Hispania.

La triste realidad política catalana

12 Sep, 2012 - - @egocrata

La manifestación de ayer fue un éxito impresionante para el movimiento independentista catalán, y un auténtico punto de inflexión en el debate político en el principado. Me temo, sin embargo, que también es uno de los mayores brindis al sol de la historia política española.

Vayamos por partes. Primero, vale la pena recordar que el gobierno español está en manos del Partido Popular, con mayoría absoluta en las Cortes. Segundo, el PP tiene por primera vez en su historia una formación política compitiendo con ellos en esto de a ver quienes son más españolazos, UPyD. Tercero, Mariano Rajoy, un tipo que nunca ha visto un problema horripilante que no valga la pena aplazar, es Presidente del Gobierno. Cuarto, la economía española en particular y la europea en general va camino de implosionar espectacularmente, con la situación fiscal de las autonomías como uno de los potenciales detonantes del hundimiento. Estos cuatro factores creo que bastan para poder decir que es poco probable que veamos nada parecido a una negociación mínimamente racional en nada que tenga que ver con el autogobierno. Los catalanes pueden protestar todo lo que quieran, y tener toda la razón del mundo haciéndolo, que nadie les va a hacer puñetero caso. La situación política no da para más.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no sea un problema urgente. El sistema de financiación autonómica, no me canso de repetirlo, es un galimatías incomprensible que debe ser reformado de arriba a abajo, cuanto antes mejor. Es completamente incomprensible que una de las comunidades autónomas con mayor base fiscal esté ahogada en un mar de deudas tal que tenga que pedir un rescate. Por un lado, es profundamente idiota que nadie realmente tenga demasiada idea sobre cuánto dinero van a recibir del estado (recordad: las liquidaciones de presupuestos se hacen con dos años de retraso), por otro es completamente incomprensible que un gobierno regional no tenga apenas capacidad de maniobra para subir sus impuestos. Es cierto que durante mucho tiempo la clase política catalana (especialmente el tripartit, pre-crisis) ha estado gastando dinero a patadas bajo la quimérica idea que el nuevo estatuto les traería más recursos y mayor capacidad recaudatoria, pero eso no quiere decir que el modelo actual es completamente inmanejable.

En un planeta normal con líderes políticos racionales en Moncloa el gobierno aprovecharía la horrenda situación fiscal de todas las autonomías (Extremadura, por mucho que farde, vive sin restricción presupuestaria) para sentar a todo el mundo en una mesa y reformar el sistema de arriba a abajo bajo criterios de federalismo fiscal claros y probados. El estado garantiza un mínimo de servicios en todo el país, pensiones, desempleo, seguro de depósitos, defensa, exteriores, obras públicas nacionales y cuatro cosas más, y recauda en consecuencia. Las autonomías reciben una cantidad fija por habitante (con algún ajuste menor por insularidad y envejecimiento de la población, pero poco más), y si quieren algo más, se lo pagan ellas como quieran. La redistribución entre regiones se hace por pura composición de la población (las comunidades más pobres tienen más parados, las más viejas más pensionistas),  todo el mundo sabe de antemano dónde va el dinero y quien quiere gastar más se paga él solito las gracias. En España tenemos a Mariano Rajoy, así que no veremos ningún cambio.

El resultado será, por desgracia, tan ineficiente como estúpido. Por un lado tendremos a una opinión pública catalana cada vez más cabreada y sin visos que nadie les haga el más mínimo caso. Los líderes políticos regionales pueden hacer tantos discursos solemnes como quieran y pedir tantos pactos fiscales como les apetezca; Mariano Rajoy ni tiene ganas de hacer nada ni tiene incentivos racionales para meterse en esos berenjenales. Una secesión unilateral, por supuesto, es completamente estúpida; Cataluña recibe cantidades ingentes de gasto público desde el gobierno central (pensiones, desempleo, rescates bancarios, salarios públicos, infraestructura, ayuda fiscal directa, etcétera) y no tiene acceso al mercado de la deuda (por algo la están rescatando), así que la crisis fiscal post-independencia haría que Grecia pareciera un picnic. Los catalanes tienen por delante años de protestas completamente fútiles, no importa la estrategia de negociación que sigan.

La situación del gobierno en Madrid será aún más absurda. El PP no cree poder permitirse un pacto autonómico; tienen demasiados frentes abiertos y competencia electoral relevante. Por supuesto a nadie parece habérsele ocurrido que la mejor forma de evitar que un problema político te haga daño en las urnas es solucionándolo, pero estamos hablando de Mariano Rajoy. Lo singularmente estúpido de todo el asunto es que la crisis fiscal en la que andan metidas las autonomías va a seguir dañando la confianza de los inversores en la solvencia del país, en gran parte porque nadie tiene ni puñetera idea sobre cuánto dinero deben realmente, así que el galimatías autonómico le pondrá las cosas aún más difíciles. Y por descontado, los inversores ahí fuera estarán llenísimos de confianza cuando vean que una región del país está muerta de ganas de largarse.  Y por descontado, como más aplacemos el problema peor estará el sistema, con la opinión pública catalana cada vez más hostil a un acuerdo decente.

Quedan por discutir dos cosas. Primero, sobre si las demandas catalanas son o no razonables. La verdad, no me importa demasiado; el tema central es que el sistema de financiación autonómica es un desastre y tenemos que reformarlo. Es probable que Cataluña reciba más dinero que ahora en un sistema más justo, pero no inevitable; las balanzas fiscales en otros estados federales son bastante comparables al caso español. El déficit fiscal de Connecticut es, casualmente, el mismo 9% del PIB del que se quejan los nacionalista catalanes.  Segundo, qué hacemos si arreglamos el sistema, hacemos de España un estado completamente federal  y los catalanes siguen queriendo largarse. Como comentaba en el artículo anterior, no veo por qué eso debería ser un problema, siempre que se haga con las garantías suficientes.

Aviso para navegantes: soy catalán, de padres catalanes, y el catalán es mi lengua materna. No soy nacionalista. Vivo en Estados Unidos, un país que no tiene idioma oficial – algo que me hace inmensamente feliz. Sé que esta clase de artículos es de los que atraen lo mejor de cada casa en los comentarios, así que la moderación va a ser furibunda y despiadada al menor conato de trolleo o algo que me suene remotamente ofensivo. Si el debate se sale de madre lo más mínimo, cerraré los comentarios. De nada.