Política

¿Puede Jeremy Corbyn ganar unas elecciones?

14 Sep, 2015 - - @JVinaras

Finalmente saltó la sorpresa. O no, atendiendo a las encuestas que desde finales de julio daban ganador por abrumadora mayoría a Jeremy Corbyn en la carrera por el liderazgo laborista en Reino Unido. El caso es que uno de los diputados más veteranos de Westminster será quien, en principio, lidere la oposición al Gobierno de Cameron durante casi los próximos 5 años.

La victoria de Corbyn no ha dejado indiferente a nadie, no en vano y a pesar de las mencionadas encuestas que ya apuntaban en esta dirección, parecía difícil de creer que el partido que, en los últimos 36 años sólo ha sabido lo que es gobernar bajo el ideario del Nuevo Laborismo, fuese a dejar su futuro en manos del gran verso suelto que en aquella época criticaba a Tony Blair desde su propia bancada.

Pero no sólo se trata de un cambio paradigmático de mucho mayor calado que la victoria de Miliband en 2010 (que ya se interpretó entonces como una victoria contra el “blairismo”) sino que también se trata de una victoria excepcional en la forma de conseguirla. En efecto, Corbyn no sólo se ha convertido en el primer líder laborista elegido a través de un sistema de una persona un voto, sino que también ha conseguido un porcentaje de apoyo que roza el 60% del electorado, una cifra que para ser igualable hay que remontarse a la propia victoria de Blair en 1994 (y a la que supera en dos puntos aproximadamente).

Mucho se ha escrito durante este tiempo sobre las propuestas de Jeremy Corbyn (especialmente en lo que respecta a sus propuestas económicas), su visión en materia de relaciones internacionales, o incluso su comparación con figuras históricas del partido. Una información de la que en estos días se hacen eco los diarios de nuestro país.

Sin embargo, más allá de confirmar la idea de que se trata de un giro a la izquierda en el Partido Laborista, quizás lo que resulte más interesante es detectar que clase de desafíos tiene por delante el nuevo líder de la izquierda británica y si será capaz de afrontarlos exitosamente.

A su vez, también resulta clave plantearse en qué medida el desplazamiento ideológico que se ha producido en el partido puede ayudarle a recuperar el vasto terreno perdido en las sucesivas elecciones de 2010 y 2015.

Como apuntaba Alberto Nardelli en The Guardian, el Laborismo afronta tres desafíos principales de cara a la próxima elección de 2020.

En primer lugar, el laborismo tiene un serio problema con respecto al electorado de mayor edad, cuyo voto fue a parar en mucha mayor medida a los tories en las últimas elecciones, un hecho que no nos es desconocido en España.

Segundo, el Partido Laborista tiene que recuperar una gran cantidad de parlamentarios. Incluso aunque pudiese recuperar todos los escaños perdidos en favor del Partido Nacionalista Escocés (SNP) en Escocia, aun necesitaría ganar una gran cantidad de circunscripciones que no solamente están en manos de otros partidos (como los Verdes y los Liberal-Demócratas) sino que hoy han sido conquistados por los tories.

Precisamente, la cuestión escocesa es en sí misma clave para el Laborismo. Escocia fue, en las últimas décadas, un importante granero de votos y escaños laboristas. Sin embargo, en las pasadas elecciones de mayo el SNP consiguió una espectacular victoria conquistando 56 circunscripciones de 59 totales (entre ellas, a la que representó el Ex Primer Ministro Gordon Brown desde 2005).

Esta pérdida de apoyo electoral es un gran hándicap para el Laborismo, que necesita de los votos escoceses para recuperar el Gobierno británico. Además, la propia aparición en la agenda política de la independencia de Escocia ha podido ser un elemento nocivo para el Laborismo, que venía adoptando una posición intermedia entre los planteamientos del SNP y los Conservadores. Quizás la polarización en torno a este cleavage territorial haya castigado especialmente al partido y además supusiese un incentivo al voto conservador al vislumbrarse en mayo una posible coalición de gobierno entre laboristas y nacionalistas escoceses.

Finalmente, en tercer lugar y en parte relacionado con la cuestión anterior, parece que aquellos que dejaron de votar laborista en mayo en favor de los tories lo hiciesen por su falta de credibilidad en materia de propuestas económicas, de cara a la formación de un gobierno capaz de resolver los principales problemas del país.

