las fuerzas sociales sean irrelevantes para acentuarlo o atenuarlo. Una diferencia crucial entre los hombres y las mujeres es la medida en la que juegan contra el reloj biológico. Los hombres pueden retrasar la paternidad por un periodo mucho más largo de lo que las mujeres pueden retrasar la maternidad y no se ven enfrentados a esa decisión (tener hijos o no tenerlos) hasta una etapa mucho más avanzada de sus vidas. El cuidado doméstico de los hijos funcionaría entonces como un bien público local dentro de la familia en el que el miembro que más utilidad obtiene de su provisión contribuiría en mayor medida como resultado de la negociación. La anticipación de encontrar maridos no cooperativos en el mercado matrimonial puede cristalizar en una norma social donde los roles de género se internalicen.

Estos son solamente algunos ejemplos de fuerzas “estructurales” que varían entre sociedades y que afectan a los comportamientos y las preferencias de los individuos. Estos pueden generar que un grupo ejerza poder sobre otro, no necesariamente mediante la coerción directa (Lukes pg 36). Parece razonable que sea sobre las consecuencias de ésta sobre lo que el debate público debería centrarse.

Una nota sobre ética

En este artículo hemos criticado los problemas que tiene tomarse la teoría de la preferencia en serio. Pero conviene ante todo llamar la atención sobre la fuerza del argumento de Hakim. Su potencia reside en que pone a quienes se erigen en defensores de la libertad y la autonomía femenina en posición de argumentar que las decisiones tomadas por mujeres adultas, en pleno uso de sus facultades, son en realidad inválidas. En un sentido profundo, esta idea apela a un valor bien arraigado en la cultura política occidental: la de que libertad individual, entendida como la capacidad efectiva de llevar a cabo las aspiraciones individuales, es un fin en sí mismo.

Sin embargo, todo lo que sabemos sobre la historia humana nos indica que las preferencias de los individuos son altamente contingentes al proceso histórico y al contexto social. Llevado a sus últimas consecuencias, el planteamiento de Hakim sugiere que una sociedad en la que una mayoría abrumadora de familias optaran por una división del trabajo tradicional y sexista sería deseable y respetable siempre y cuando esta opción fuera voluntaria –suponiendo que podamos definir “voluntaria” apropiadamente- y debería ser respetada, algo que sin embargo no se conforma bien nuestra intuición de lo que significa el progreso.

La función de la crítica y la acción política es la de evaluar y encauzar distintos estados de cosas hacia un modelo de sociedad que juzguemos deseable. Los enfoques feministas, con todos sus problemas e inconsistencias, al menos responden a esa pregunta. Sin embargo, los enfoques liberales, como el de Hakim, más allá de defender sociedades basadas en la libertad, tienen poco que decir sobre el tipo de hombres y mujeres que habitarían ese tipo de sociedad.