Sistemas Electorales

El anti-modelo: La II República Española

6 Dic, 2011 - - @kanciller

Esta mañana, comentando con algunos tiri-twitteros mi entrada de estreno, terminó saliendo a la luz la petición expresa de que me metiera en el pantano del Sistema Electoral de la II República.  Con total dedicación a mis nuevos lectores  he desempolvado algunos libros de Linz y Sartori para buscar el modo de explicarlo lo más fácil posible. Como comentaba el otro día aquí, la II República fue el anti-modelo del actual sistema electoral español vistos los perniciosos efectos que tuvo. Sin lugar a duda, este sistema fue una de las causas endógenas al proceso político que nos hicieron pasar por una Guerra Civil y una larga dictadura. Lo que voy a hacer a continuación es un repaso muy breve por su funcionamiento  y me detendré un poco más en sus consecuencias.

El sistema electoral de la II República se introdujo en el decreto de mayo de 1931, reformado de nuevo en 1933, con el objetivo de erradicar el caciquismo del régimen anterior e intentar favorecer la creación de partidos políticos estables. El sistema electoral combinó diferentes elementos de una manera notablemente caótica. Por un lado el sistema estableció como distritos la provincia, con la excepción de Madrid y Barcelona, que se desgajaron en distritos independientes. El rango de escaños por distrito oscilaba entre 1 y 19.  Al mismo tiempo, se introdujo un sistema mayoritario con voto limitado. Esto es bastante similar a lo que tenemos en el Senado: ganan los candidatos que obtienen la mayoría simple de los votos pero los votantes pueden marcar menos opciones que los escaños en juego. En la II República se disponía de aproximadamente un 80% de “cruces” a marcar en cada papeleta sobre el total de escaños a elegir en el distrito. Por supuesto, las listas eran totalmente abiertas y podías votar a quien te placiera.

El recuento  de votos se hace a un doble nivel con diferentes implicaciones. Por un lado, el partido que sumara mayoría simple obtenía el 80% de los escaños de la circunscripción y el 20% restante quedaba para el segundo. Esto claramente fomentaba competir en amplias coaliciones, incluso entre partidos antagónicos, para repartirse las primas. Sin embargo, para ser elegido diputado se requería un 20% de los sufragios por candidato, elevado al 40% en la reforma de 1933. Si algún diputado no conseguía este mínimo, para complicar más las cosas, a las dos semanas se hacía una segunda vuelta manteniendo la distribución global de escaños pero repitiendo la elección para los que no habían llegado a ser elegidos. Por lo tanto el sistema favorecía la formación de bloques electorales para competir pero el sistema de candidatos no favorecía la fusión de partidos, reforzando el de las  figuras de “notables” y anticipando lo problemática que iba a ser la gobernabilidad.

Esta ley electoral fomentó claramente la fragmentación del sistema de partidos por más que fuera un sistema mayoritario. La razón es que al combinarse con distritos plurinominales, sobre-representaba a los partidos minoritarios debido a la utilidad marginal de sus votos para ganar el 20% de escaños por distrito. Pero; ¿De qué grado de fragmentación estamos hablando? Para que os hagáis a la idea, en 1931 el PSOE y el Partido Radical, los dos más votados de un Parlamento con 20 partidos, sumaban sólo el 43% de los escaños. En 1933, el PR y la CEDA sumaban el 46% en un Parlamento con 22 partidos y en 1936, PSOE y CEDA apenas llegan al 40%. De hecho, aunque había estrategias de coordinación en el distrito para ganar las primas, incluso con diferentes partidos coaligados según el lugar, en el Parlamento había claros incentivos para ser un diputado chantajista y condicionar a un gobierno que necesita macro-coaliciones para mantenerse en el poder. Cosa que tampoco es especialmente buena si la ley electoral  ayuda a meter a un buen puñado de anti-sistema dentro del Congreso. Y eso suponiendo que alguien estuviera a favor del sistema.

Por otra parte, esta Ley Electoral hacía que los resultados fueran excepcionalmente sensibles a pequeños cambios en votos, con lo que generaba que hubiera mayorías muy pendulares. Por pocos sufragios de diferencia tu bloque se llevaba la prima del 80%, por lo que estas coaliciones electorales tendieron a estabilizarse. Así, mientras que dentro de los diferentes bloques ideológicos aumentaba la diversidad por las múltiples escisiones y comportamientos semi-leales de los partidos en el Congreso, la tendencia del sistema de partidos era  de una creciente polarización que se convirtió finalmente en una fuente de competición centrífuga. Los moderados, también por interés electoral, tendieron a desplazarse a los extremos o bien fueron barridos en las elecciones. Echadle un vistazo a este gráfico adaptado de Sartori que representa las ganancias de los partidos según bloque ideológico:

Como se ve, el sistema electoral tuvo la habilidad de polarizar de manera creciente el espectro político, incluso más que las repúblicas europeas que estaban también a punto de caer. Así, la competición fue en aumento entre extremos ideológicos cada vez más distantes, un hecho que abonó el terreno para lo que estaba por venir.

Así pues, este fue el antimodelo agitado como un fantasma, con razón, cuando se negoció el actual sistema electoral. Un sistema mayoritario con voto limitado, listas abiertas y circunscripciones  plurinominales. Sin lugar a dudas, una mala idea. Por supuesto, esto hace surgir muchos interrogantes. ¿Podría haberse evitado la Guerra Civil y la caída de la República con otro sistema electoral? Es una pregunta difícil de contestar aunque, de entrada, lo más posible es que no hubiera bastado por sí solo. Ahora bien, posiblemente hubiera ayudado diseñar unas reglas con algo más acierto. O quizá es muy aventurado. Quizá la propia inexperiencia democrática de las elites españolas impidió que pudieran anticipar los perversos efectos del sistema que acababan de aprobar. O quizá simplementa había un path-dependency del régimen anterior muy complicado de torcer en innovación institucional. Eso ya no podemos saberlo. Permitidme, para poner la guinda, que acabe con una cita de
Sartori:

Un sistema político que se caracterice por sus impulsos centrífugos, una oposición irresponsable y una competencia sucia difícilmente será viable (…) Las comunidades políticas polarizadas (no necesariamente) están condenadas a la autodestrucción. Pero sí que difícilmente pueden enfrentarse con crisis exógenas o explosivas.