Todas estas cuestiones nos remiten al auténtico quid de la cuestión: ¿cómo es el comportamiento electoral de los británicos? Sobre este tema, se ha escrito abundante literatura en las últimas décadas que viene a reforzar este último punto: se ha dado paso desde una competición estrictamente ideológica a una centrada en la credibilidad de los partidos para manejar los temas clave de la agenda.

Esta tesis pivota sobre la idea del votante mediano que ya planteó Anthony Downs y que se constituye en la principal explicación para entender el comportamiento electoral occidental de las últimas décadas. Se trata además, de una idea que sintoniza bastante con el porqué de las sucesivas victorias de Blair en 1997, 2001 y 2005.

Sin embargo, además de tener en cuenta el comportamiento electoral de los británicos, también hay que atender a los efectos que el sistema electoral mayoritario basado en circunscripciones uninominales tiene sobre los propios resultados.

En efecto, como ha explicado reiteradamente Pablo Simón, el sistema first-past-the-post tiene la ventaja de permitir la formación de gobiernos estables, pero produce una importante distorsión entre los porcentajes de voto y escaño. Esto hace que los esfuerzos de los partidos deban concentrarse en ganar circunscripciones y no necesariamente votos.

Por tanto y como es obvio, lo que permite a un partido gobernar no es, de facto, su número de votos sino el número de escaños en el Parlamento. Así, el interés de un partido no debería estar tanto en conseguir un apoyo amplio entre el electorado en términos globales, sino conseguir vencer en el mayor número de constituencies.

Esta idea, que parece bastante contradictoria, puede quedar bien ilustrada al observar un gráfico con los porcentajes de voto y escaño del Partido Laborista en los últimos 70 años.

Resultados Laboristas

Como vemos, existe un desfase importante entre el porcentaje de voto y escaños, en el que el primero no siempre está por debajo del segundo. Una de las primeras lecturas que puede hacerse, es que las mayores victorias laboristas no siempre han tenido que ver con los mayores porcentajes de voto, o al menos no en un grado similar.

Sintetizando más algunos resultados clave del gráfico, es interesante atender a tres de los mejores resultados electorales del Laborismo en porcentaje de voto y observar su translación en escaños:

laborismo1
Los datos son claros: no necesariamente una victoria en votos produce los mismos resultados en escaños. Tanto es así, que el mejor resultado electoral en la historia del laborismo británico en votos ni siquiera fue capaz de configurar una victoria en escaños que posibilitase la continuidad del gobierno de Clement Atlee. Y, paradójicamente, un resultado considerablemente menor en sufragios como fue el de Tony Blair en 1997 produjo la mayor victoria electoral laborista en escaños de toda la historia del partido (y la segunda mayor en la historia electoral del Reino Unido).

Por tanto, es posible deducir intuitivamente que la clave para recuperar el terreno perdido pasa por configurar una alternativa política atractiva para un electorado muy complejo y muy diverso a lo largo de un territorio que dista mucho de ser homogéneo. En este contexto, la elección de Corbyn (siempre a priori), no parece el movimiento más acertado en un momento en el que los partidos necesitan situarse donde estén sus potenciales ganancias electorales.

A su vez, y a manera de conclusión, este análisis invita a plantearse en clave retrospectiva si quizás la elección de Corbyn representa, como planteamos recientemente para los países del sur de Europa, la forma de canalizar en un sistema electoral mayoritario las preferencias de aquellos electores anti-austeridad que no han percibido diferencias significativas entre los dos principales partidos del establishment.

Sin embargo, si tomamos por buena esta aproximación, hay que tener en cuenta que Reino Unido no se trata de un Estado miembro de la Eurozona, y por tanto no tiene las limitaciones en materia de política económica que sí tienen los países del sur de Europa. De este modo, quizás sea lógico imputar el descontento social con las políticas de austeridad a una opción meramente ideológica producto de un gobierno presidido por el Partido Conservador.

Esta circunstancia, unida a la gran dominación ideológica (con matices) del ‘blairismo’ en los últimos 20 años, podría haber conducido a las bases del partido a votar por un candidato con un programa claramente definido en el eje ideológico (frente a la ambigüedad de sus contrincantes) que representase una opción firme contra el establishment. De ser así, estaríamos ante un episodio muy similar al que tuvo lugar tras las elecciones de 1979, cuando tras perder el gobierno en favor de Margaret Thatcher, los laboristas eligieron al izquierdista Michael Foot para liderar el partido ante un gobierno que acometió profundas reformas no exentas de una gran conflictividad social (un episodio que, precisamente, ha vuelto a plantearse durante este proceso y que durante años constituyó un suceso traumático para el partido a causa del resultado de 1983).