Economía

Suegras, mujeres trabajadoras y nuevos hombres (i)

28 Abr, 2015 - - @politikon_es

La incorporación de la mujer al mundo del trabajo es probablemente uno de los grandes logros del progreso del siglo XX en Occidente. El cambio que se produce en las última parte del siglo XX no es solo cuantitativo sino que, como señala Claudia Goldin, es auténticamente revolucionario: aunque la participación en el mercado laboral crece durante todo el siglo, las mujeres que trabajan en la última parte, no solo lo hacen en mayor medida, sino que la naturaleza de su actividad es distinta: pasan cada vez más a tener profesiones de largo recorrido, que forman parte de su identidad y adoptando posiciones cada vez más simétricas respecto de sus maridos en la familia, en lugar de trabajos que sirvan únicamente como complemento subsidiario a la renta familiar. Aunque no se trate de un fenómeno simple ni homogéneo entre países, entender cuáles son los motores que han empujado este fenómeno parece fundamental. La investigación ha puesto el acento sobre como los cambios en la tecnología han impulsado este cambio: Se ha destacado el aumento de la demanda de trabajo femenina debido desarrollo del sector servicios o la importancia creciente del capital humano en la economía; el papel de los anticonceptivos permitiendo una mejor planificación de la carrera profesional de las mujeres o la importancia de los electrodomésticos liberando la mano de obra femenina.

Debido a este énfasis en los factores materiales, a los herederos de David Ricardo se les ha reprochado en alguna ocasión la falta de atención a otros enfoques de la longue durée y en particular los que ponen un mayor énfasis en la cultura, la influencia de las ideas y el papel de los hombres y mujeres como protagonistas de la historia. En el post de hoy hablaremos de un trabajo de Fernández, Fogli y Olivetti (QJE 2004) que integra la interacción de la evolución de las mentalidades con los cambios en la economía. La hipótesis que exploran las autoras es la de la emergencia de un nuevo tipo dehombre, uno que creció en hogares dónde la mujer trabajaba. Las mujeres que se casaron con este tipo de hombre, encontraron un ambiente familiar que facilitó su incorporación al mercado de trabajo. En este primer post describiremos el modelo teórico, mientras que en el segundo repasaremos la evidencia empírica que aporta el artículo y esbozaremos algunas conclusiones.

El mecanismo

La idea central es sencilla. Las autoras asumen que los hombres que crecen en hogares con madres trabajadoras son distintos, bien en lo que se refiere a su productividad doméstica (su capacidad para llevar a cabo tareas del hogar), bien en cuanto su mayor preferencia por formar una familia con mujeres modernas que desarrollen su propia carrera profesional y contribuyan al hogar con un salario. A resultas de la presencia de estos hombres en el mercado matrimonial, las mujeres que emergen son también distintas, más unidas a su carrera profesional y con mayor formación.

Para definir esta idea, las autoras plantean un modelo en dos periodos, “la infancia” y “la madurez”. En la madurez, hombres y mujeres se encuentran en el mercado matrimonial, se emparejan (o no) y (los que lo hacen) toman conjuntamente decisiones sobre reparto del trabajo doméstico y laboral. En “la infancia”, las mujeres deciden cuanto invierten en el desarrollo de sus habilidades, que afectan a su productividad doméstica y a sus salarios en el segundo periodo. La clave del modelo está en que las decisiones de ambos periodos son interdependientes y, por tanto, un cambio en los hombres que pueblan el mercado matrimonial en la madurez puede afectar a las decisiones de invertir en habilidades profesionales de las mujeres en la infancia. Si las mujeres deciden invertir en habilidades profesionales, entonces los salarios que podrían ganar trabajando serán mayores y el coste de oportunidad de dedicarse a la economía doméstica también. Tenemos todos los hechos que documentaba Claudia Goldin: el cambio cuantitativo en el aumento de la participación, el cambio cualitativo en el tipo de carreras profesionales que desarrollan las mujeres.

