Política

Portugal ¿El eslabón perdido?

4 Ago, 2015 - - @JVinaras

Hace unos días el Presidente de Portugal, Aníbal Cavaco Silva, convocó elecciones para el próximo 4 de octubre. El interés de estos comicios va mucho más allá de ofrecernos un aperitivo de los que tendrán lugar en nuestro país uno o dos meses después, y es que Portugal se ha convertido en un foco de interés para la comunidad política en general y los politólogos en particular.

En efecto, a pesar de la relativamente escasa cobertura mediática que se suele dedicar al país vecino, la sorprendente evolución del sistema de partidos portugués a lo largo de la crisis económica ha suscitado cierto interés por tratar de comprender las causas que explican esta evolución. Una evolución que, paradójicamente, se ha caracterizado por su estabilidad, algo que en un contexto de importantes transformaciones en los sistemas de partidos europeos (al menos en porcentajes de voto) llama poderosamente la atención.

Portugal en tiempos de crisis: la excepción del sur de Europa
¿Cuál ha sido el relato político portugués durante la crisis económica? Todo comienza tras convocatoria de elecciones anticipadas que tuvo lugar en 2011, tras el rechazo del conjunto de la oposición al plan de ajuste presentado por el socialista José Sócrates con la finalidad de evitar el rescate financiero que ya se había producido en Grecia e Irlanda.

En 2009 Sócrates había revalidado su victoria de 2005, pero su partido había perdido la mayoría absoluta con la que contaba en la legislatura anterior. Esta circunstancia, unida al agravamiento de la crisis económica, motivó el voto de rechazo a las medidas de ajuste mencionadas en marzo de 2011 y precipitó la convocatoria de elecciones para junio de ese mismo año.

Apenas unas semanas después del rechazo de la Asamblea de la República a su plan de ajuste, Sócrates se vio obligado a solicitar el rescate financiero que había deseado evitar, lo que dejó prácticamente decantado el resultado electoral. Como era de esperar, los comicios arrojaron un contundente triunfo del partido mayoritario del centro-derecha, el Partido Social Demócrata (que no socialdemócrata), que se quedó a 8 escaños de la mayoría absoluta. La posterior alianza con el Centro Democrático Social-Partido Popular, el partido conservador que quedó en tercer lugar, aseguró a Passos Coelho, el candidato del PSD, su nombramiento como Primer Ministro.

Hasta ahí nada sorprendente o ajeno a lo que ha sucedido en otros países del sur de Europa. Sin embargo, tras el relevo de Sócrates al frente del Partido Socialista portugués y la aplicación de las duras medidas de ajuste implementadas por el gobierno de Passos Coelho (así como la endeble recuperación económica), la formación socialista empieza a recuperar, a partir del mes de octubre de 2011, sus apoyos electorales a medida que la coalición gobernante inicia la senda contraria.
Este fenómeno, que por otra parte no es nada fuera de lo común desde un punto de vista convencional (el principal partido de la oposición debería ser el principal canalizador del descontento popular hacia las medidas del Ejecutivo), sí se revela como un hecho un tanto insólito en los países del sur de Europa.

En este sentido en la literatura distingue entre dos tipos de volatilidad electoral: la exógena y la endógena. La primera tendría que ver con el surgimiento de nuevos partidos que consiguen hacerse un hueco en el sistema de partidos establecido, mientras que la segunda se refiere a los trasvases de voto que se producen entre los partidos ya establecidos. Estas mismas fuentes explican que la volatilidad endógena abunda en mucha mayor medida en las democracias de Europa Occidental (frente a las democracias del este). Sin embargo, una de las consecuencias de la actual crisis económica es la aparente ruptura de este axioma.

Así, mientras que en los casos griego, italiano y español hemos presenciado una profunda transformación de sus respectivos sistemas de partidos tras la emergencia de nuevos actores a partir de las consecuencias de la crisis económica, en Portugal no parece atisbarse un cambio de estas dimensiones en absoluto.

¿Un sistema tradicionalmente más fragmentado que el resto?

Una posible explicación de la relativa estabilidad del sistema de partidos en Portugal tiene que ver con la capacidad de la oposición para canalizar la insatisfacción ante las medidas de austeridad. Como expresaba en su reciente libro Pepe Fernández-Albertos, el Partido Socialista portugués sí se muestra capaz de canalizar el descontento social hacia las políticas de austeridad implementadas por el gobierno de coalición conservador, manteniendo así estable el sistema de partidos.

Pero, ¿y si resultara que el sistema de partidos portugués ya presentase de por sí una fragmentación más acusada que la de su entorno y por esta razón no se constate una transformación tan acusada?

Si examinamos la historia electoral reciente de Portugal se observa una relativa estabilidad en su sistema de partidos. Como muestra la siguiente imagen, la competición política ha girado en torno al eje izquierda-derecha con el Partido Socialista y el Partido Social-Demócrata como los dos protagonistas más destacados.

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Sin embargo, no es menos cierto que frente a las tendencias más nítidamente bipartidistas de países como España o Grecia, Portugal presenta un sistema de partidos que siempre ha contado, al menos, con la presencia de dos formaciones más pequeñas en ambos lados del eje: el Partido Comunista (en sus distintas formulaciones) y el CDS-PP.

A pesar de ello, un rápido vistazo a los resultados electorales (en número de escaños) nos da muestra del claro dominio de los dos principales partidos, lo que parece desacreditar la idea de que el sistema es de por sí bastante fragmentado. Además, incluso aunque pudiéramos catalogar al sistema de partidos portugués como un sistema fragmentado, este hecho debería presentarse como una oportunidad y no una desventaja para los nuevos partidos, ya que las posibilidades de éxito son mayores en estos casos.

