Economía

La triste, desesperada lucha contra los precios

23 Abr, 2012 - - @egocrata

El New York Times tuvo ayer en portada dos noticias que parecen ser sobre temas muy distintos, pero que en el fondo se refieren al mismo problema. En las dos noticias tenemos a un gobierno intentando mantener el precio de un bien tan barato como sea posible. En ambos casos fracasan estrepitosamente.

El caso venezolano es especialmente patético. Para empezar, es la enésima repetición de una herramienta tan habitual como inútil en el arsenal de los gobiernos populistas de corte más analfabeto, la imposición de precios máximos de forma administrativa. La retórica siempre es la misma: en el mercado hay una serie de malvados intermediarios que se interponen entre los gloriosos productores campesinos / héroes proletarios / los recursos naturales de la nación y los ciudadanos de a pie. Estos intermediarios especulan, siempre especulan, sea comprando todo y después no vendiéndolo a nadie, sea llevándose un margen horriblemente alto en la tienda, sea vendiendo todo a esos sucios capitalistas del norte que vienen a robarnos lo que es nuestro. Todo es muy caro, carísimo, por culpa de los especuladores.

Pero todo tiene solución: el Presidente, que es muy sabio, es capaz de ver que estos malvados intermediarios se están enriqueciendo a costa del pueblo llano, así que limitará sus beneficios. Y lo hará usando el estado, que para algo lo tenemos, con aranceles a la exportación, precios máximos y gloriosas tiendas del pueblo donde nadie estará ahí por el vil metal. El problema, claro está, es que si los precios llevan subiendo desde hace una temporada (en el caso Venezolano, por encima del 25% anual), es muy probable que los costes estén haciendo lo mismo. No acostumbra a pasar demasiado tiempo hasta que el “precio oficial” de un determinado producto es menor de lo que cuesta producirlo y distribuirlo (los tenderos también tienen que comer, claro). La reacción más normal cuando esto sucede no es que los campesinos, empresarios y distribuidores empiecen a comerse pérdidas, sino que simplemente dejen de vender. Ahí tenemos un país que era uno de los mayores productores de café del mundo importando café estos días, sin ir más lejos.  Lo que queda son tiendas vacías, unos precios oficiales que no sirven para nada y un mercado negro tan vital como incompetente sea el gobierno reprimiéndolo.

El pequeño detalle que se le escapa al Presidente, obviamente, es que la inflación es casi siempre un fenómeno monetario nacida de un banco central un poco demasiado amigo de imprimir moneda. Venezuela, en el 2008, reformó esa institución, poniéndola bajo control del ejecutivo – y como sucede casi invariablemente en estos casos, este decidió sacar la imprenta y liarse a pagar facturas con billetes nuevos. Argentina, otro país haciendo el mandril de forma similar, “reformó” el Banco Central hace unos meses.

El resultado sería cómico sino se estuviera cargando la economía de un par de países del continente: en un lado tenemos al gobierno creando inflación emitiendo moneda, en el otro tenemos al mismo gobierno creando escasez haciendo que toda esa moneda que imprime no sirva para comprar nada. Cristina Fernández tiene al menos cierta excusa en Argentina ya que tras la bancarrota de hace unos años nadie les presta un duro, pero está haciendo lo mismo. El resultado es parecido: uno de los países que más rápido crecen del continente (a base de exportar soja como posesos, en gran medida) y que tiene petróleo a espuertas, pero donde la electricidad está racionada.

El caso de los alquileres en Manhattan es casi simétrico: aquí no tenemos un gobierno haciendo que vender bienes deje de ser rentable, sino un ayuntamiento limitando la oferta de un bien hasta tal punto que el precio se dispare. Los alquileres en Manhattan no son exageradamente caros porque sea una ciudad muy rica; el motivo es que dado que es una ciudad muy rica (¡es densa y productiva!) mucha gente quiere irse a vivir ahí. Manhattan es un sitio rematadamente lleno de gente, eso es indudable (27.000 habitantes/Km. cuadrado), pero en agregado no es mucho más denso que París (20.000). La cuestión es, no hay ningún obstáculo tecnológico serio que impida al distrito más rico de la ciudad más rica de la tierra albergar más gente; entre Midtown (de la calle 34 a Central Park) y Wall Street hay una enorme cantidad de espacio con edificios de 4-6 plantas casi de forma exclusiva, y por encima de la calle 59 la altura media es bastante limitada. La isla tenía en 1910 casi 800.000 habitantes más que ahora, así que si se ponen, pueden meter a más gente. Y gracias a esta pequeña maravilla tecnológica que es el rascacielos (una innovación de 1910, más o menos) no costaría -demasiado- bajar los precios de los alquileres simplemente aumentando la oferta.

¿Cuál es la reacción tradicional en muchas ciudades? Nueva York tiene una larga tradición de regular el precio máximo de alquileres (resultado: menos oferta de alquiler, y la que está fuera de regulación con precios obscenos) mientras limita la densidad de construcción nueva (no sea que “cambie el carácter del barrio”). En España, que somos más chulos que un ocho, lo nuestro es proteger más al inquilino que al casero (para “evitar abusos”) y dar enormes subvenciones a la compra de vivienda vía espantosas (y regresivas) deducciones fiscales. El resultado es, como de costumbre, menos oferta y precios más altos, mientras incontables ministros se preguntan por qué cuesta tanto convencer a los jóvenes para que se independicen.

Lección número uno para cualquier político: la única forma de controlar un precio es haciendo que el bien ofrecido sea más abundante. Cualquier otra cosa es realmente poner puertas al campo;  la ley de la oferta y la demanda es básicamente implacable.

Nota adicional: el mercado de alquiler de vivienda no es lo mismo que el mercado de compra. Para empezar, no están ni en la misma categoría contable; la compra de vivienda es una (mala) inversión, que el estado incentiva tontamente. El hecho que España tenga un 90% largo de la población en hipotecas es una señal bastante clara que la oferta de alquiler es artificialmente baja. Y obviamente, dar subvenciones al comprador no aumenta la oferta de un bien, sólo aumenta su precio.