Economía

Un Montefiore venido a menos, pero un Montefiore

5 Jun, 2012 - - @octavio_medina

El historiador que acuñó el término «sueño americano» lo definía como una sociedad en que «las oportunidades que uno recibe dependan de nuestras habilidades y nuestros logros», no de la fortuna de nuestra familia. El que el hijo de un inmigrante sin recursos pueda llegar a ser CEO o juez de la corte suprema nos gusta. A pesar de que la evidencia de que disponemos apunta a que no es del todo así, la idea de la igualdad de oportunidades y la movilidad social siempre resuena con fuerza.

Una debilidad de los estudios que tenemos sobre movilidad social es que es reciente, y generalmente apenas incluye un par de generaciones para cada familia. El recolectar datos de forma masiva no es algo que siempre hayan hecho los gobiernos, por desgracia. Nos falta información para analizar patrones a medio y largo plazo. Una de las dificultades a la hora de seguir la pista a familias e individuos generación tras generación es que uno se encuentra con un océano de Garcías y Smiths que lo complican. ¿Cómo sabemos que este es el John Brown que buscamos?

Un par de investigadores se decidieron a buscarle solución a esto, y de una manera muy creativa: buscando apellidos raros. Clark y Cummins decidieron centrarse en Inglaterra y utilizar una muestra de nombres poco habituales, como pueden ser Bollingbrook, Trelawny, Montefiore o Tidders. Su muestra inicial de nombres extraños data de mediados del siglo XIX, cuando los ingleses comenzaron a recolectar datos de salarios e ingresos. Lo bueno es que la escasez de Montefiores residentes en Inglaterra permite a los autores encontrar a la siguiente generación con relativa facilidad. Y bingo, tras hacer esto década a década obtenemos una base de datos de familias que cubre prácticamente un siglo y medio. Aquí tenéis los resultados de su análisis sobre movilidad social y desigualdad:

 

Riqueza Media (ln)

Sus conclusiones son claras: tanto los ricos como los pobres sufren una regresión a la media, lo cual no es sorprendente. No parece descabellado suponer que la mayoría de ricos ingleses lo eran gracias a los efectos de la suerte: el haber obtenido el favor del rey o el pertenecer a la aristocracia, por ejemplo. Estos efectos aleatorios deberían reducirse con el tiempo. La educación obligatoria, la industrialización y el continuo progreso tecnológico probablemente facilitaron la convergencia. Las diferencias existentes en 1858 (primer año para el cual tenemos datos) se han reducido significativamente cuatro generaciones después. Los Montefiore más ricos están hoy día mucho más cerca de los pobres Tidders. Es curioso, además, que la velocidad de convergencia haya permanecido relativamente constante, dado que factores como la educación obligatoria y generalizada o la sanidad universal no empezaron a funcionar hasta el siglo XX.

A pesar del mensaje optimista, los investigadores también encuentran que esta reducción de desigualdades es más lenta de lo que sugieren los otros estudios. En una conclusión que haría las delicias de teoristas de la longue durée y path dependence, la familia en la que nacieron nuestros antepasados hace siglo y medio aún tiene efectos sobre nuestro nivel de vida hoy en día. Los efectos son aún más persistentes si se repite el análisis usando variables de nivel educativo. Clark y Cummins concluyen, sin ánimo de alimentar teorías conspiratorias, que las élites que estudiaban en Oxford y Cambridge en tiempos de las guerras napoleónicas se parecen más de lo que pensamos, al menos en términos de nombres extraños, a las que estudian allí a día de hoy.

En resumen, ¿ha mejorado la situación? Sí, sin duda. No obstante, queda mucho para que se complete la regresión a la media. De hecho, si se mantiene la velocidad de convergencia, un Montefiore seguirá siendo un Montefiore durante los próximos tres siglos. Venido a menos, eso sí.