Desigualdad

Desigualdad de Género: ¿Por qué importa la historia? (II)

13 Ene, 2015 - - @ehvalencia

En la anterior entrada, habíamos alcanzado la segunda mitad del siglo XIX, caracterizada por una importante desigualdad de género tanto legal como económica, política y social, ¿qué ha pasado desde entonces? En los países occidentales, los avances médicos, y una mejor nutrición e higiene redujeron la mortalidad. Además, se extendió la educación pública obligatoria, y los movimientos sociales dieron lugar a sindicatos y partidos políticos que, a su vez, promovieron una mayor extensión del sufragio. En estas circunstancias, el estatus legal de la mujer mejoró según fueron estableciéndose nuevos marcos legales. Asimismo, un buen número de mujeres, sobre todo de la creciente clase media, rompía tabúes estudiando en la universidad, y aprovechando las nuevas oportunidades laborales. Aun así, su participación económica seguía siendo relativamente baja. En la industria, las mujeres solteras participaban activamente, pero no así las casadas. Goldin (1983) explica que hasta bien entrado el siglo XX la mujer casada no comenzaría a participar en masa. Con la caída de la natalidad y el cambio tecnológico, la mujer occidental se liberó; no tanto de realizar las tareas domésticas, sino de una buena parte del tiempo que dedicaba a éstas. Además, la pujante actividad industrial y los servicios demandaban un empleo menos físico. Con todo, los valores y creencias tradicionales perduraban, aunque tras las guerras mundiales y las resultantes movilizaciones estos valores cambiaron. En los años 50 y 60, el baby boom acentuó la faceta reproductiva de la mujer, pero esto no supuso retroceso alguno en sus derechos. En el último tercio del siglo XX, la transición demográfica se completó; se establecieron políticas de maternidad para facilitar la conciliación de la vida laboral y familiar. Desde entonces, la participación económica de la mujer occidental ha aumentado, siendo uno de fuentes más relevantes del crecimiento económico. En la Unión Soviética y países afines, la igualdad de género fue un objetivo de partida. Entre las décadas de los 60 y 80, la mujer participó activamente tanto en el campo y fábricas como en política. En 1980, el porcentaje de mujeres en las cámaras bajas de la República Democrática Alemana, Albania, Unión Soviética, Checoslovaquia y Hungría superaba el 28%, por delante de Noruega, Finlandia y Suecia. Hoy, aunque hayan sido superados por los países occidentales, disfrutan de una alta igualdad de género.

Ahora bien, ¿y el estatus de la mujer en el resto? Llegado a este punto, cabe subrayar el efecto que tuvo y está teniendo la industrialización en otras regiones. En el subcontinente indio y China, la mujer también era una pieza integral de la familia en las facetas reproductiva y productiva. El hilado de fibras, entre otras tareas, se realizaba domésticamente. Cuando el trabajo fabril sustituyó al doméstico, esta estructura productiva se desmanteló. Sin embargo, no hubo una profunda transformación socioeconómica, tal y como estaba sucediendo en los países occidentales. Su experiencia histórica fue distinta. La creciente demanda de alimentos y materias primas en Occidente estimuló una especialización productiva en la economía mundial. De esta manera, las nuevas oportunidades de empleo surgieron en minas, plantaciones, y en el servicio doméstico de los propietarios de éstas. Un contexto de elevada natalidad y mortalidad, y pobreza, en bastantes casos extrema, no era un buen escenario para que la mujer se liberara. De hecho, pocos avances se produjeron durante la primera mitad del XX, más bien lo contrario, la desigualdad de género pudo agravarse. Cabe reflexionar por qué existe una preferencia por los varones tan destacada en ciertas sociedades, y cómo han evolucionado los valores y creencias sobre el estatus de la mujer a lo largo del tiempo. En el último tercio del siglo XX, la deslocalización de una parte de la actividad económica occidental ha estimulado el desarrollo económico en algunos países. Esto, a su vez, ha impulsado cambios hacia una mayor igualdad de género, aunque todavía queda bastante camino por recorrer. Finalmente, quedan aquellos países que aprovecharon sus recursos naturales para crecer, pero sin que se hayan producido grandes avances en igualdad de género, y países cuyo desarrollo económico se haya estancado o sea extraordinariamente lento.

