Política

Menos listas abiertas

24 Ene, 2013 - - @kanciller

Lo cierto es que el contexto generalizado de insatisfacción con la política no invita demasiado al optimismo. Escándalos de corrupción por todas partes, sensación de impotencia de la ciudadanía, ajustes severos en el gasto público, una economía empeorando o estancada… ¿Qué hacer? Entre las numerosas reformas institucionales que se proponen una de las que tiene más predicamento entre el tertulianismo español, el saber convencional e indignados en particular es apostar por abrir las listas electorales. La idea, en general, es bienintencionada: Hay que buscar una manera de debilitar a unos partidos excesivamente fuertes y opacos dando preponderancia al rol de los candidatos del distrito. Sin embargo creo que este sistema puede generar, en potencia, más problemas de los que arregla. Permitidme centrarme en algunos puntos en concreto.

1. Las listas abiertas ¿Mejoran la satisfacción con la democracia?

Desde mi punto de vista, es difícil trazar una relación directa entre estos dos elementos. Si uno repasa la literatura sobre el posible impacto del sistema electoral (un diseño institucional) en la satisfacción con la democracia (un componente actitudinal, más complicado de medir), tenemos evidencia dispar como poco. Algunos estudios, como el de Anderson y Guillory o Lijphart dicen que los sistemas proporcionales tienden a hacer que la satisfacción sea mayor. Estos sistemas se ligan con instituciones “consensuales”, que hacen que todos los grupos sociales encuentren acomodo en un sistema político. Sin embargo, otros estudios como los de Pippa Norris dicen justo lo contrario. En los sistemas proporcionales es difícil la rendición de cuentas (se gobierna mucho en coalición) mientras que en los sistemas mayoritarios hay un deseable ligamen entre candidato y votante. Por lo tanto este es un tema que aún está abierto.

¿Qué ocurre con el caso concreto de las listas? El artículo más conocido sobre el tema es el de Farrel y McAllister, los cuales encuentran una asociación positiva entre las listas abiertas y satisfacción con la democracia, adaptando una tipología de sistemas electorales del clásico de Carey y Shugart. Aunque sus criterios para agrupar los sistemas pueden ser discutibles, lo cierto es que los autores hallan esta relación estadística. ¿Y por qué se da? ¿Cuáles son los mecanismos causales? Sus argumentos son tres. Primero, porque los ciudadanos tienen la sensación de que tienen más que decir sobre el resultado de las elecciones. Segundo, porque incentiva a los diputados a buscar una unión más próxima con los ciudadanos, ya que deben cultivar su reputación para ser “premiados” en las papeletas. Y por último, que fomenta la moderación y la estabilidad en los candidatos. Estos últimos buscarían ser aceptables por todos para recibir votos personalizados, de manera que se vuelven gente más razonable y, en último término, ello satisface más a los votantes.

A los autores esta asociación les parece tan prometedora que se toman la licencia de decir que debe ser tomada en cuenta para futuras reformas de sistemas electorales. Sin embargo, creo que los argumentos que la sostienen no son demasiado robustos. Veamos las tres explicaciones por separado

2. Listas abiertas, desigualdad y motivación redundante

Pensar que con el simple hecho de poder tachar un nombre en una papeleta los ciudadanos mágicamente van a estar más satisfechos con su sistema político parece mucho aventurar. Ahora bien, sí parece plausible que los votantes puedan sentirse más cómodos con un sistema donde hay más menús para escoger y no solo el logo del partido en una lista.  Agustí Bosch y Lluis Orriols  analizan este tema de manera más sofisticada haciendo una revisión del de Farrel y McAllister. Sus análisis se basan en la comparativa entre tipos de estructura de voto (listas cerradas, abiertas, voto preferencial…) en lugar de medirlas como un continuo e introducen matices interesantes. Entre otros, los autores muestran que el voto personalizado (Reino Unido) no solo genera menos satisfacción que el preferencial o las listas abiertas, también menos que las listas cerradas (Malas noticias para los fans de las élites extractivas). En todo caso, por lo que toca al argumento central, los autores demuestran que la estructura del voto solo afecta a la satisfacción con la democracia entre los votantes más sofisticados, los que tiene más información política.

Esto tiene sentido si se piensa. Aquellos que se interesan más por la política son los más propensos a usar este mecanismo, el cual tiene un coste cognitivo (en conocimientos) importante. Cosas tan básicas como conocer a todos los candidatos, lo cual ni todo el mundo quiere ni puede hacer. De hecho, Aina Gallego demuestra en este artículo que el diferencial educativo en la participación electoral aumenta a medida aumenta la complejidad del sistema de votar. Es decir, que la gente con menos estudios y recursos vota menos a medida hacerlo es más complicado. Tener un sistema electoral complejo tiene un coste en equidad. Esto además también coincide con una paradoja, y es que las listas abiertas mejoran la satisfacción de estos ciudadanos motivados-informados (probablemente tú, lector), los cuales son justamente los mismos sectores que muestran más satisfacción con el sistema político. Por lo tanto, nos encontramos con que estableciendo listas abiertas se puede dar la curiosa situación: Podemos encontrarnos con que erosionemos la representatividad social del voto para motivar a los que ya son motivados de la política.

3. Cuando los diputados visitaron sus distritos

El segundo gran argumento es que las listas abiertas fomentan la cercanía entre los diputados y los votantes. Estos primeros harían un esfuerzo importante por dejarse ver ante los ciudadanos para ganar prestigio que les permita recibir estos votos personalizados. Algunos autores, sin embargo, han dicho que este efecto no se da solo en las listas abiertas sino que incluso en las listas cerradas los “fichajes estrella” o la reputación también tiene un peso. Sin embargo, incluso en los sistemas de listas abiertas conviene ser cautos. Dos ejemplos rápidos de cercanía con el diputado.

