Economía & Sociedad

Las mujeres desaparecidas

25 Nov, 2014 - - @politikon_es

Fue el economista indio Amartya Sen quien en la NY Review of Books en 1990 dio a conocer el hecho al gran público: más de cien millones de mujeres estarían «desaparecidas» en Asia. Esta «desaparición» se observaría como una anomalía estadística: mientras que en otras regiones, el número de mujeres por hombre estaría alrededor de 1,05 , en los países asiáticos y en particular en la India y en China, el ratio podía ser de hasta 0,94. ¿Qué hay detrás de esta descompensación y por qué debería ser importante?

En todos los países considerados existe una «cultura» que da un valor mucho mayor a tener descendencia masculina que femenina. Aunque probablemente la preferencia por el varón ha sido en el pasado un rasgo casi universal, en estos países lo es aún más. Los factores (Hesketh, Wei Xing 2006  Das Gupta, Zhenghua, Zhenming 2003una versión en abierto aquí) que contribuyen a esta preferencia son que los varones pueden continuar la línea familiar, que tienen mayor potencial económico y en general son los receptores de la herencia. Por su parte, las mujeres suelen ser percibidas como una carga debido al sistema de dotes que es común en varios de estos países. A esto se añade un último motivo. En economías en las que el sistema de pensiones no está desarrollado, son los hijos los que, típicamente, se encargan de cuidar de sus padres en la tercera edad. En el caso de China, este problema está agudizado por la política de un solo hijo.

Además de existir una preferencia por el sexo de la descendencia, para que aparezca un sesgo en la población, es necesario que exista algún tipo de control sobre esta. Los dos más obvios son los abortos selectivos y el infanticidio. Pero además, el simple hecho de continuar la procreación hasta la obtención del número deseado de hijos varones o invertir desproporcionadamente en estos puede crear este sesgo. Anderson y Ray (2010) investigan este fenómeno y descubren que la mayor parte de las mujeres «desaparecen» a edad joven (y no antes o en el nacimiento), típicamente debido a enfermedades cardiovasculares para el caso de India y China o al SIDA en el caso de África. Es por tanto este último mecanismo, el del esfuerzo relativo que las familias realizan en el cuidado de los varones, el que juega un papel más importante. Jayachandran y Kuziemko encuentran, por ejemplo, que las madres indias dan el pecho en menor medida a sus hijas que a sus hijos (Jayachandran y Kuziemko 2011) algo que tendría el doble efecto de reducir la salud de la niñas, pero también, al inhibir la ovulación, de contribuir al sesgo.

Además de ser el síntoma de un problema social profundo, la descompensación del ratio de género tiene consecuencias sobre la dínámica social. Lena Edlund y sus coautores (Edlund, Li, Yi, Zhang 2013) investigan el caso de China que, con su política de un solo hijo, daría un caso de estudio con un «cuasi experimento natural». Encuentran que la implantación diferenciada entre regiones de la política de un solo hijo (y la descompensación en los ratios de género aparejada) explicaría una parte importante del aumento del crimen de las décadas recientes. El argumento es simple: los hombres solteros son más propensos a implicarse en actividades «arriesgadas» y antisociales que los casados. En una sociedad monógama, el efecto de un número bajo de mujeres por hombre es lógicamente el de aumentar el número de hombres solteros.

Otro ejemplo de consecuencia indeseable es la ilustrada por Wei y sus coautores (Wei Zhang 2011  Du, Wei 2013). En este mecanismo, los padres buscarían casar a sus hijos dejándoles una herencia. Sin embargo, con la caída del ratio de mujeres por hombres, la competencia en el mercado matrimonial se volvería aún más fuerte, aumentando la probabilidad de los hijos de quedarse solteros. Esto incitaría a los padres a implicarse en una «carrera de armas», dónde todos buscarían ser los que más ahorran para que no sean sus hijos los que se queden solteros. Según los autores, este mecanismo podría explicar hasta la mitad del aumento del ahorro chino. Nada parece más inesperado que que el machismo en China pueda terminar causando crisis financieras globales, pero es ahí a donde apunta la teoría.

Tal vez un elemento para la esperanza se pueda ver venir de la mano de la investigación de Nancy Qian (Qian 2008). Con la reformas post-Mao (después de 1978), China experimentó cambios importantes en la asignación de recursos. Qian va a utilizar que las mujeres tienen una ventaja tanto comparativa como absoluta en la recolección de té, para usar el cambio en la intensidad regional de su cultivo y su precio como proxy para la remuneración de las mujeres. Las regiones especializadas en el cultivo del té verían un aumento mayor en la remuneración de las mujeres que las especializadas en otros cultivos. Lo más interesante de este mecanismo es que ofrece un cambio «exógeno» que funciona como un cuasi-experimento: sabemos que los cambios en los precios del té y otras cosechas vienen provocados por las reformas y no por otras razones que podrían estar relacionadas con la mejora del estatus femenino. Qian encuentra que en la China rural de principios de los 80, un aumento del 10% en la renta femenina (manteniendo la renta masculina constante) aumentaba la proporción de niñas que sobrevivían alrededor del 1%. Además, también aumentaba la inversión en educación tanto de los hijos como de las hijas por razón de un año. A la inversa, un aumento de la renta masculina no aumentaba los resultados educativos de los niños, pero sí empeoraba los de las niñas.

Los resultados de Nancy Qian pueden parecer impactantes. Sin embargo, reflejan la lógica que adelantábamos al comienzo de esta pieza: el fenómeno de las «mujeres desaparecidas» es en buena medida una consecuencia de su menor consideración socioeconómica. En este sentido, todas las medidas que contribuyan a «empoderar» económicamente a las mujeres deberían tener un efecto positivo.