Economía & Politica fiscal & Unión Europea

Las raíces políticas de la crisis del Euro

22 May, 2012 -

He leído ya en dos o tres sitios reproches a la profesión económica en general por el problema de la crisis del Euro. Mi punto de vista de esta historia es que esta interpretación es equivocada. En este post quiero explicar por qué y especialmente por qué pienso que se trata de un problema político institucional más que económico.

Un diagnóstico compartido

Los problemas que han llevado a la situación actual no son ningún misterio económico. Como he explicado en alguna ocasión, la zona euro funciona de tal forma que los tipos de interés reales funcionan de forma procíclica, ya que el tipo de interés nominal es único, pero las tasas de inflación son distintas. De esta forma, los países con más inflación tienen menores tipos de interés reales; exactamente lo contrario de lo que recomienda una buena regla de política económica.

Para contrarrestar este problema, las economías europeas tienen que emplear sistemas alternativos de política contracíclica para controlar su inflación, concretamente tres: la regulación financiera (que permite controlar el flujo de crédito), la política fiscal y la moderación salarial. Por desgracia, mientras que la regulación financiera y la política monetaria son vistas como un problema más o menos técnico dónde cierta coordinación es posible, la política fiscal y la moderación salarial son tradicionalmente problemas politizados dónde el oportunismo político juega un papel mucho mayor y alcanzar compromisos creíbles entre estados es dificil o imposible. Los problemas anteriores hicieron que distintos países de la periferia tuvieran durante su expansión una inflación alta, tipos de interés reales artificialmente bajos, tasas de crecimiento por encima de su potencial, salarios que crecían por encima de la productividad y como resultado de esto, se endeudaran con el exterior y también con el interior.

En el momento actual, todos los problemas económicos de la eurozona pasan, de una forma o de otra, por un problema de exceso de deuda (pública o privada) de los países de la periferia, endeudados con el extranjeros pero también dentro de sí mismo. Esto ha repercutido en el conjunto del sistema económico helando el crédito. Es algo muy simple y muy intuitivo: cuando las perspectivas de crecimiento son buenas y el valor de lo que uno tiene, como su vivienda, es alto, los bancos están dispuestos a prestar y la gente en condiciones de endeudarse. Si de repente la relación entre lo que uno debe y lo que tiene cae (su posición financiera se deteriora), los bancos no pueden prestar y la gente intentar dejar de consumir. Esto es, a grandes rasgos, lo que ha pasado en Europa: estamos en un proceso de desendeudamiento, y hasta que ese proceso no se complete, es improbable que las cosas cambien sustancialmente.

La solución para desendeudarse es gastar menos de lo que se produce, lo que a nivel internacional supone correr superávit comerciales y, a nivel individual, consumir e invertir menos o bien, mejorar la capacidad de pago al crecer más. En esta solución, el país en cuestión tiene que recuperar competitividad, es decir, sus precios y salarios tienen que crecer menos rápidos que los de sus socios comerciales. Una solución alternativa es que esas deudas se perdonen, es decir, hacer un impago de alguna forma. Esta solución es, muy naturalmente, más ventajosa para el deudor que la primera.

Encima de toda esta historia, los países intentan mantener cierto estímulo fiscal para que el país no entre en una depresión aún más profunda, pero como las perspectivas de crecimiento son bajas y el déficit es alto, esto crea problemas para los estados a la hora de financiarse y el aumento de la prima de riesgo tiene efectos adicionales sobre el resto del sistema financiero porque reduce el valor de los activos de los bancos y crea incertidumbre sobre el conjunto de la economía.

