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Naturaleza, ambiente y diferencias de género: epitafio de un debate.

10 Feb, 2015 - - @politikon_es

¿Son las diferencias entre hombres y mujeres debidas al ambiente o están enraizadas en la naturaleza sexuada de nuestra especie? No hay discusión sobre género, como la del artículo que publicamos hace dos semanas, en la que tarde o temprano este debate no aflore, invariablemente levantando ampollas.

Como documentamos en otro sitio (I y II) el debate sobre la influencia relativa de los genes y el entorno se ha revitalizado recientemente. Tradicionalmente, desde las ciencias sociales se trabajaba bajo la hipótesis de que el grueso de la influencia sobre lo que somos es ambiental. Sin embargo, con los avances en las ciencias cognitivas y las ciencias naturales, se ha descubierto que el «hardware» puede tener un efecto decisivo sobre como opera el «software» individual.

En el caso del género el debate tiene sus propias particularidades. Existe hoy una pequeña industria (de productividad variable) alrededor de la conexión que existe entre el «género» (el conjunto de caracteres «sociales» asociados a ser mujer u hombre) y el «sexo» (biológico). A un lado se suele encontrar a autoras feministas que, trabajando desde las ciencias sociales o las humanidades, enfatizan el papel de los roles de género, la educación y las normas sociales; al otro lado, científicos que vienen del campo de las ciencias «duras» que enfatizan las diferencias neurológicas, evolutivas y biológicas de hombres y mujeres y su conexión con el comportamiento social.

En este artículo, intentaremos mostrar por qué la orientación habitual de este debate es errónea. Concretamente, intentaremos convencer al lector de que existen diferencias sistemáticas en el comportamiento social de hombres y mujeres; que éstas afectan al estatus de cada uno de ellos; que algunas o bastantes de ellas tienen una raíz «natural» y no son sólamente el fruto de la influencia ambiental; pero que (tal vez sorprendentemente) casi nada de lo anterior es relevante a la hora de pensar en la desigualdad de género cuando se hacen las preguntas adecuadas.

Del sexo al comportamiento social

La idea de que hombres y mujeres tienen comportamientos sistemáticamente distintos es algo que está ampliamente documentado (Bertrand 2012 para un resumen). Las mujeres son menos agresivas, menos asertivas en las negociaciones (Babcock y Laschever 2003), más aversas al riesgo, tienen más empatía y menos propensión a la sistematización, tejen redes sociales de forma distinta y también existen diferencias sistemáticas entre hombres y mujeres en sus capacidades cognitivas y forma de razonar (Benbow et al 2007Halpern 2013). Podríamos seguir, pero ir más allá de la enumeración nos ocuparía mucho más espacio del que disponemos.

Aún cuando estos hechos, por otro lado difíciles de negar, se acepten, es frecuente encontrar críticas basadas en que éstos se deberían a la «socialización» y a los «roles de género» (los papeles que espontáneamente nos acostumbramos a jugar en la interacción con otros individuos) y por tanto no tendrían nada que ver con factores naturales. Estas son sin embargo dos ideas distintas: mientras que es indiscutible que intervienen factores sociales, es un asunto muy distinto que esto implique que sean los únicos responsables. Los hombres y las mujeres funcionan biológicamente de forma distinta y que aspectos como las hormonas o el funcionamiento cerebral (e.g. Inghalhalikar et al 2014) afecten a su comportamiento o a su psicología es algo que parece verosímil. A esto se añade que el origen de muchas de estas diferencias se puede entender relativamente bien haciendo referencia a la historia evolutiva de la especie humana (Geary 2009).

En un libro (ya) clásico, la psicóloga Eleanor Maccoby documentaba las diferencias entre distintas facetas del comportamiento entre hombres y mujeres. Uno de los aspectos que estudiaba era cómo estas diferencias evolucionaban a lo largo del ciclo vital. Un hecho bastante interesante era que las diferencias aparecían a una edad muy temprana, mucho antes de que la socialización, la educación o el entorno en general pudiera razonablemente tener un impacto. Maccoby descubría que estas diferencias tendían después a amplificarse hasta la adolescencia y, después, en la edad adulta, la brecha tendía a cerrarse.

La hipotésis «bio-psico-social»

La evidencia enumerada en el párrafo anterior hace difícil sostener cualquier tesis que sugiera que las diferencias de género son solamente un artefacto de la socialización. La identidad de ser hombre o mujer no funciona igual que la derivada de ser francés o alemán. Sin embargo, la mayor propensión de las mujeres a asumir tareas domésticas no funciona tampoco igual que el color de pelo natural. Hoy día, en realidad, los investigadores trabajan bajo lo que Diane Halpern llama la «hipótesis bio-psico-social» (Halpern 2006).

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Fuente

Como describe el diagrama, la forma razonable de pensar en el origen de las diferencias de género no es como una competición por la importancia relativa entre los factores innatos y ambientales. Estos no actúan de forma aditiva, sino que interactúan y se retroalimentan: las predisposiciones genéticas y también el ambiente afectarían al desarrollo biológico y cerebral; éste, en interacción con el entorno, produciría comportamientos y actitudes y a su vez esto volvería a afectar sobre el desarrollo personal en forma de cambios internos/hormonales y aprendizaje que en última instancia llevaría al comportamiento y de nuevo empezaría el ciclo.

