Economía

¿De quién es la culpa de todo este desastre?

11 Oct, 2012 - - @jorgegalindo

No cabe duda de que llevamos cinco años metido en un lío descomunal. Las consecuencias de la crisis son tan graves y tan patentes para la población que es normal que muchos se pregunten por qué hemos llegado hasta aquí y busquen culpables. Esta pregunta es, además, relevante desde un punto de vista de política pública: ¿es necesario cambiar algo en la actual estructura de incentivos de los distintos agentes para minimizar la probabilidad de que esto vuelva a suceder? ¿Hace falta dejar que quien se equivocó pague las consecuencias para evitar futuros problemas de riesgo moral?

La respuesta a ambas preguntas es «sí». Lo primero que hemos de tener claro es que es difícil encontrar culpables en un equilibrio. Porque la burbuja fue en esencia eso: un equilibrio entre compradores que «invertían» en vivienda/trabajadores que no tenían incentivos para formarse más dados los salarios disponibles en sectores de baja cualificación, inversores que demandaban ese trabajo para ofrecer esas viviendas, y crédito fácil proveniente de fuera del país, así como generado internamente, que financiaba tanto a unos como a otros. En un contrato en el que nadie está poniendo una pistola en la cabeza de la otra persona lo único que cabe concluir es que la responsabilidad está repartida. Un equilibrio de mercado, aún uno perverso o peligroso, es un contrato, en el sentido de que constituye un acuerdo establecido entre las partes que se encuentran en el precio de equilibrio.

Una burbuja y su posterior explosión pueden (y deben) ser considerados, sin embargo, como un fallo de mercado, un contrato que es potencialmente nocivo para ambas partes. Esta es la principal razón, o una de las principales razones, por las cuales tenemos un árbitro que se encarga de que estas cosas no sucedan: el Estado, el regulador. Sin embargo, en este caso el árbitro no solo no previno nada sino que además tuvo una actitud que animó a las partes contratantes en al menos dos niveles. A nivel nacional, nada se hizo por ‘pinchar’ la burbuja porque ningún Gobierno, independientemente de su color, está dispuesto a arriesgarse a generar paro a corto plazo aunque esto suponga evitar más desempleo a largo. A nivel europeo, citando a Cives:

la zona euro funciona de tal forma que los tipos de interés reales funcionan de forma procíclica, ya que el tipo de interés nominal es único, pero las tasas de inflación son distintas. De esta forma, los países con más inflación tienen menores tipos de interés reales; exactamente lo contrario de lo que recomienda una buena regla de política económica.

Los instrumentos para contrarrestar esto estaban ausentes (y lo siguen estando) para la zona Euro en su conjunto: política fiscal y regulación financiera.

Ahora nos encontramos en una situación en la cual los ciudadanos están, sin duda alguna, pagando la cuenta del crédito fácil en forma de desempleo y recortes que, dejando de lado la discusión de dónde y cómo, son inevitables salvo que estemos dispuestos a asumir las consecuencias de no pagar nuestra deuda. El regulador también: los Gobiernos europeos caen como moscas cada vez que llegan unas elecciones nacionales, y algunos sistemas de partidos están sufriendo sobremanera (Grecia, Italia, ¡el PSC!). Las constructoras e inmobiliarias han ido quebrando ininterrumpidamente desde que Llanera declaró suspensión de pagos en septiembre de 2007. ¿Y los bancos, facilitadores del crédito fácil? El problema es que el sector financiero tiene un rol tan especial en el proceso económico que no se les puede dejar quebrar de cualquier manera. Lo mejor sería salvar a los depositantes y castigar a los accionistas y responsables que favorecieron este círculo vicioso, en primer lugar. Eso puede querer decir liquidar algunas entidades que simplemente pueden no ser funcionales, pero es necesario salvar los activos fundamentales, y eso será una cuenta para el contribuyente sí o sí.

Para evitar que esto vuelva a suceder, de nuevo la respuesta está en manos del regulador. Si todo el marco institucional europeo siguiese como hasta antes de la crisis, todos los actores (trabajadores/consumidores, inversores, financieros) tendrían de nuevo los incentivos para volver a encontrar un equilibrio de tipo ‘burbuja’, y el Gobierno para ignorarlo. Afortunadamente, Europa está avanzando en una unión bancaria que no quiere decir otra cosa que mejorar la regulación y el control sobre lo que la parte más potente del equilibrio nocivo, quienes lo financiaron, no vuelvan a hacerlo. Es capital que tenga un carácter supranacional porque al fin y al cabo buena parte del problema fue que los bancos de las regiones fuertes movieron crédito e inversión hacia Irlanda y el sur, y no podemos esperar que diecisiete reguladores con incentivos distintos dependiendo de sus votantes hagan lo necesario por controlar a sus entidades bancarias cuando las consecuencias van más allá de las fronteras en las que han de ser elegidos. Por eso, si no conseguimos paralelamente una unión de tipo federal que corrija el desequilibrio que hay hoy en día entre política monetaria y política fiscal, el regulador bancario europeo no será suficiente, y nuevos incentivos perversos surgirán.

El por qué esto es difícil, desgraciadamente, ya lo conocemos.