Partidos políticos

La supervivencia de los nuevos partidos

1 Feb, 2017 - y - @kanciller, @RamosMa_,

Si hoy día sigue existiendo el Comité para la Descolonización de las Naciones Unidas –y en teoría no queda (casi) nada que descolonizar– es fácil comprender que cualquier organización buscará resistir hasta sus últimas consecuencias. Los partidos políticos no son menos. Y es que ya lo decía el sociólogo Robert Michels hace más de un siglo: los partidos políticos, como toda organización, tienen la supervivencia como su primera razón de ser.

Ahora bien, que un partido perdure en el tiempo depende de que se institucionalice. Un vaporoso concepto este de la institucionalización de los partidos, que lejos de hablar de acomodarse a la lógica de las instituciones, se presenta como un fenómeno con dos caras. Por un lado, institucionalizarse consiste en construir identidad partidista de modo que los votantes le den valor intrínseco a votar a ese partido (al margen del candidato que presente). Es lo que podríamos llamar generar “raíces” con la sociedad, que en los estudios clásicos se suele medir mediante el grado de identificación partidista.

Por el otro lado, la institucionalización también consiste en que los partidos tengan estructura y organización con procedimientos para elegir sus cargos orgánicos y listas, gestionar las promociones internas y resolver sus posibles conflictos. Es decir, una estructura perdurable que no se escinda o descomponga periódicamente. A nivel de sistema normalmente se mide con la volatilidad electoral: si muchos votos cambian de manos rápidamente, si continuamente aparecen y desaparecen partidos, es que estamos ante un sistema poco institucionalizado.

Evidentemente las dos caras son complementarias e importantes. Tanto construir lealtades como asentar estructuras es fundamental para que un partido sobreviva. Si no es capaz de conseguir estos dos objetivos corre el riesgo de sucumbir cuando haya un ciclo electoral adverso o acabar relevando a su líder fundador. Y ese objetivo requiere tiempo. De ahí que los partidos suelan morir más frecuentemente si son jóvenes o la democracia no está asentada. Basta con revisar el rumbo de la UCD o el CDS para hacerse una idea de estas dinámicas en nuestro entorno cercano. Si al final de la crisis, y aunque sea con dificultades, aún subsiste IU pero no UPyD es precisamente porque estas variables entran en juego.

 

Reto 1: Construir lealtades e identificación partidista

El primer reto necesariamente interpela a los nuevos partidos. Basta con mirar los niveles de identificación partidista para asumir que incluso tras la repetición electoral han ido haciendo los deberes. En comparación con Ciudadanos, Podemos tiene algunas ventajas de entrada. Ha generado -en parte gracias a los ataques externos, en parte gracias a las corrientes de fondo que lo empujan-, una creciente identidad de partido. De hecho ha mantenido una identidad de partido alta tanto en las generales de 2015 como en las de 2016: entre quienes les votaron y se sienten cercanos a algún partido, en torno al 91% afirman sentirse cercanos Podemos. Además la intensidad de la identidad partidista en Podemos es bastante alta:  de sus votantes con identidad partidista el 73,4% se siente muy o bastante cercano/a, una cifra algo mayor que en el resto de partidos.

Las noticias no son tan buenas para Ciudadanos. Como se ve, su núcleo de votantes incondicionales es más pequeño: apenas el 80% de quienes les votaron y sienten cercanía a algún partido consideran que Ciudadanos es el partido con el que se identifican. De ellos apenas la mitad (el 51,5% exactamente) se siente muy o bastante próximo. Esto obviamente lo convierte en un partido más vulnerable. Por las razones que sean, no han conseguido generar la misma identificación partidista que su rival en la izquierda. Esta menor identidad partidista, unida al hecho de que es el más penalizado por el sistema electoral, convierten a Ciudadanos en un partido más expuesto a sufrir las consecuencias del voto estratégico y a caer por debajo del umbral de votos crítico que supondría que una pequeña pérdida de votos suponga una pérdida de escaños mucho mayor.

Construir identidad partidista entre los votantes es algo que lleva tiempo. Los partidos ganan presencia pública, desarrollan “redes” con otras organizaciones, y el propio hábito de votarles hace que los electores se sientan más identificado con ellos. Y esto tiene ventajas obvias. Cuando los electorados se consolidan y el sistema de partidos cristaliza se reduce la porosidad entre los partidos, hay menos miedo a pactar con otros partidos cercanos en el espectro ideológico porque sabes que los tuyos se quedarán. Como sabemos, esa porosidad, esa potencial volatilidad electoral, tuvo mucho que ver con la repetición de las elecciones en junio.

