Economía & Política

Ciudades en lugares erróneos

11 Dic, 2013 - - @egocrata

¿Están las grandes ciudades españolas en el lugar geográfico adecuado? ¿Es la situación central de Madrid un problema? ¿Estuvo Castilla condenada al atraso por vivir lejos del agua? Estas son viejas preguntas en la historia de España, y que a menudo acaban siendo respondidas o bien con teorías de corte orteguiano («la España invertebrada») o con contrafácticos imposibles de demostrar. ¿Qué hubiera sucedido si Felipe II hubiera trasladado la corte a Lisboa? ¿Y si el Archiduque Carlos, tras ganar la guerra de Sucesión, lo hubiera hecho a Barcelona? ¿Es la falta de ríos navegables un problema económico insalvable que retrasó nuestra industrialización?

La pregunta implícita detrás de todos estos interrogantes es de hecho bastante simple: el efecto de la geografía en el crecimiento de las ciudades. Sabemos que las ciudades son más productivas, más efectivas generando talento y mucho más eficientes generando riqueza que los pueblos pequeños; la concentración de población produce economías de red externas que llevan a más innovación, desarrollo, etcétera (post añejo del 2005, por cierto). Si tener ciudades en la costa, junto a ríos, bajo montañas o en medio de una llanura fértil favorece al crecimiento y riqueza de esos centros urbanos, sus efectos sobre la prosperidad de un país pueden ser considerables. El problema, como siempre que hablamos de estas cosas, es que es casi imposible saber qué hubiera sucedido si Felipe II se hubiera enamorado de Zaragoza en vez de una aldea en medio de la nada que tenía como única virtud tener acceso a agua fresca y estar cerca de sus cotos de caza.

Necesitamos, por lo tanto, un experimento natural – y Guy Michaels y Ferdinand Rauch, en un estupendo artículo recién publicado, creen haber encontrado uno decente en la historia de Europa.

La caída del Imperio Romano fue uno de los eventos más traumáticos de la antigüedad, pero sus efectos no fueron igual de radicales en todo el continente. En Galia, el final de la autoridad imperial provocó una cierta decadencia en las viejas ciudades romanas, pero los francos establecieron algo parecido a una autoridad central relativamente rápido. Aunque los núcleos urbanos perdieron población y vieron como muchas de sus infraestructuras desaparecían (empezando por la excelente red de carreteras de la época imperial), las ciudades  francesas acabaron estando más o menos en los mismos lugares donde Julio César las había plantado. El fin del imperio en Britania, sin embargo, fue infinitamente más traumático. Las legiones romanas abandonaron la isla unilateralmente el 410; en el caos posterior, entre invasiones, saqueos, violencia y muerte, la red de ciudades romanas básicamente desapareció. El resultado es que, con contadas excepciones, la red urbana inglesa es en gran medida un producto del desarrollo económico posterior.

Mirando el mapa, 16 de las 20 mayores ciudades francesas son descendientes de Roma; sólo tres de las 20 grandes ciudades inglesas comparten ese origen. Esto quiere decir que las grandes ciudades de Francia están situadas pensando en primero cómo mover legiones (los romanos fundaban ciudades siguiendo guarniciones militares), y segundo en acceso a transporte terrestre. Las vías romanas eran el sistema nervioso del imperio, y las ciudades crecían gracias a ellas, siguiendo los ingenieros romanos. Las ciudades británicas, sin embargo, renacen en un contexto donde el transporte por carretera es muy caro (los monarcas medievales nunca fueron grandes amigos de las infraestructuras) pero la tecnología de transporte marítimo y fluvial es mucho más efectiva que en la época romana. El resultado es un mapa urbano completamente distinto al dibujado por César y sus sucesores: Inglaterra es un país de puertos de mar y ciudades junto a ríos navegables, porque eso era lo que era óptimo en la baja edad media y edad moderna. Por azares históricos, Inglaterra entró en la era de los descubrimientos con un sistema de ciudades adaptado al transporte marítimo y fluvial con unos costes de transporte mucho menores que Francia. La revolución industrial que vino después no hizo más que acentuar esas ventajas.

La pregunta obvia, claro está, es por qué los franceses (o españoles – nuestra distribución urbana es de la época de Escipión) no cambiaron la ubicación de las ciudades. La respuesta es path dependence, una idea que os debería sonar familiar. Básicamente, una ciudad es en si misma una infraestructura «difícil de mover»; por mucho que los sabios del lugar insistan que es mejor mudarnos todos a Alicante por motivos económicos, una vez que existe una inversión física en edificios, palacios, iglesias y demás el coste de trasladarse puede ser mayor que los beneficios a corto o medio plazo. Los proto-franceses del siglo VI probablemente apreciaban el hecho que su ciudad no hubiera sido arrasada por las hordas pictas, los vikingos, los poldavos y ABBA; tampoco tenían la más remota idea que tener un montón de puertos de mar iba a ser valioso en 1805. Una ciudad, una vez construida, está ahí para quedarse, salvo catástrofe o invasión; una mala decisión geográfica (o una decisión obsoleta tecnológica o políticamente) puede tener efectos que acaban resonando durante siglos.

Volviendo al principio, entonces, ¿se equivocó Felipe II cuando colocó la capital de su imperio en Madrid? Sí, probablemente. A esas alturas la ventaja del acceso al mar ya era obvia, pero la corona acabó invirtiendo recursos durante siglos en un lugar que producía retornos más bien escasos. Castilla entró en la unión de coronas siendo la fuerza dominante, aún en un mundo pre-oceánico; los reyes decidieron gobernar desde la meseta, pensando en un Imperio terrestre europeo, y se quedaron atrás. Quizás, sólo quizás si la unión dinástica hubiera sucedido unas décadas antes la historia del país hubiera sido completamente distinta. Quizás el hipotético Felipe II hubiera acabado instalando su corte en Cádiz, Valencia o Barcelona, no Madrid. Quién sabe.