Hispania.

La eterna estupidez del unionismo español

8 Ene, 2013 - - @egocrata

Leyendo la larga y crónicamente falta de puntos y aparte entrevista a Xavier Sala-i-Martin en Jot Down una pregunta me ha dado bastante que pensar. El entrevistador, con toda la buena voluntad del mundo, le pide que ejerza de abogado del diablo contra la independencia, dando los mejores argumentos posibles para el unionismo. Sala-i-Martin, que no es tonto, decide ignorar la pregunta, hablando sobre democracia y voluntad popular. Que alguien a favor de la secesión no quiera dar argumentos en contra es comprensible. Lo que me ha hecho pensar, sin embargo, es el hecho que no hay nadie ahí fuera dando argumentos a favor del unionismo.

En España hay muchos unionistas, por supuesto. La mitad de la prensa de Madrid, en un día bueno, vive obsesionada de la infinita maldad de los nacionalistas catalanes y todas sus oscuras conspiraciones para adoctrinar a los niños y destruir esta gran Nación. Lo que hacen esta gente, sin embargo, no es realmente defender la unidad de España o nada remotamente parecido; en el mejor de los casos se pasan la vida adorando la Constitución como texto sagrado, en el peor intentan decir burradas patrióticas básicamente dirigidas a trollear todo lo que suene vagamente regionalista. Decir que uno quiere “españolizar” Cataluña no es defender la conveniencia de mantener el país unido, sino andar por el mundo metiendo el dedo en el ojo al vecino sin tomarse el problema en serio.

Ese es el principal problema: los unionistas nunca parecen tomarse el problema en serio. La élite española (tanto gobernantes como medios) nunca han creído que el nacionalismo catalán sea realmente un problema. Su actitud ante las reclamaciones de la periferia es que estas son o bien una pataleta sentimental basada en un excesivo aprecio al terruño o la tradicional reivindicación caciquil de pedir más dinero disfrazada de forma creativa. La respuesta desde el centro a las protestas catalanas siempre se han movido entre el forofismo sarcástico como si fuera una extensión de la rivalidad Barça- Madrid o montar otra subasta de patronazgo autonómico, dando más dinero a quien más llora.

La cuestión es, el “problema catalán” no es ninguna de las dos cosas. Es un problema real, basado en hechos si no objetivos que al menos merecen ser discutidos, considerados y analizados en cierto detalle. Que el sistema de financiación autonómica es un galimatías absolutamente incomprensible es algo difícil de discutir; que el sistema de atribución de competencias es un cúmulo de apaños ad hoc sin ningún orden ni concierto es también evidente. Cualquier gobernante español con dos dedos de frente debería saber que las quejas y reclamaciones de los políticos regionales en estos temas está más que justificada; sean los agravios y expolios reales o imaginados (y no lo son), el sistema no funciona, y necesita una revisión en profundidad.

Querer una reforma en profundidad del sistema autonómico no tiene nada de desleal. Es más, si el PP tuviera dos dedos de frente se tomaría esta reforma como una oportunidad, no como un concesión. Uno puede mejorar muchísimo el sistema institucional español haciendo lo que piden los nacionalistas e implementando de una vez el principio de quien gasta recauda en nuestro sistema autonómico.  La reacción, sin embargo, ha sido la contraria. Y cuando a los políticos de una de las regiones más maltratadas se le trata como un marciano de forma repetida, lo raro sería que no enviara a los unionistas a la mierda.

El tema cultural, identitario o como quieran llamarlo parecerá un capricho regionalista, pero tiene bien poco de eso. No soy nacionalista, pero si hay algo que me irrita de sobremanera incluso a mí es que alguien se meta con mi idioma. La lengua materna de muchos habitantes de Cataluña es el catalán. Es un idioma pequeño, minúsculo; es la clase de lengua que uno podía encontrar en rincones perdidos de Europa hace 100 años y que ha acabado desapareciendo por desuso, como el occitano o el bretón. Cataluña tendrá sus costumbres extrañas y el baile nacional más aburrido del mundo (mi mujer es incapaz de entender por qué llamamos “baile” a la sardana), pero los que somos de allí estamos muy a gusto siendo así de raros. Cualquiera que haya vivido en Barcelona una temporada sabe que el “conflicto lingüístico” es prácticamente inexistente, por no decir una ficción. Cuando políticos en Madrid deciden que esto de hablar idiomas es de aldeanos, lo que están haciendo no es defender los derechos de una minoría oprimida de 450 millones de hispano hablantes. Básicamente están diciendo que el idioma que hablamos en casa no merece consideración.

No estoy diciendo que los políticos de Madrid, con Rajoy a la cabeza, vengan de rodillas a Barcelona y le den la razón a Artur Mas aceptando todo lo que pide. Estoy hablando de algo más básico, mucho más sencillo, que es tomarse los problemas en serio. Puede que el nacionalismo catalán tenga un componente cínico en ocasiones, pero uno no soluciona problemas cuestionando los motivos de sus interlocutores. La mejor manera de solucionar la deriva independentista de Cataluña no es negando la mayor y llamando a todo el mundo que ha votado “mal” imbéciles. Es arreglando los problemas existentes.

La cosa no se queda aquí, por supuesto. Si los unionistas, tanto en Madrid como en Barcelona (que los hay, aunque intenten esconderse) creen que Cataluña permanezca en España es la mejor alternativa, deben explicar por qué. Con un 26%de paro es difícil dar argumentos decentes, ciertamente (otro gran éxito de las élites gobernantes españolas), pero aún no he escuchado a nadie dar un miserable motivo, aunque sea señalando la tremenda incertidumbre y riesgos de una secesión. Aunque fuera decir quese vetaría la entrada a la Unión Europea. Si desde el centro no se quieren dar soluciones ni explicar por qué vale la pena quedarse, respondiendo toda queja de forma airada, Cataluña seguirá camino de la secesión.

Cataluña esta vez va en serio. Madrid se ha tomado todo el proceso como una broma populista. Esta vez no lo es. Hora de tomarse esto de gobernar en serio de una puñetera vez.

Nota: soy catalán, de padres catalanes, y vivo en Estados Unidos (Connecticut). Mi mujer es americana. Como en todos los artículos sobre catalanes, nacionalismo y secesión, voy a ser especialmente implacable en los comentarios. La primera tontería será borrada; la segunda implicará cerrar el hilo. Avisados estáis.