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Cuando las primarias reducen la democracia

27 Ene, 2012 - - @egocrata

Tratando de aclarar mis ideas un poco para la tertulia del domingo (¡en vivo! ¡en directo!) andaba hoy repasando artículos sobre elecciones primarias y partidos políticos para refrescar un poco la memoria. Una cosa que me ha sorprendido, aparte de lo floja que es la literatura sobre organización interna de partidos políticos en general, es que muchos autores no son especialmente optimistas sobre el carácter democrático de este sistema para escoger líderes.

Richard Katz (el mismo que hablaba de los partidos cártel) tiene un artículo estupendo en este sentido (PDF). La idea es que en un partido político tradicional, las decisiones son tomadas siguiendo un proceso muy elaborado de agregación de preferencias. Las bases hablan y discuten en sus agrupaciones, y escogen a secretarios locales. Estos líderes locales, normalmente activistas muy motivados, son el alma del partido; los matados que se tiran horas y horas en reuniones, asociaciones de vecinos, concejalías de distrito y plenos de ayuntamiento En organizaciones con cierta vitalidad, estos cuadros locales además tienen que competir internamente con otros activistas, asegurar que el partido sigue siendo visible y además ser los que se parten los cuernos sacando militantes a ayudar en campañas electorales.

Cuando hay que hablar de política a nivel regional, los líderes locales siguen un proceso igual de complicado y laborioso para decidir quién ocupará cargos provinciales y autonómicos, quienes serán los notables del partido. Estos, si el partido funciona como debe, no son simples burócratas, sino que son el cúmulo de alcaldes, diputados autonómicos y presidentes de diputación que llevan el día a día de la política de muchas administraciones. Son gente que quiere ganar elecciones, trabaja para ganarlas y están ahí acumulando experiencia para aspirar a baronías autonómicas, consejerías y quizás algún día un ministerio.

Dentro de un partido político con responsabilidades de gobierno no hay sólo militantes y líderes, realmente. La mayor parte del tiempo, cuando nadie está prestando atención, hay un enorme, detallado y bien engrasado sistema de representantes locales y regionales, activistas a tiempo completo y cargos electos que toman decisiones día a día sobre política y gobierno. No siempre son correctas, y sabe Dios que dentro de ese entramado hay un buen montón de inútiles, pero son esta gente, y no otra, la que está haciendo política y controlando / trabajando / apuñalando salvajemente a sus compañeros y compañeros haciendo que el partido funcione.

Cuando un partido político convoca unas elecciones primarias, sin embargo, todo este entramado de decisores, cargos intermedios y políticos que llevan meses y meses prestando atención y partiéndose los cuernos queda a un lado. La cúpula del partido, los tres, cuatro o cinco tipos que están en lo más alto, las caras reconocibles dentro de la organización, son casi sin excepción los únicos candidatos viables. Es la cúpula del partido, casi de forma inevitable, la que controla las reglas para formar candidaturas. Y, sin duda lo más importante, los líderes al apelar a los militantes de base y simpatizantes apartan a un lado a activistas y notables, ganando autonomía y capacidad de decisión.

Como explicaba el otro día, un partido cartelizado es una organización pequeña, profesionalizada y ágil, con una cúpula dirigente que centraliza decisiones y actua de espaldas a su militancia. A primera vista, dejar que vote toda la militancia parece una manera de dar voz a las bases; a la práctica, sin embargo, unas primarias pueden ser utilizadas para hacer que las bases sólo hablen una vez cada cuatro años, cuando toque escoger / ratificar al jefe, y conseguir que esos palizas de las agrupaciones locales nos dejen en paz el resto del año. El líder del partido no depende de los órganos de gobierno de la formación, ahora irrelevantes. Los activistas locales ya no pintan nada, ya que no tienen ningún papel en la formación de preferencias de la organización. El partido ya no es una máquina de formar coaliciones y agregar preferencias, sino un órgano de poder plebiscitario.

Esto tiene algunas implicaciones adicionales relevantes respecto a la política local y regional, por cierto. La centralización del poder dentro del partido en la cúpula hace que las organizaciones regionales tengan menos capacidad de atraer cuadros,  y a su vez también facilita la imposición de candidatos desde el centro y mensajes uniformes. El partido es probablemente mucho más disciplinado en apariencia, pero también estará más aislado de estímulos externos. Por añadido, los conflictos internos serán necesariamente más explosivos y grandilocuentes, ya que los candidatos potenciales basarán siempre su apoyo en una apelación populista a las bases, no al respeto y apoyo de la vieja maquinaria del partido.

¿Significa que los viejos monstruos burocráticos estilo Michaels y su ley de hierro de la oligarquía son modelos a seguir como paragones del gobierno virtuoso? No, en absoluto. Pero creo que debemos tener en mente que una mayor «democracia» interna, vía primarias, puede de hecho traducirse en más autonomía de los líderes del partido, no menos. El viejo orden burocrático puede parecer obsoleto, pero cumplía una función importante.

Mi sistema favorito, por si alguien pregunta, es el viejo modelo de los laboristas británicos  antes de los ochenta (y de los tories, hasta hace poco): los diputados (MPs) escogen al líder, votando a varias vueltas si es preciso. Los MPs son escogidos, obviamente, por los militantes de su distrito a nivel local, y si tu candidato no ganó en tu distrito mala suerte. Es una buena mezcla entre activismo concentrado y élites que conocen bien el sistema decidiendo el más competente. Claro, la cosa funciona con distritos uninominales, así que no es exportable a España. El ideal de mezclar militancia activa con dar relevancia a los profesionales, sin embargo, creo que es un buen ideal a seguir.