Ciencia & Sociedad

Ultimátum a la Tierra: sobre el manifiesto ‘Última llamada’

10 Jul, 2014 - y - @jorgesmiguel, @kikollan,

Artículo escrito por Kiko Llaneras y Jorge San Miguel.

Un nutrido grupo de personalidades políticas e intelectuales ha firmado y difundido un manifiesto. Esto por sí solo no constituye ninguna novedad, pero el tono apocalíptico es, en este caso, llamativo. El manifiesto arranca con dos declaraciones sobre las que existe un amplio consenso. La primera de ellas es que la sociedad actual —que el manifiesto califica de sociedad “de consumo”, pero que es también la sociedad del bienestar material, de las libertades individuales, del respeto a minorías, de la democracia y hasta de la ecología— puede y debe mejorar. Lo hemos escrito antes en estas mismas páginas: el mundo es tremendamente imperfecto. Una minoría poseemos la mayor parte de la riqueza del mundo, mientras que cientos de millones sobreviven con un dólar al día; y aunque producimos alimentos suficientes, millones mueren de hambre o viven en una pobreza abyecta. Además, es indudable que la humanidad se enfrenta a un grave e inédito problema de sostenibilidad por el agotamiento de recursos naturales y por el deterioro que ocasionamos al medio ambiente.

Sin embargo, el manifiesto enseguida abandona la seguridad de ese diagnóstico para plantear lo que parece una enmienda a la totalidad del sistema económico y social. Para ello construye una madeja de declaraciones altisonantes y maximalistas que ni se apoyan en argumentos racionales ni se soportan en datos; o, lo que es peor, con frecuencia van contra la evidencia de que disponemos. Es un texto inconexo y omniabarcador que usa un lenguaje fuertemente connotado para intentar —con escaso éxito— revestirse de ciencia al plantear esa enmienda al sistema. Lo hace, además, apuntándose a una tendencia popular que consiste en asumir que para mejorar el mundo hay que preferir un pasado lleno de sombras.

En los primeros párrafos tenemos un diagnóstico algo catastrofista pero contenido de los riesgos medioambientales que afronta nuestra sociedad. Hasta se reconoce que en el pasado reciente se han producido “tendencias de progreso”, aunque sea para decir que ahora se están quebrando (cosa dudosa en su mayor parte). Sin embargo, a partir del quinto párrafo el manifiesto se embarca en un giro falaz y vacío de datos para plantear esa enmienda a la totalidad en varios actos. Repasemos algunos puntos problemáticos.

 


“Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización.”

Es cierto que estamos ante un problema medioambiental global, pero no así una crisis económica (ni de régimen, aunque no sabemos a que se refieren exactamente). El mundo no está en crisis. Lo está España, Europa, y quizás hasta Occidente, pero la humanidad ha seguido mejorando en sentido amplio durante los últimos años; en esperanza de vida, en reducción de la pobreza, en pacificación, etc. Asumir que el mundo está en crisis supone, precisamente, pensar que España y Europa son el centro del mundo.

Por dar un dato solamente: la pobreza se ha reducido a la mitad desde 1980.

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“Hoy se acumulan las noticias que indican que la vía del crecimiento es ya un genocidio a cámara lenta… las tendencias de progreso del pasado se están quebrando.”

Del párrafo se desprende la idea de que el mundo degenera, cuando realmente durante el siglo XIX, y también desde los 70 del S XX, la mayoría de indicadores en los que podemos pensar dicen que el mundo progresa en sentido amplio. Acabamos de ver como se reduce la pobreza en todo el mundo, pero es que precisamente uno de los signos más sobresalientes del progreso reciente es una asombrosa expansión de la vida.

Basta comparar la situación en 1800 y 2010.

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Además este progreso no se detiene, como queda patente si uno observa los datos de mortalidad infantil: entre 1990 y 2012 ésta se redujo a la mitad prácticamente en todas las partes del mundo, incluso en África Subsahariana, la región más desfavorecida. La tendencia a mejorar es clara y robusta. Esta transición saludable, la asombrosa reducción de la mortalidad infantil y la extensión de la vida humana, es quizás el fenómeno más trascendente de los últimos siglos.

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“Frente a este desafío no bastan los mantras cosméticos del desarrollo sostenible, ni la mera apuesta por tecnologías ecoeficientes, ni una supuesta “economía verde” que encubre la mercantilización generalizada de bienes naturales y servicios ecosistémicos.”

En realidad, hasta donde sabemos, esta es la única civilización que se ha preocupado de forma consciente y efectiva por la sostenibilidad. Y en parte ha podido hacerlo precisamente a partir de la productividad y de un aprovechamiento progresivamente más eficiente de los recursos de todo tipo. Un ejemplo es la “Revolución verde“, que desde mediados del S. XX ha permitido reducir la extensión de tierra dedicada a cultivo, al tiempo que multiplicaba por tres la producción agrícola.

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La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta.”

Esta frase esconde otra falacia. Si bien es evidente que nuestra sociedad demanda y consume productos que no parecen de primera necesidad, y que por tanto perjudican las sostenibilidad a cambio de algo que podemos juzgar poco valioso —quizás un 4×4—, es igualmente evidente que todo lo producido por nuestras sociedades no son bienes o servicios sin valor, ni mucho menos superfluos. El crecimiento que el manifiesto censura está también detrás de logros históricos y difícilmente minusvalorables: dar acceso a la sanidad cada vez a más personas, ofrecer refugio y salvaguardarnos de la intemperie, reducir los trabajos pesados, acabar con el trabajo infantil, la escolarización, erradicar el analfabtismo, etcétera, etcétera. Por supuesto que podemos consumir más responsablemente, pero asociar producción y productividad solo con el derroche es una falacia terrible. Detrás del progreso material y no material de las sociedades modernas está el aumento de la productividad en el trabajo.

