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Desigualdad de Género: ¿Por qué importa la historia? (I)

7 Ene, 2015 - - @ehvalencia

Tal y como se apunta en la introducción del ciclo ‘Género, Infancia y Desigualdad (GID)’, uno de los cambios socioeconómicos más relevantes ha sido, y aún es, el del estatus de la mujer; pero ¿cómo ha evolucionado? En esta entrada se presenta una breve síntesis del estatus de la mujer desde nuestros orígenes hasta finales del XIX. En una segunda entrada, se comentará cómo se ha reducido la desigualdad de género desde entonces y cuáles son los retos y desafíos pendientes. Aunque condensar la historia en pocas líneas parezca imprudente, una visión de largo plazo puede estimular la reflexión, y ahí radica la motivación principal para hacerlo.

Hace miles de años, los humanos, organizados en pequeños grupos de cazadores-recolectores, sobrevivían adaptándose al medio. La subsistencia se lograba con una elevada participación y especialización. Todos contribuían, pero las actividades se repartían dependiendo de la ventaja comparativa que cada individuo ofrecía. Cazar y pescar eran habitualmente tareas masculinas. Mujeres y niños recogían agua y frutos silvestres, y los que sufrían algún tipo de discapacidad o se encontraban en la vejez ayudaban como buenamente podían. De esta manera, el estatus de la mujer estaba condicionado por su biología (capacidad reproductiva, fuerza, velocidad) y el entorno. En las regiones tropicales, donde una parte integral de la dieta consistía en frutos silvestres, raíces y tubérculos, el género no parece que fuera algo trascendente a la hora de traer el pan a casa. Sí podía serlo, cuando la caza de grandes mamíferos o la pesca fueran la principal actividad de subsistencia. La figura 1 ilustra esta división del trabajo para una muestra de 186 sociedades primitivas.

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Figura 1. La división del trabajo por sexo en sociedades primitivas.
Nota: Para cada actividad se ha calculado un índice de masculinidad y feminidad basado en la información cualitativa.
Fauna menor también hace referencia a insectos, moluscos, e incluso huevos. Fuente: Murdock and Provost (1973)

Con el sedentarismo, la agricultura y ganadería, y los cambios tecnológicos e institucionales, se reforzó el vínculo consanguíneo y, por consiguiente, la familia. La propiedad comunal continuó siendo importante en el medio rural, pero la propiedad privada demandó unos mecanismos de gestión y transmisión. Por otro lado, la actividad agrícola requería abundante mano de obra, y los asentamientos padecían una elevada mortalidad. En este contexto, se acentuó la faceta reproductiva de la mujer e irrumpió la figura del pater familias como cabeza de familia. Con el paso del tiempo, costumbres y normas sociales se convirtieron en leyes, y la desigualdad de género se formalizó. La Ley Sálica, por ejemplo, no permitía que las mujeres heredaran terra sálica o poder político. La subordinación legal de la mujer era cada vez más apreciable. Aun así, la transmisión patrimonial entre familia e hija, normalmente inter vivos mediante una dote matrimonial, fue/es un hecho notable en ciertas sociedades.

Asimismo, la intensificación de la agricultura masculinizó el campo. El arado y los animales de carga y tiro demandaban una gran exigencia física. Además, con la propiedad privada vino la esclavitud, y eventualmente el trabajo asalariado a jornal. La mujer siguió participando en las tareas del campo, sobre todo en época de cosecha, pero la evidencia histórica sugiere que su esfera de responsabilidad fue paulatinamente confinada al ámbito doméstico, principalmente en Eurasia y norte de África. En China, el ‘Hombres Labran, Mujeres Tejen’ ilustraba este cambio. En esta línea, Boserup (1970) apuntó que allí donde se usaba el arado las mujeres participaban menos en las tareas agrícolas. Alesina, Giuliano y Nunn (2013) han evaluado el impacto de este sistema agrario masculino tanto en la actual participación económica y política de la mujer como en valores y creencias sobre género. Sus resultados revelan una significativa correlación. Descendientes de sociedades preindustriales donde prevalecía el sistema agrario masculino exhiben hoy, controlando por otros factores, unos valores de género menos igualitarios.

Ahora bien, la divergencia cultural no sucedió solamente entre grandes masas continentales. En Europa del Norte, tal y como describió Hajnal (1965), las mujeres se casaban relativamente tarde y el celibato ocurría con cierta frecuencia. Esta European Marriage Pattern contrastaba con la idea de una esposa adolescente y un matrimonio universal, que aún hoy es relevante en bastantes países. De algún modo, la mujer esperaba hasta los veinte y tantos, más de una década desde la pubertad, para contraer matrimonio. Todavía no existe un consenso sobre las causas, pero se ha debatido ampliamente en diversas disciplinas. Según Malthus, era un freno preventivo para regular el crecimiento de la población. De Moor y van Zanden (2010), en cambio, han planteado si pudo ser consecuencia de las transformaciones socioeconómicas acontecidas tras la Peste Negra (1346-53). En esta línea, se especula si esta pauta podría reflejar un leve empoderamiento de la mujer.