 

Reto 2: Construir y asentar estructuras organizativas

Para la supervivencia de un partido no sólo es importante la lealtad de sus votantes. Los nuevos partidos también se deben fijar en la otra cara de la moneda: construir organización. Este hecho es en realidad crucial porque sirve para el reclutamiento de cuadros, desarrollar estrategias electorales y, por descontado, para canalizar el conflicto dentro de los partidos. Tanto Podemos como Ciudadanos han crecido muy rápido en un contexto electoral acelerado, así que este reto no es menor.

Podemos tiene, simplificando mucho, tres líneas esenciales de fractura. Primero, que Unidos Podemos es una coalición pre-electoral que incluye a 11 partidos, entre ellos IU, cuyos votantes tienen una fidelidad e identidad partidista muy fuerte que en ocasiones puede entrar en conflicto con la fidelidad a Podemos. Obviamente, una primera cuestión clave es cómo se le da forma a toda esa amalgama y la relación amor-odio con este partido entre diferentes sectores.

Segundo, la estructura de Podemos fue diseñada para gestionar un partido de matriz centralizada, pero tras las elecciones catalanas cerró una serie de acuerdos de confluencias con otros partidos de ámbito territorial como Compromís o Iniciativa per Cataluña. Esto lógicamente genera tensiones, porque España es un estado compuesto y no siempre se pueda regular bien la relación de Podemos con partidos más veteranos de ámbito no estatal. Por ejemplo, Compromís está en el gobierno de la Comunitat de Valencia o la plataforma de Ada Colau en el de Barcelona. Su arena de referencia no es la estatal y eso hace que no siempre los intereses de Podemos estén alineados con ellos.

Finalmente, el propio modelo de partido en disputa internamente. Unos revindicando más ser una organización con un pie en las instituciones y otro en la calle, con una estrategia abiertamente combativa con los otros partidos, más operativa y menos descentralizada. Del otro, un partido en el que haya más contrapoderes internos, una estrategia más cooperativa en las instituciones y una estructura más descentralizada. Cada fórmula con sus matices, pero con decisiones internas que se proyectan hacia afuera. En todo caso, si no son capaces de dar forma en VistaAlegre II a una estructura prevista para durar y dejar espacio a diferentes sensibilidades, seguirá dividido y en conflicto. Y esto puede jugar en su contra.

En el caso de Ciudadanos el proceso interno está operando con mayor sordina. A diferencia de lo que hizo su hermano difunto UPyD, Ciudadanos partía con una base fuerte en Cataluña que luego expandió a competir en todos los escenarios electorales, si bien con fortunas muy dispares según el territorio y el municipio. Su rápido crecimiento, a diferencia de Podemos, siguió una pauta mixta captando a “notables locales”. Es decir, que aunque en muchos sitios generó estructura nueva, lo normal fue captar a líderes y cuadros que provenían de diferentes partidos: UPyD en Asturias, ex miembros del PAR en Aragón, gente desafecta del PP en Valencia o del PSOE en Andalucía. Por lo tanto, una amalgama compleja de gente con diferentes trayectorias e incluso planteamientos ideológicos, pero rara vez con trayectorias tan nuevas en política como la de sus afiliados de base.

Este rápido crecimiento captando a líderes vinculados con los intereses locales también tiene implicaciones. Las tiene porque supone una gran disparidad de perfiles e, incluso, posicionamientos. Las tiene porque genera una continua tensión entre el centro y liderazgos regionales que, igual que se movieron una vez, pueden hacerlo dos. Las tiene porque requiere que su partido les vaya dotando de estructura y cohesione a su menguada militancia. Por lo tanto, mientras que el contexto sea favorable no deberían emerger demasiados problemas pero, fuera de Cataluña, Ciudadanos tiene el problema de ser una plataforma en torno a Albert Rivera. Justamente lo contrario a lo que supone estar institucionalizado: es decir, que corren el riesgo de que sus votantes y cuadros se identifiquen en torno a un entrenador y no a los colores de un equipo.

En definitiva, los dos nuevos partidos tienen por delante el reto de consolidarse, algo para lo que esta legislatura será fundamental. Podemos tiene sobre Ciudadanos la ventaja de su mayor identificación partidista y de venir apoyado en corrientes de fondo (territorial o generacional) que difícilmente se agotarán en el medio plazo. Ahora bien, aunque con elementos diferentes, ambos tienen por delante el reto de construir una organización eficaz tanto en el reclutamiento como canalizando la disensión. Que el multipartidismo haya llegado para quedarse depende, más que nunca, de ellos mismos.