Ese aumento de la productividad se refleja en una reducción del trabajo en países como Japón, Reino Unido o los Estado Unidos.

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Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible.”

No hay nada en el texto que explique o sustancie esto, reciclaje de una vieja idea marxista. Además, si bien es cierto que el capitalismo es un sistema económico que tiende a producir crecimiento, no necesita hacerlo. El capitalismo persigue el crecimiento: si hay recursos no aprovechados, la libre empresa los moviliza —y así tiende a convertir los recursos humanos y materiales en bienestar subjetivo, lo cual es a priori positivo—. Pero si no existen esos recursos, el capitalismo se limita a aprovechar los existentes.

 


“Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana…”

“Para evitar el caos y la barbarie hacia donde hoy estamos dirigiéndonos, necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente”

“Una civilización se acaba y hemos de construir otra nueva.”

Todos queremos una civilización que asegure la vida digna. ¿Pero por qué necesitamos una ruptura política profunda? ¿De dónde se deduce que la sociedad actual impide progresar? Es más, ¿qué pruebas hay de que no esté progresando en esa dirección? Es falso que nos estemos dirigiendo al caos y la barbarie, al menos de forma gradual. Los indicios, como hemos ido viendo, sugieren justo lo contrario: que los mercados regulados y las democracias liberales han sido las sociedades que más nos acercan a ese objetivo de una vida digna.

El texto, de nuevo, saca una conclusión que no se sigue del enunciado. ¿Por qué un modo de vida no capitalista va a resolver el problema? En realidad puede argumentarse precisamente lo contrario: que una sociedad de mercado sí puede solucionar los problemas de sostenibilidad si es capaz de integrar las externalidades medioambientales en los precios. Una economía regulada, precisamente, ofrece un mecanismo que —al menos en teoría— es capaz de llevar las cosas en la buena dirección, poner incentivos para el consumo responsable, evitar las conductas insostenibles, etc. Una economía de mercado global y regulada es quizás una castillo en el aire, pero es menos inconcreto que las alternativas, que en el manifiesto, brillan por su ausencia.

Y, en cualquier caso, asumir que una sociedad sin crecimiento va a caminar hacia el igualitarismo, la democratización y más humanismo es de nuevo injustificado. De hecho, en términos históricos, esa sociedad es algo parecido a lo existente desde la adopción de la agricultura hasta aproximadamente 1.800 en todo el mundo. Y no parece que los logros fueran extraordinarios en cuanto a igualdad económica o política, ni en cuando a respeto a la vida. Más aún: si el ejemplo de las crisis económicas y las recesiones sugiere algo, es que la reducción de los recursos disponibles aumenta las tensiones en el seno de las naciones y entre ellas.

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“Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados.”

Esta dialéctica oculta el hecho de que somos responsables. Culpar al sistema capitalista de la insostenibilidad es, de nuevo, una trama absolutoria. Los primeros responsables del consumo irresponsable somos los consumidores: los ciudadanos no estamos dispuestos a pagar más por productos sostenibles. Si la gente estuviese deseando pagar por muebles producidos de forma sostenible —aunque más caros—, habría empresas produciéndolos y ganando dinero con ello. Las empresas son neutras en este sentido. Exigirles un comportamiento que no demandamos como consumidores es inconsistente y fútil. La ética debe estar en el consumidor y no parece el mejor camino pretender que una empresa —que en esencia es un artefacto— sea algo ético. Sencillamente, si nadie compra los productos más caros de una heroica empresa sostenible, esta empresa no sobrevivirá mucho tiempo.

 


“Todavía podemos ser las y los protagonistas de una sociedad solidaria, democrática y en paz con el planeta”.

Y así, con esta frase, el manifiesto se cierra con una negación del hecho de que el mundo de hoy y las sociedades occidentales —con todas sus muchas imperfecciones— son las más solidarias y democráticas de la historia. En los últimos siglos se ampliaron los círculos de empatía desde el clan hasta alcanzar a toda la humanidad, aumentó el respeto por las minorías, se extendieron los círculos de inclusión social, y la violencia se volvió más infrecuente en términos porcentuales, incluso teniendo en cuenta la sangría de las dos guerras mundiales.

Sirva de ejemplo el declinar de los homicidios en Europa:

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Respecto a las guerras, si bien el número de conflictos (entre estados e intra-estados) ha seguido diversas tendencias desde la Segunda Guerra Mundial, el número total de muertos en guerra y el número de conflictos entre estados también ha tendido a descender en las últimas décadas.

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En definitiva, no creemos que el progreso esté determinado por una providencia histórica o religiosa, ni que su avance, allá donde se pueda discernir, sea irreversible. Al contrario, estimamos que requiere una vigilancia y un esfuerzo constantes para seguir mejorando la vida en todos los órdenes. Nuestras sociedades deben esforzarse todavía mucho si quieren reducir sus muchas imperfecciones, y además deberán adaptarse ágilmente para enfrentar nuevos retos como la escasez de recursos naturales o el daño medioambiental.

Pero pensamos que el crecimiento económico y el modelo de sociedad que el manifiesto desdeña han demostrado históricamente logros incomparables en ese sentido. Y que, desde luego, los promotores no han sido capaces de sustanciar lo contrario ni esa supuesta necesidad de caminar a ciegas hacia un modelo alternativo que nadie conoce. Klaatu barada nikto.