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El machismo político se cura… ¡teniendo hijas!

24 Feb, 2015 - - @politikon_es

¿Cómo llegan los hombres a sensibilizarse respecto a los problemas de género? ¿Es posible que su entorno social los haga más receptivos al feminismo? En este artículo revisaremos una literatura académica que ha encontrado que esto, en efecto, es así y, en particular, tener hijas afecta al comportamiento y opiniones políticas de los hombres.

Para las mujeres, el mecanismo de concienciación respecto a la importancia de la igualdad de género (usaré “feminista” como adjetivo para referirme a esta condición a partir de ahora) es obvio. La experiencia de ser discriminadas o estereotipadas socialmente y la contradicción de esta realidad con el principio proclamado de igualdad o simplemente el propio auto-interés es suficiente para crear esa sensibilidad. Sin embargo, éste no es el caso de los hombres: éstos no tienen ningún interés egoísta en el feminismo ni exposición a los problemas de género.

Parece sensato pensar que, a falta de experiencia o interés personal, nuestro entorno social puede afectar a como percibimos o como nos enfrentamos a ciertos problemas. El grupo de familiares, compañeros de trabajo y amigos con el que interactuamos a diario nos afecta regulando la información que recibimos, las experiencias ajenas a las que estamos expuestos, ejerciendo presión de grupo sobre nuestros puntos de vista, afectando al aprendizaje y a las simpatías y solidaridades que desarrollamos y puede así condicionar nuestros prejuicios ideológicos. El hecho de que las personas presentemos sesgos en función de nuestro bagaje y experiencia es un hecho bastante contrastado y que probablemente coincide con la experiencia subjetiva. Parece pues verosímil pensar que la presencia de mujeres en el entorno social de un hombre puede bajo ciertas circunstancias hacer que éste vea las cosas como se ven desde el otro lado de la barricada de la guerra de sexos. Tener a una víctima de malos tratos en su círculo familiar, a una amiga que se haya enfrentado a la decisión de abortar o un caso de violencia sexual en el círculo de amigas de una hija son todos casos que pueden acercar la percepción de un hombre de estos fenómenos a la de una mujer. Con esta idea en mente, muchos investigadores han intentado poner a prueba la hipótesis de que la interacción con mujeres afecta a las sensibilidades feministas.

El interés de poner el foco en las hijas reside en que la causalidad puede ir en las dos direcciones. Tiene sentido pensar que los hombres se vuelven más feministas interactuando con mujeres, pero también es posible que los hombres más feministas interactúen más con mujeres. Este problema no existe para el hecho de tener hijas: el sexo de la descendencia es en principio independiente de la elección de los padres y se puede por tanto usar para ver si realmente hay un efecto causal (omitiré discutir el tema de las “stopping rules” que permiten a los padres tener cierto control sobre la composición de su familia matizan esta idea).

En un artículo del año pasado, Raquel Fernández (2014) analizaba el fenómeno de la extensión de los derechos de propiedad a las mujeres. El motor del mecanismo es el impacto de las hijas sobre los padres: en una sociedad donde las éstas tienen restringido el acceso a la herencia, se crea una disparidad de bienestar entre ellas y hijos varones. Si a los padres les importan tanto sus hijos como sus hijas (aunque estas últimas les importen menos), aparece un compromiso entre su interés como maridos, por el que prefieren que sus mujeres tengan restringida la propiedad, y su interés como padres, por el que preferirían que sus hijas pudieran acceder a ella. La decisión de facilitar el acceso a la propiedad a las mujeres aparece con el efecto del desarrollo económico: con la caída de la fecundidad y el crecimiento de la renta per cápita (ambos fenómenos que ocurren con la revolución industrial), aumenta el tamaño de la herencia, y con él, la disparidad de bienestar entre hijos (que heredan) e hijas (que no lo hacen). Con un nivel de desarrollo económico suficiente, los padres se vuelven favorables a la extensión de los derechos de propiedad hacia las mujeres. Fernández comprueba su modelo para el periodo 1850-1920 en Estados Unidos y encuentra que da cuenta de la extensión de los derechos de propiedad.