La responsabilidad de los resultados económicos

Como vemos, explicar de manera precisa la razón por la cual el Partido Socialista portugués ha conseguido, al contrario que sus homólogos, canalizar de forma mayoritaria el descontento contra las políticas aplicadas por el gobierno conservador rebasa, con mucho, los límites de un texto como este. Sin embargo, sí que se puede señalar alguna clave, como la que plantea el propio Fernández-Albertos en su libro, que puede ser empleada no sólo de manera retrospectiva sino también prospectiva. En este sentido, el autor explica: “¿Qué ocurre si tanto Gobierno como oposición son percibidos como corresponsables de los resultados negativos sufridos por la ciudadanía? (…) Cuando al descontento generalizado con los resultados económicos se une la quiebra de la competición política entre los partidos dominantes (…) una ventana de oportunidad se abre para que nuevos competidores ocupen la posición de “oposición” que ha quedado vacía”.

Encontramos aquí una posible explicación al porqué el sistema de partidos portugués no se ha visto alterado sustancialmente. Del texto se desprende la idea de que los tiempos políticos han jugado papel decisivo en el caso portugués.

Esta misma idea es la que retomaba Pablo Simón referenciando a Jana Morgan en “Podemos: La cuadratura del Círculo”, quien señala como uno de los factores clave para entender estas diferencias entre sistemas de partidos la “percepción de convergencia programática entre las grandes formaciones”.

En síntesis, al no ser el Partido Socialista el encargado de acometer los ajustes requeridos por el programa de rescate, habría conseguido sortear el castigo electoral que sí ha recaído sobre sus homólogos griego y español. Siguiendo esta explicación, si el Gobierno de Sócrates hubiese conseguido los apoyos necesarios para aprobar su plan de ajuste y finalizar la legislatura 2009-2013, el Partido Socialista sí se hubiese visto negativamente afectado por estas decisiones y es posible, que un partido anti-austeridad hubiese surgido con fuerza en la vida política lusa (frente al limitado impacto que tiene a día de hoy el recién nacido PDR).

Por otra parte, podemos añadir dos explicaciones complementarias. De un lado, algunos autores han señalado el factor del clientelismo político como un elemento diferencial entre los casos portugués y griego. Esta idea, que también está presente en Morgan, vendría a plantear que la ausencia de un clientelismo político en Portugal de las dimensiones que presentaba el caso griego, hace que no se haya producido un castigo tan acusado a los partidos tradicionales como en Grecia.

Además, siguiendo a Alexandre Afonso, la década precedente a la crisis económica en Portugal, que se había caracterizado por un crecimiento económico bajo y restricción del gasto público, habría hecho disminuir las expectativas del electorado y por tanto, no habría habido ocasión de que estas se viesen frustradas dando lugar a una ventana de oportunidad para nuevas formaciones políticas que se nutriesen de esta circunstancia.

Por último, otros trabajos plantean la idea de que el voto económico pudo ser más acusado en la Europa del Sur debido a la ausencia tradicional de gobiernos de coalición, lo que permite al electorado señalar de forma nítida a un responsable concreto por la situación económica. Siguiendo esta tesis, la presencia de un gobierno de coalición en la última legislatura portuguesa, habría limitado el efecto castigo del voto económico que sí está presente en los otros casos.

Conclusiones prospectivas

De lo expuesto hasta ahora resulta evidente que no se puede llegar a una causa unívoca para explicar la estabilidad del sistema de partidos portugués, aunque algunas de las hipótesis mencionadas aportan una explicación más que plausible, como es la percepción de que no existen grandes diferencias entre los principales partidos políticos.

Al mismo tiempo que nos explicaría lo que ha sucedido, esta idea nos puede suscitar otra reflexión sobre la inminente convocatoria electoral. En Portugal, al contrario que en la mayoría de democracias europeas (con la excepción alemana) y en la totalidad de las democracias del sur de Europa, se espera que el bipartidismo no decaiga sino que se mantenga estable (siempre en términos de escaños). Esta circunstancia se verá favorecida por el pacto electoral entre PSD y CDS-PP que ya tuvo lugar en las pasadas elecciones europeas (y, como hemos visto, en las elecciones de 1979 y 1980). A pesar de ello, no se espera que ningún partido o coalición alcance la mayoría absoluta, por lo que podría ser necesaria la conformación de una Gran Coalición entre las dos candidaturas más votadas (el denominado “Bloco Central” que tuvo lugar de 1983 a 1985).

Y es precisamente ante esta perspectiva cuando cabe preguntarse ¿Se mantendrá estable el sistema de partidos portugués en caso de que tenga lugar ese Gobierno de coalición? Seguramente la respuesta dependa de diversas cuestiones, la primera de todas relacionada con los resultados económicos y la permanencia o no de las políticas de austeridad. Precisamente, si estas últimas tienen visos de ser reconsideradas en el contexto europeo a tenor de la buena marcha de la economía, quizá sea más factible la posibilidad de un pacto entre los socialistas y otras fuerzas parlamentarias.

De lo que no cabe duda es de que visto así, las elecciones portuguesas incorporan un interés añadido que quizás nos acabe respondiendo a la pregunta de si el sistema de partidos luso se trata de un “eslabón perdido” en el contexto del Sur de Europa o si, en cambio, cederá a los avatares sociopolíticos que ha desencadenado la crisis económica en Europa.