¿Cuál es el mecanismo por el que los incentivos de las mujeres para educarse cambian? Las autores, como adelantábamos, exploran dos hipótesis que son complementarias y producen el mismo efecto: el canal de las preferencias y el de la productividad doméstica. El de la productividad doméstica es simple de comprender: si los nuevos hombres son capaces de contribuir en mayor medida a las tareas del hogar, entonces, del mismo modo que los electrodomésticos, pueden liberar tiempo de las mujeres que pueden dedicarse en mayor medida al mercado de trabajo. Alternativamente, si los hombres prefieren casarse con mujeres modernas que desarrollen una carrera profesional y ganen un salario más alto, en lugar de con un ama de casa, los incentivos para formarse y convertirse en ese tipo de mujer son mayores.

La intuición

El modelo puede parecer una simplificación excesiva, especialmente cuando hablamos de procesos sociales complejos como el reparto del trabajo doméstica o el cambio de mentalidades que son reducidos a decisiones racionales. A continuación buscaremos mostrar que, a cambio de hacer el mecanismo formalmente tratable, el modelo puede reinterpretarse como dinámicas psicosociales más ricas y verosímiles.

Parece legítimo cuestionar la premisa de la emergencia de estos nuevos hombres. ¿Por qué tendrían una mayor productividad doméstica? En realidad, es verosímil pensar que no se trate tanto de un problema de productividad, de capacidad para hacer cosas -al fin y al cabo, manipular una aspiradora o cocinar no son tareas tan complicadas- como de un problema de hábitos, de interiorización de una norma social (la percepción de lo que es “normal”): cuando las madres no ha podido dedicarse plenamente a las tareas de la casa, los hijos han aprendido a colaborar en la dinámica del hogar. El hecho de haber sido expuesto a un modelo de familia distinto, con un reparto de las tareas del hogar más igualitario, podría tener un efecto similar.

El desarrollo de una preferencia por una esposa trabajadora como resultado de tener una madre que también lo era puede seguir dinámicas análogas. Las autoras citan de modo anécdotico la idea freudiana de “casarse con su madre” . De forma probablemente más verosímil, la exposición a un modelo de familia con una distribución de los roles de género más simétrica, la educación inculcada por los padres o la interiorización de normas menos tradicionales a través de la observación del funcionamiento de la familia, podrían alterar las expectativas de lo que se espera de la familia. Igualmente, el “efecto demostración” de tener una madre trabajadora (o un padre más involucrado en la dinámica del hogar) probablemente se lleva mal con el mantenimiento creencias sexistas sobre las capacidades relativas de la mujer para trabajar (o de los hombres para colaborar en casa).

La parte aparentemente más discutible es el mecanismo según el cuál lasmujeres anticipan las condiciones en el segundo periodo y, ya desde su infancia, deciden tomar decisiones (racionales) de inversión en capital humano. Plantear el modelo en dos periodos es obviamente poco realista, pero es una simplificación que permite incorporar como el cambio en el mercado matrimonial afecta al cambio social, cambiando las expectativas vitales y los modelos de éxito de las mujeres y como éstas de adaptan a este cambio. Por otro lado, si bien parece tener poco sentido que las mujeres tomen decisiones de inversión desde niñas, tiene mucho más sentido pensar que lo hacen sus padres. Concretamente, los padres, observando el air du temps y anticipando el futuro, intentarán inculcarles comportamientos, preferencias, estilos de acción que les permitan tener éxito en la vida, es decir, tener una carrera profesional y/o formar una familia.

Más en general, parece verosímil que los padres eduquen/socialicen/laven el cerebro a sus hijos e hijas para que a) lleven un estilo de vida similar similar al suyo y b) tengan éxito en la vida, esto es, tanto en el mercado matrimonial como en el de trabajo dadas las condiciones en cada uno de ellos. Y, haciendo sólo un pequeño esfuerzo de acercamiento más hacia el modo de pensar de los sociólogos, parece posible reinterpretar la inversión en habilidades de las mujeres del modelo como un desarrollo de preferencias por un estilo de vida distinto en respuesta a un entorno concreto.