Política

Mayoritarios sin proporción

11 Oct, 2012 - - @kanciller

Estos últimos días hemos podido disfrutar de un elenco importante de tribunas de opinión (esencialmente en El País) hablando de los males que aquejan a España, desde las elites ex atractivas hasta el tema de las tensiones territoriales. Dejando al margen lo discutible de algunos de sus puntos, quizá lo más curioso es la centralidad que le han dado a la reforma del sistema electoral y, más concretamente, a aplicar un sistema mayoritario para España. Incluso algunas columnistas han comprado la idea con un puntito de candidez proponiéndonos directamente probar con un sistema mayoritario de listas abiertas, como quien va a un buffet libre y pica un poco de cada plato. Esta última idea es la expresión prefecta del importante cacao mental que tienen algunos creadores de opinión cuando buscan un remedio a la crisis institucional de nuestro país. Merece la pena detenerse un poco en este asunto.

Todo este debate está demostrando, a mi juicio, dos cosas. La primera es que el sistema electoral en España, sus sesgos y sus posibles reformas, temas que más o menos eran patrimonio de académicos y jóvenes politólogos, se han generalizado a la opinión pública. No hay datos de encuesta pero estoy convencido que el apoyo popular a una posible reforma del sistema ha crecido de manera importante, en especial cuando casi todos los partidos amagan con el tema. Segundo, mas preocupante, es que la centralidad de este debate apunta una victoria moral de aquellos sectores que defienden que el sistema electoral es una especie de varita mágica que podemos manipular para solucionar nuestros problemas políticos. Con una reforma, mayoritaria, de listas abiertas o la que se quiera, lograremos por arte de magia generar mejores partidos y políticos.

Los que me hayáis leído en otras ocasiones sabéis perfectamente que soy muy escéptico con esta posición. Es más, incluso me consta que alguno de los firmantes de los artículos de opinión está de acuerdo conmigo en este punto. Recordad; Italia ha tenido listas abiertas y sistema mixto a la alemana y así les va. Es más, se sabe que los efectos automáticos de una reforma electoral, incluso en el comportamiento político, son más bien modestos. Yendo esto por delante, lo me dispongo a hacer en esta entrada es a hacer un repaso rápido sobre los sistemas mayoritarios y sus diferentes efectos para señalar adoptarlo en España tendría serios problemas. Es más, creo que si los economistas antes comentados quieren buscar una propuesta de reforma, un sistema mayoritario no es precisamente la mejor posible.

Por aclarar conceptos distingo sistemas mayoritarios como aquellos en el que los escaños/ representantes se asignan a la fuerza/s más votada/s mientras que, por oposición, en los sistemas proporcionales se sigue una regla de divisor o cociente por la cual hay cierta correspondencia entre los votos y los escaños. Puntualizo también que mientras que en el primero puede haber un representante por distrito (uninominal – sistema anglosajón) o varios (plurinominal- por ejemplo, SNTV en Japón hasta 1994) en el caso de los proporcionales obligatoriamente debe haber más de uno (hay que repartir, por desgracia no podemos trocear diputados). Dicho esto, empecemos a ver algunas cuestiones sobre los sistemas mayoritarios:

  • El peaje de la proporcionalidad ¿Más bipartidismo?

El primer punto es una cuestión clave: los sistemas electorales mayoritarios generan más votos sin representación que los proporcionales, ya sea en sistemas uninominales o plurinominales. Quizá la estimación más realista que tenemos en España son Ceuta y Melilla, las cuales a efectos prácticos son distritos mayoritarios (solo se elige un escaño) y donde se quedan sin representación sobre un 30% de votos a candidaturas. Ya podéis imaginar un puñado de partidos a los que no les gustará mucho que esto se generalice a toda España, los cuales coinciden con los que quieren la reforma. Estos votos se quedan sin representación por el efecto mecánico de la propia ley electoral, la cual además se supone que favorece el bipartidismo al combinarse con los incentivos psicológicos que tienen votantes y partidos para coordinarse en torno a dos plataformas.