El sistema electoral de Japón, que imperó hasta 1993, es el llamado como voto único no transferible (acorde con Carey y Shugart, de los sistemas más centrado en candidatos). Los miembros del parlamento se elegían en 129 distritos con entre 1 y 6 diputados en cada uno. La representación se asignaba de manera que el candidato que obtenía la cuota necesaria era elegido pero se daba algo curioso; si el candidato obtenía más votos que los que necesitaba estaba dañando a candidatos de su mismo partido, los cuales podía ser que no llegaran al mínimo necesario. Por lo tanto, los candidatos tenían que buscar obtener el número justo de votos para ser elegidos, ni más ni menos, de modo que entraran de diputados pero a la vez maximizaran los escaños del Partido Liberal-Demócrata en la Cámara. ¿Solución? La previsible. El PLD se lanzó a una política selectiva dirigida a grupos concretos de votantes claramente clientelar. Asegurados los votos cautivos, este partido montó un impresionante despliegue de caciquismo y corrupción.

La Italia comprendida entre 1948 y 1994, un total de 11 legislaturas,  también tenía un sistema electoral con una suerte de listas abiertas. Durante este periodo los italianos tenían un sistema proporcional  en el cual  podían elegir hasta un máximo de tres (en algunos distritos grandes 4) votos preferenciales para candidatos individuales en la lista de su elección. Los candidatos ganaban su puesto en función de estos votos preferenciales e incluso en algunos casos hasta se les daba ministerios en función de este criterio. El resultado era que los candidatos individuales tenían importantes incentivos para ganarse el favor de los electores, incluso a costa de sus compañeros de partido. Como en el caso de Japón, el resultado fue la construcción (o refuerzo) de unas redes clientelares en torno a la Democracia Cristiana, especialmente en el sur, y la perpetuación del modelo del Pentapartito, que acabaría por derrumbarse a principios de los noventa. Por lo tanto, segunda señal de atención. Cuando se habla de cercanía con el diputado, el riesgo del caciquismo está presente. Creo que nuestra experiencia histórica es suficientemente ilustrativa al respecto.

4. Las listas abiertas como mecanismo de acomodación

El último argumento es el de la política “acomodativa”. Según esta idea, las listas abiertas son beneficiosas porque invitan a la moderación y al consenso de los políticos. Sin embargo, creo que este es el argumento más endeble de todos por una razón simple: No se refiere al efecto individual de las listas sino que es necesario que se de en conjunción con muchísimos más factores. Por poner un ejemplo, un sistema de panachage como el suizo, donde los electores tienen listas abiertas, es capaz de no generar disfuncionalidades porque opera a la vez que se dan muchísimas otras cosas: Un ejecutivo donde los 4 principales partidos deben entrar (la fórmula 2:2:2:1), un delicado equilibrio en la diversidad lingüística y religiosa, una descentralización total en los cantones, una utilización continuada de referéndums… Es decir, que se trata de un “paquete institucional” completo en el que hay interacción entre diferentes reglas y diseños.

Por lo tanto, está claro que las listas no tienen un efecto individual sino que esta moderación o profesionalización de la política viene de la mano de muchas otras cosas en las que resulta difícil aislar el efecto. La lección sería que hace falta mirar un paso más allá de un solo mecanismo en singular. Un sistema de listas abiertas a la Suiza en el que el ejecutivo dependiera del apoyo parlamentario para sobrevivir, por ejemplo, podría abrir la puerta a una inestabilidad importante tanto como a un importante localismo en las políticas aplicadas (cada diputado tirando para su distrito, el pork-barrel). Por lo tanto atención: Estirar de una sola palanca descompensa la aeronave y la puede estrellar.

5. Conclusión: Lecciones para España

Las listas abiertas en España son un totem, una suerte de bandera a la que todo el mundo se engancha, desde tertulianos hasta aficionados a la ciencia política. Como dije al principio, sin duda las motivaciones son bienintencionadas pero eso no debería bastar. El infierno está pavimentado de buenas intenciones. De entrada sabemos que nuestro sistema electoral tiene sesgos importantes (más detallados aquí). Además, nuestra experiencia pasada con la Restauración y la II República, que tuvieron sistemas electorales con listas abiertas, no ha sido precisamente buena. Incluso en el Senado tenemos listas abiertas (en realidad voto limitado) pero ni siquiera allí lo usamos demasiado (aquí un  informe y propuesta de reforma de Urquizu y Penadés) .

Las dos dimensiones cruciales de un sistema electoral son la proporcionalidad y la relación diputado-elector. Es evidente que en ambas el caso español puntúa bajo y existen métodos para corregirlos (aquí algunas propuestas, y aquí mi sugerencia para desbloquear las listas). A mi juicio es lícito buscar una reforma que mejore estos aspectos pero dudo mucho de sus efectos mágicos para resolver nuestros problemas. Dudo mucho que aquellos que le  echan la culpa al sistema electoral de todos sus males vayan a tener en las listas abiertas su salvación. Y sobre todo, dudo mucho que con esta reforma, que tendrían que hacer los mismos que están en el poder, se logre cambiar el sistema a sí mismo. A lo mejor hay que empezar por el objetivo menos ambicioso, pero en el corto plazo más efectivo, de cambiar antes a quienes votamos que la forma en la que lo hacemos.