El interés de esta perspectiva está en iluminar cómo la importancia relativa del entorno y los aspectos innatos, como el sexo, son elementos variables (discutimos extensamente esta idea aquí). Veámoslo con un par de ejemplos (inventados con fines estrictamente ilustrativos). Parece previsible que la ovulación seguirá siendo un rasgo principalmente femenino. Imaginemos que un investigador quiere estudiar cómo afecta el ciclo menstrual a la productividad de las mujeres. El período afecta de forma distinta a distintas mujeres, así que para entender el efecto causal, hace una encuesta donde pide a las mujeres que hablen de su ocupación, su salario, y cuánto les afecta el periodo. Seguidamente, descubre que las mujeres a las que el período afecta poco o nada tienen salarios similares a los de los hombres en esas ocupaciones, y que son las más afectadas por él las que tienen salarios sistemáticamente menores que los hombres o están sobrerrepresentadas en ocupaciones a tiempo parcial o de menor proyección profesional. ¿Podríamos decir que esto -una correlación fuerte entre lo serio que es el período y la brecha salarial- demuestra que la desigualdad de género en el mercado laboral se explica por razones biológicas?

Algo importante que hay que entender es que no hemos probado nada del mecanismo por el que opera la causalidad. Por ejemplo, imaginemos que existe una legislación laboral o un conjunto de prácticas empresariales o sindicales que penalicen con fuerza las bajas (una hipótesis de este tipo es sugerida por Goldin 2014 para explicar la brecha de género). Este tipo de prácticas están ancladas en el «entorno», no tienen nada que ver con la biología. Supongamos que el verdadero fenómeno es que esas prácticas penalizan a las mujeres que necesitan tomarse un día de baja y, además, esa penalización crea un ambiente fuertemente masculinizado (Torre 2014) que repercute en la motivación de las mujeres para seguir una carrera en ese sector. Es decir, el ciclo menstrual no afecta al número de horas y la calidad del trabajo que puede desarrollar una mujer, sino solo a cómo esto ocurre bajo ciertas condiciones de organización del trabajo, de forma que cambiar a un esquema en el que haya mayor flexibilidad laboral eliminaría el efecto. En este ejemplo, la diferencia de género tiene que ver con una diferencia biológica, pero esta solo se manifestaría bajo ciertas condiciones ambientales.

Otro ejemplo de interacción es el del comportamiento de los niños. Los niños y las niñas tienen predisposiciones distintas en sus estilos de juego o incluso los juguetes que prefieren (Jadva et al 2008). Supongamos que estas diferencias son predisposiciones suficientemente profundas para ser consideradas como «biológicas» (de hecho, se manifiestan de forma muy temprana). El efecto sería que niños y niñas tenderían a segregarse a edades tempranas. Más importante aún, es muy difícil romper la dinámica de la segmentación y ser el primero en dar el paso y cambiar de grupo. El hecho de que niñas y niñas crezcan en ambientes diferenciados (unos con amigos y otras con amigas) tiene (probablemente) el efecto de magnificar las diferencias iniciales, donde, por dinámicas de imitación y exposición los niños desarrollan comportamientos más masculinos y las niñas comportamientos femeninos (léase esto a modo de ejemplo, la historia real es bastante más complicada Booth y Nolen 2009). En este caso, el efecto de un rasgo de raíz biológica (la agresividad, el comportamiento más cooperativo) tiene el efecto de llevar a elegir un ambiente (femenino o masculino) distinto.

Un ejemplo más cercano a la realidad sería la hipotesis de que la presunta preferencia de las mujeres por carreras no cuantitativas (Ceci et al 2009) puede posiblemente estar relacionada con algún tipo de predisposición biológica. Sin embargo, dejar que esta diferencia se manifieste en desequilibrios importantes entre campos probablemente tiene el efecto de crear estereotipos y afectar a la formación de preferencias de cada sexo (Polavieja 2012). En este caso, una diferencia biológica puede manifestarse de forma más o menos intensa en función de cuál sea el ambiente en el que opere.

Biología, comportamiento y políticas públicas

La idea fuerza es que la existencia de factores biológicos en la cadena causal es esencialmente irrelevante a la hora de criticar la eficacia de políticas públicas. Lo relevante es como de rígido (difícil de cambiar) es un comportamiento ante una política pública. Si, en los ejemplos ilustrados, una política pública puede tener el efecto de cambiar la organización del trabajo o cómo se forman grupos entre niños y niñas, es razonable esperar resultados distintos a pesar de que la causa última es biológica.

Que la humana es una especie sexuada y que ello tiene consecuencias dramáticas sobre la organización social, a través de nuestra historia evolutiva y nuestras predisposiciones psicológicas, es algo que no debería ser demasiado controvertido. Sin embargo, la mayoría de diferencias entre hombres y mujeres no actúan de forma directa, sino que se manifiestan mediadas por efectos ambientales. En última instancia, la existencia de una causa natural en una diferencia no elimina necesariamente todo el margen de maniobra para modificarla mediante políticas públicas.

A la inversa, que una desigualdad de género sea trazable a diferencias ambientales no significa necesariamente que esta sea «arbitraria» o se pueda modificar a través de políticas públicas a coste cero. Volviendo al ejemplo anterior, Claudia Goldin explica en su artículo (2014) cómo las desigualdades salariales tienden a aparecer en profesiones en las que se valora la continuidad en el puesto de trabajo dado que las mujeres son más propensas a tener discontinuidades derivadas de la maternidad. Tanto la división del trabajo doméstico como la organización del trabajo en un bufete de abogados son causas principalmente «ambientales», pero eso no significa que exista una receta efectiva para eliminar la brecha de género.

Concluyendo, a la hora de pensar en las diferencias de género, el debate sobre si estas son de origen «ambiental» o «natural» es de relevancia dudosa. Dos preguntas que en cambio si son relevantes en el discurso político son: ¿En qué tipo de sociedad nos gustaría vivir y por qué? ¿En qué medida es posible acercarnos a ella mediante distintas políticas públicas? El principal mensaje de este post es que el debate «nurture-nature» tiene muy poca utilidad a la hora de responderlas.