Un compromiso similar es el que explotan Doepke y Tertilt 2009 para explicar la extensión del derecho de voto. El efecto del sufragio femenino sobre los hombres es doble: por un lado reduce su poder de negociación frente a sus esposas; pero por otro, aumenta el de sus hijas frente a sus yernos. Asimismo, sabemos que que un mayor poder de negociación de las mujeres en el matrimonio redunda al cuidado de los niños (Blumberg 1988). De esta forma el amor que sienten los abuelos por sus nietos tenderá a que estos quieran que las mujeres de la generación siguiente tengan un mayor control para poder invertir más en sus nietos. El artículo encuentra que con el desarrollo económico, al aumentar la importancia de la educación y progresar hacia una economía más basada en el capital humano, la importancia de las mujeres -en su papel de educadoras- también crece y, con él, los hombres están más dispuestos a extender el sufragio. Doepke y Tertilt respaldan esta hipótesis con los casos la extensión del sufragio en Estados Unidos y en Inglaterra.

Muchos trabajos han buscado identificar el efecto de las hijas sobre las opiniones políticas de sus padres. El trabajo que abrió la brecha fue el de Rebecca Warner (Warner 1991) encontrando que las hijas podían hacer a los padres más receptivos a las actitudes feministas. Sin embargo, de acuerdo con lo esperable, el efecto de tener hijas es mayor sobre los padres que sobre las madres. Asimismo Oswald y Powdthawe (2010) encuentran que las hijas vuelven a sus padres más progresistas y los hijos más conservadores. El mecanismo sugerido es simple: existe una literatura que muestra que en general las mujeres son más progresistas que los hombres (e.g. Edlund Pande 2002), debido a que estas se benefician en mayor medida del Estado de bienestar (sanidad, riesgo de divorcio, riesgo de ser madre soltera.)y de los derechos civiles. Los padres interiorizarían así las preferencias de sus hijos e hijas. Shafer y Malhorta 2011 encuentran que los padres con hijas tienen típicamente una visión más feminista del papel de la mujer en la sociedad ( los “roles de género”), pero tener una hija no afecta la percepción de las madres- apoyando la idea de que las mujeres ya están concienciadas del feminismo. Una excepción a esta literatura está en Conley y Rauscher 2013 que encuentran que el efecto es el contrario y las hijas volverían a los padres más conservadores.

Finalmente, existe una línea de investigación que busca identificar el efecto de tener hijas sobre el comportamiento de los políticos. Esta literatura es interesante porque subraya la importancia del bagaje de políticos y burócratas a la hora de representar a los ciudadanos. En un artículo seminal (2008), Ebonya Washington encontraba que, para un número de hijos dado, una hija adicional tenía el efecto de hacer que los miembros del congreso americano votaran de forma más progresista, en particular sobre asuntos de derechos reproductivos. Glynn y Sen (2015) miran el mismo problema para el caso de los jueces de los tribunales de apelación americanos y sugieren que tener al menos una hija resulta en un aumento del 7% del número de casos que el juez resolvería en una dirección feminista. El número de hijas adicionales tiene sin embargo un impacto pequeño aunque positivo.

Terminaremos el artículo enlazando esta última literatura con una líneas sobre papel de la diversidad en una democracia pluralista. Hace algunas semanas publicamos un artículo dónde hablábamos del papel que tenía la importancia la paridad en las instituciones políticas. Muchas reacciones señalaron que el corte de género no tenía más sentido que el de orientación sexual o color de pelo y en que los criterios que debían regir quién ocupa puesto de responsabilidades deben ser los de la legitimidad democrática y mérito y capacidad. Sin embargo, la evidencia revisada en el artículo anterior y en este, sugiere que las características personales de los representantes afectan también a sus decisiones y que gobiernos que no representen adecuadamente la diversidad social –de clase, de género, o racial- podrían dejar infrarrepresentados los intereses de ciertos grupos sociales.