Por tanto, ¿por qué importa la historia? La experiencia histórica muestra la existencia de una estrecha relación entre el desarrollo económico y una mayor igualdad de género. Hoy en día, prima más el capital humano que la fuerza física. Así, la extrema división del trabajo observada en sociedades tradicionales deberían ser cosas del pasado. Igualmente, debería garantizarse la igualdad de género en educación, pero ¿es esta una condición necesaria y suficiente? Parece que no. Según el Índice de Desigualdad de Género y el Índice Global de Desigualdad de Género, aunque la desigualdad de género en educación en los países occidentales se haya eliminado, la brecha salarial, y la baja participación femenina en órganos directivos empresariales y políticos perduran. La conciliación de la vida laboral y familiar, y la persistencia de valores y creencias frenan este proceso de convergencia, incluso en los países con un mayor desarrollo económico. En este sentido, merece la pena recordar un episodio histórico como el sufragio femenino para comprender la dificultad del cambio. A pesar de las transformaciones socioeconómicas y de la creciente demanda interna, el sufragio femenino se consiguió en la gran mayoría de países occidentales tras la Gran Guerra (1914-18). Lloyd George, primer ministro británico reconocía en 1917 que “…el heroico patriotismo de las mujeres trabajadoras durante la guerra…” había hecho que su demanda fuese irresistible, ¿se hubiera aprobado el voto femenino sin la Gran Guerra? En Gran Bretaña, varias peticiones para el voto femenino habían sido rechazadas en el parlamento. Aun así, la demanda interna, el efecto Gran Guerra, y el ver a otros países (Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Australia, Estados Unidos) seguir esta senda, ayudó. Este ejemplo invita a la siguiente reflexión, ¿es el desarrollo económico el único camino hacia la igualdad de género?

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Figura 1. Desarrollo económico y humano 1910-2010.
Fuentes: (a) Vehículos por cada 1.000 habitantes: Cross-Historical Adoption of Technology (CHAT) dataset;
(b) Porcentaje de mujeres en el parlamento: Inter-Parliamentary Union.

Recientemente, Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, declaraba que “la igualdad de género es una cuestión de justicia”. Por tanto, ¿qué podemos hacer? En la figura 1 se muestra el número de países que ha superado en cada año el umbral de 100 vehículos por habitante frente al número de países que ha superado el 10% de mujeres en el parlamento durante los años 1910 y 2010. La muestra incluye 146 países y está limitada por la disponibilidad de datos. Estados Unidos llegó al umbral de 100 vehículos en 1923, pero hasta 1992 el porcentaje de mujeres en la cámara había sido inferior al 10%. España alcanzó ambos umbrales en 1973 y 1989. En Rwanda, a pesar de no llegar a 10 vehículos por habitante en 2010, las mujeres ocupan hoy el 64% de los escaños parlamentarios. Quizá, esto sea sólo una anécdota. Además, la muestra es incompleta y hay un buen número de países que han establecido cuotas de género que podrían afectar el resultado. Sin embargo, la evidencia empírica apunta hacia un mayor avance del desarrollo humano que del económico. Desde Naciones Unidas, por ejemplo, se ha promovido la igualdad de género, especialmente con la Convención Sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer (CEDAW), creada en 1979. Todos los estados miembros de Naciones Unidas, salvo Irán, Palau, Somalia, Sudán, Tonga y Estados Unidos (dada su negativa a ratificar convenciones y tratados internacionales) han ratificado CEDAW. También, con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (Objetivo 3: Promover la igualdad entre los sexos y el empoderamiento de la mujer). De hecho, se están realizado grandes esfuerzos para empoderar a la mujer en los países más pobres (Duflo, 2012). Por tanto, la igualdad de género ya no depende tanto de la demanda interna, sino de una demanda global que está acelerando este proceso. Ahora bien, queda por ver si esta vía alternativa impulsa también el desarrollo económico. Hoy, la correlación parcial entre el nivel de ingresos por habitante y la desigualdad de género continúa siendo muy importante. En conclusión, la historia nos recuerda la dificultad del cambio. Las grandes transformaciones han demandado y demandan un gran esfuerzo continuado. No obstante, la historia también nos advierte que las estructuras económicas y sociales no son inmutables, y que el proceso histórico no se repite, y no lo hace porque los tiempos cambian.

 

Referencias:

  • Duflo, E. (2012), “Women Empowerment and Economic Development”, Journal of Economic Literature Vol. 50, Issue 4, pp. 1051-1079.
  • Goldin, C. (1983), “The Changing Economic Role of Women: A Quantitative Approach”, Journal of Interdisciplinary History, Vol. 13m No. 4, pp. 707-733.
  • Goldin, C. (2014), “A Grand Gender Convergence: Its Last Chapter”, American Economic Review, Vol. 104, Issue 4, pp. 1091-1119.
  • Paxton, P. y Melanie M. Hughes (2014), Women, Politics, and Power: A Global Perspective, SAGE: Los Angeles, USA, 2nd Edition.