En este escenario, la solución óptima sería la siguiente. 1) Los distintos países se comprometieran a una senda de consolidación fiscal a medio plazo creíble y coordinada, pero mantuvieran cierto grado de impulso actual, pero dónde se use la política fiscal para controlar la inflación interna 2) Que el BCE se comprometiera a apoyar la deuda de los distintos países en el mercado y se fijara un objetivo de entre el 4% y el 6% de inflación para la media de la zona euro 3) Que los Estados entraran en un programa de reformas estructurales que mejoren sus perspectivas de crecimiento a medio plazo, reduzcan sus tasas naturales de desempleo, aumente la competencia en los mercados reduciendo los márgenes empresariales y aumenten la competitividad 4) Un compromiso de los agentes sociales de moderación salarial para apoyar la recuperación de competitividad, (mirad el caso de Portugal5) una devaluación fiscal, basada en pasar la presión de los impuestos sobre el trabajo a los impuestos sobre el valor añadido que reducirá los costes laborales unitarios y dará una prima al ahorro que favorecerá el desapalancamiento 6) Llevar a cabo un proceso de reducción de la deuda ordenado, que será una mezcla de mejora de la competividad y superávit comerciales y liquidación y quitas de entidades insolventes de forma ordenada.

Soluciones políticamente inalcanzables

Mi sensación, que puede ser equivocada, es que casi todo el mundo en el entorno académico, los famosos “economistas”, comparte este diagnóstico y una mayoría razonable aprobaría esta o alguna variante de esta receta. ¿Por qué no vemos una solución en estos términos? Mi opinión es que se debe fundamentalmente a razones políticas, y por políticas no me refiero a “ideológicas”, sino a la existencia o ausencia de instituciones y mecanismos de toma de decisiones y, en parte, a las consecuencias redistributivas internacionales.

En primer lugar, comprometer al BCE a un objetivo de inflación del 4 o 6% y forzarle a comprar deuda es probablemente ilegal en el momento actual, tanto porque va en contra de su mandato como porque supone coordinar de forma explícita al BCE con los gobiernos y esto último va directamente en contra del modelo Bundesbank que está detrás de la construcción del Euro. Esto requeriría obviamente un cambio en los tratados. Sin embargo, el objetivo de la estabilidad de precios es la gran conquista política alemana en la construcción del Euro y una parte básica de la querella francoalemana sobre la gobernanza económica de la Eurozona de los últimos veinte años. Ceder en este tema no es algo con vuelta atrás porque aceptar un cambio institucional de estas características sentaría un precedente que dañaría para siempre la independencia y la credibilidad del BCE tal y como existe ahora y los alemanes temen, con razón, que esto se traduzca en un cambio en el equilibrio de poder en la gestión de la política europea.

En segundo lugar, si el BCE y Alemania aceptan apoyar a los países de la periferia, es sencillo darse cuenta de que no hay ninguna forma de estar seguros de que estos van a cumplir su parte del trato. Idealmente, el programa de reformas estructurales debería ir acoplado con un impulso fiscal y monetario (el “two handed approach”) pero desde el punto de vista político, la consolidación fiscal, la moderación salarial y las reformas estructurales son costosas, de forma que la tentación de renegar de este compromiso en cuanto la presión de los mercados se reduzca y el desempleo vuelva a niveles aceptables es muy alta. Es importante darse cuenta de que la incapacidad para comprometerse de un Estado tiene su origen en que el comportamiento de estos es el resultado de las interacciones complejas de distintos grupos cuya relación de poder va oscilando a lo largo del tiempo, lo que me lleva al último punto.

Finalmente, hay un elemento de suma cero en este problema. No hay que olvidarse de que lo que estamos intentando con un aumento de la inflación y el default ordenado es precisamente no pagar cosas que debemos a otra gente. Esto genera un conflicto de intereses tanto a nivel interno como internacional. En esta situación, todas las partes tienen incentivos para meterse en una guerra de desgaste dónde disimulan su capacidad para perdonar/pagar deudas y esto se manifiesta a nivel político.

Por tanto, aún cuando ponerse de acuerdo en cómo deshacer el problema del endeudamiento excesivo en Europa sea algo relativamente factible y trivial, el principal problema al que se enfrentan los Estados Europeos es uno de cómo comprometerse creíblemente a respetar la solución a la que se llegue. El problema no es uno de mala economía, sino de mala ciencia política. En este sentido, la tan cacareada teoría de que Europa necesita alguna forma de unión política/fiscal es básicamente acertada, si por unión política entiende un mecanismo que permita adoptar compromisos creíbles de forma coordinada. Sin embargo, la historia nos da a entender que este tipo de mecanismos basados en la solidaridad y la confianza tardan años o décadas en forjarse y, en cambio, las situaciones de crisis como la actual son poco propicias a su emergencia.