En los siglos XVII y XVIII, la expansión urbana y comercial abrió nuevas oportunidades de empleo. Un buen número de mujeres, normalmente jóvenes y solteras, entraron a trabajar en el servicio doméstico de las familias pudientes. La creciente demanda de bienes de consumo estimuló algunos oficios, como el hilado de fibras que se realizaba domésticamente. Asimismo, las mujeres participaban en las tareas del campo, sobre todo si la explotación era familiar. Sin embargo, la subordinación legal persistía y, el poder político, las profesiones liberales, el arte y la ciencia, eran cosas de hombres. En definitiva, la mujer era una pieza integral de la familia en las facetas reproductiva y productiva, pero dentro del ámbito doméstico. En este contexto, y en época de revoluciones, aparecieron algunas denuncias públicas. En Francia, Olympe de Gouges redactó una Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, mientras en Gran Bretaña, Mary Wollstonecraft publicaba una Vindicación de los Derechos de la Mujer en 1792. Posiblemente, no lograron el efecto deseado, pero sentaron las bases para lo que vendría unos años más tarde.

En Gran Bretaña, tanto la mecanización como los cercamientos de tierras comunales y baldíos, provocaron una profunda transformación socioeconómica. Las explotaciones familiares fueron sustituidas por grandes fincas y el trabajo doméstico por la fábrica. Aunque en el largo plazo estos cambios estimularían la igualdad de género, en aquel entonces fue algo dramático. No sólo por la emigración campo-ciudad, sino porque las nuevas oportunidades de empleo se concentraban en la minería e industria textil donde las condiciones de trabajo eran extremas. La protesta social se extendió, siendo las mujeres y niños uno de los principales focos de la regulación laboral. En 1842, el parlamento británico prohibió que mujeres y niños menores de 10 años trabajaran en minas bajo tierra, y unos pocos años después estableció que mujeres y jóvenes adultos (13-18 años) trabajarían en las fábricas exclusivamente de mañana a tarde (6-7 am – 6-7 pm). Con todo, la igualdad de género no parecía estar en la agenda política. Es más, durante la primera mitad del XIX parece que la dependencia económica de las mujeres se incrementó (Pinchbeck, 1930). En este contexto, surgieron varios movimientos sociales de carácter feminista. Igualmente, diversas voces se alzaron para protestar contra la desigualdad de género. Por ejemplo, John Stuart Mill publicó El Sometimiento de la Mujer en 1869, una denuncia pública de la subordinación de la mujer que tuvo un gran impacto:

“Creo que las relaciones sociales entre ambos sexos, -aquellas que hacen depender a un sexo del otro, en nombre de la ley,- son malas en sí mismas, y forman hoy uno de los principales obstáculos para el progreso de la humanidad; entiendo que deben sustituirse por una igualdad perfecta, sin privilegio ni poder para un sexo ni incapacidad alguna para el otro.”

John Stuart Mill (1869: El Sometimiento de la Mujer: Capítulo 1)

A finales del XIX, la divergencia entre los países industrializados o en vías de industrializarse, y el resto, se incrementaba. Aunque el grado de subordinación de la mujer variaba entre unas regiones y otras, la participación de la mujer en actividades de mercado, política y vida pública en la segunda mitad del XIX seguía siendo baja. A partir de entonces, comenzó una carrera mundial hacia la igualdad de género legal, económica, política y social, pero esto será tratado en la segunda entrada.

Referencias:

  • Alesina, A., Giuliano, P. y Nathan Nunn (2013), “On the Origins of Gender Roles: Women and the Plough”, Quarterly Journal of Economics Vol. 128, Issue 2, pp. 469-530.
  • Boserup, E. (1970), Woman’s Role in Economic Development, Earthscan: London.
  • De Moor, T., y Jan L. van Zanden (2010), “Girl Power: The European Marriage Pattern and Labour Markets in the North Sea region in the Late Medieval and Early Modern period”, Economic History Review, Vol. 63, Issue 1, pp. 1-33.
  • Hajnal, J. (1965), “European Marriage Pattern in historical perspective”, in D. V. Glass and D. E. C. Eversley (eds.), Population in history. Essays in historical demography. London: Arnold.
  • Murdock, G. P. y Caterina Provost (1973), “Factors in the Division of Labor by Sex: A Cross-Cultural Analysis”, Ethnology, Vol. 12, Issue 2, pp. 203-225.
  • Pinchbeck, I. (1930), Women Workers and the Industrial Revolution, 1750-1850, London: Virago.