Llevo una temporada que no hablo de bancos y finanzas, algo que en vista de todo lo que ha llovido estos últimos años es señal de buenas noticias. Tras muchas dudas y crujir de dientes sobre la necesidad de nacionalizar, recapitalizar o comprar activos basura, parece que todas esas dudas y tribulaciones han desaparecido, y el sistema financiero americano ha vuelto a la vida, dedicándose otra vez a ganar dinero a espuertas y regar de millones a los cretinos que estrellaron la economía mundial.

¿Perfectamente aceptable, verdad? El que los bancos no se estén muriendo es una buena noticia; el hecho que aquí todo el mundo esté encendiendo puros con billetes de $100 no debería importarnos demasiado. Bueno, no tan rápido. La resurrección de los bancos no es ni tan espontánea ni tan milagrosa; el hecho que la administración Obama no haya hecho nada demasiado visible no quiere decir que los titanes de las finanzas estén salvando el mundo ellos sólos.

Cuando hablábamos de posibles soluciones a los problemas de los bancos, las soluciones sobre la mesa parecían moverse entre nacionalizar o socializar las pérdidas de un modo u otro. La nacionalización, aún con sus peligros, me parecía la mejor idea, pero la administración Obama pareció verle problemas graves. Tras flirtear con la venta o subasta de activos tóxicos, la idea final parece que fue básicamente otra: garantizar el sistema de forma implícita.

Aparte de comprar acciones de forma indirecta, la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro esencialmente ejercieron de prestamistas de último de recurso en un sentido muchísimo más extenso de lo habitual en bancos centrales. No era cuestión de dar sólo liquidez; era permitir que los bancos utilizaran los bajísimos tipos de interés a los que tiene acceso el gobierno americano para que financiaran prácticamente todas sus operaciones. Sea mediante dar créditos directamente, sea mediante garantías o inyecciones de capital, la administración otorgó el privilegio a los bancos de acceder al fácil crédito a disposición del gobierno más pderoso de la tierra. No socializar las pérdidas, básicamente subvencionar el mercado de crédito.

Cuando puedes pedir créditos a tipos de interés cero (que es lo que paga el gobierno federal a corto, a efectos prácticos) ganar dinero es patéticamente fácil. Los bancos llenan sus arcas, los activos tóxicos son menos peligrosos, y el sistema se recupera.

La verdad, es una solución ingeniosa, aunque tiene algunos problemas. Para empezar, es bastante injusta; no es un rescate en el sentido estricto («regalar dinero»), pero salvar de la quiebra o nacionalización a un banco a base de ser el cofirmante de sus préstamos es dar un premio a quien no lo merece. Por descontado, el plan ha funcionado porque los bancos no estaban tan mal como muchos pensaban, pero si Geithner y Summers no hubieran acertado el contribuyente americano se hubiera comido todas esas garantías con patatas. Fue una apuesta a que la catástrofe absoluta no iba a ocurrir, y acertaron.

La pregunta, sin embargo, es qué hacemos ahora que tenemos a los cretinos que se cargaron la economía mundial dándose primas y regalos gigantescos gracias a que el gobierno de los Estados Unidos les ha salvado el culo y ha prometido salvarles si la pifian. Tenemos la injusticia de gente ganando dinero gracias a una subvención implícita de todos, y por añadido corremos el riesgo que los banqueros utilicen el chollo para tomar decisiones más y más arriesgadas – especialmente sabiendo que cara ellos cobran millones, cruz el contribuyente se come el marrón. Recordad que estos son los individuos que estuvieron vendiendo humo durante años, sacando dinero dónde no lo había.

Volvemos a lo de siempre: el sector financiero es demasiado grande, esta fatal regulado y crea una serie de incentivos horribles que no hacen más que atraer problemas. El Congreso (y el sistema regulatorio) de los Estados Unidos, sin embargo, está diseñado para hacer difícil pasar cualquier reforma, no importa lo urgente que sea; el resultado es que a pesar que los bancos están (más o menos) fuera de peligro (siempre puede irse a la porra las hipotecas comerciales, y entonces reíremos), el sector financiero sigue siendo una bomba de relojería. Las noticias hablan de un Geithner exasperado con la obsesión de todos por mantener privilegios y proteger a los bancos – y la verdad, no me extraña nada.

Es algo que tengo que discutir con más detalle, pero el sistema político americano está siendo puesto a prueba este año. Un nuevo presidente llegó al poder con una agenda clara, que había defendido durante la campaña, hablando de reforma sanitaria, financiera y legislación para combatir el cambio climático. Las tres cosas urgentes, imprescindibles;las tres con el apoyo popular que da una victoria electoral por siete puntos y amplias mayorías del partido que defendía esas posturas en las dos cámaras. En una situación de crisis, casi de emergencia, parece que el Estados Unidos apenas será capaz de aprobar una ley de sanidad y que tendrá problemas gravísimos (si lo consigue) para pasar el resto.

La verdad, es preocupante – y lo peor, no es nada nuevo.