Dicho esto ¿Se generalizaría el bipartidismo a nivel nacional? Lo cierto es que no; un sistema mayoritario (asumo que uninominal) fomenta el bipartidismo pero a nivel del distrito. Así nos encontraremos con que CiU gana en muchos distritos de Cataluña, PNV lo propio en País Vasco etcétera y  que el resultado no seré un bipartidismo a nivel nacional sino un sistema de cinco partidos: PP, PSOE, CiU, PNV y CC. Por último, sí es cierto que hará más probable gobiernos con mayorías absolutas si asumimos que alrededor del 60% de las circunscripciones tendrán competición bipartita PP-PSOE pero, en términos de resultados, lo que se me tendrá que argumentar convincentemente es lo deseable que puede ser tener ejecutivos más fuertes a nivel estatal.

  • La cercanía con el diputado ¿Siempre positivo?

Un punto para defender los efectos positivos que tienen los sistemas mayoritarios es la cercanía con el diputado, el cual podría romper la disciplina de partido a favor de la disciplina hacia los votantes de su territorio. Esto se conecta de manera importante con el tipo de partidos que existe y el propio sistema de gobierno. Por ejemplo, en Estados Unidos los partidos tienen una disciplina escasa, en especial dentro del Congreso, lo que es menos problemático cuando tienes un sistema presidencial. Sin embargo, en los sistemas parlamentarios como el nuestro una ruptura de la disciplina de partido puede poner en serio riesgo la gobernabilidad. Quizá los contra-ejemplos que conjuran ese riesgo sean Reino Unido o Canadá, pero hay que pensar a fondo en la dimensión “cualitativa” de la disciplina de voto. Es decir, ¿Podemos poner en la misma balanza votar no a una política concreta que perjudica a tus votantes que tumbar unos presupuestos generales? ¿Y cuál de las dos queremos fomentar? ¿Cómo afecta eso a la rendición de cuentas de los ejecutivos?

Por otra parte, no se debe olvidar que en los sistemas mayoritarios una importante cantidad de distritos son “distritos seguros”, en los cuales el diputado es reelegido una vez tras otra (mis datos para Ontario arrojan un 88% de circunscripciones de este tipo, para que os hagáis a la idea). Incluso en algunos casos la oposición ni se presenta. Esto puede estar muy bien si asumimos que los votantes reeligen siempre a esos diputados porque lo hacen estupendamente… O ser muy nocivo si lo que ocurre es que los diputados compran la voluntad de sus electores para ser elegidos. El riesgo del clientelismo es un problema que obligatoriamente hay que abordar. Sabemos que los sistemas proporcionales con distritos grandes de listas abiertas, por ejemplo, favorecen la corrupción a través de la compra de voluntades ¿Hay razones para pensar que esto no fuera así en los mayoritarios multinominales? Sobre este punto algunos de los fans del sistema anglosajón han pasado por el tema de manera muy poco convincente (penúltima pregunta) al igual que sobre la posibilidad de que se haga gerrymandering, un diseño de los distritos por razones partidistas para asegurarte la victoria. Pero además, incluso aquellos que han señalado el efecto positivo de los sistemas uninominales sobre la corrupción reconocen que no son suficientes sin un sistema bipartidista interactuando al mismo tiempo.

  • Los efectos en las políticas públicas

Esta parte, la cual suele ser obviada por los defensores de los sistemas mayoritarios, no creo que deba ser dejada al margen. Tenemos bastante literatura sobre cómo los sistemas electorales pueden fomentar determinadas composiciones del gasto público. Al menos hay dos cuestiones que hay que poner sobre la mesa. La primera es que sabemos que los sistemas mayoritarios suelen favorecer el gasto “territorializable”, es decir, aquel gasto que puede ser disfrutado por un distrito concreto (un puente, un aeropuerto sin aviones…). Esto tiene su lógica porque el diputado depende esencialmente de su distrito para ser electo y, por lo tanto, tiene que vender ante sus electores locales inversiones que arranca al gobierno central. No es nuevo, seguro que Roger podría contaros de primera mano el engendro que son las inversiones de la política en EEUU. Siendo así, y pensando en algunas críticas sobre inversiones poco rentables que se han hecho recientemente, es curioso que este asunto no se aborde.

Además, otra dimensión muy interesante es la de los efectos que tienen los sistemas electorales sobre el grado de redistribución en un país. Según este artículo, las leyes electorales marcan de manera determinante las coaliciones de gobierno que se forman en cada país y, por lo tanto, los incentivos que se tiene para redistribuir. El punto clave es el rol pivotal que juega la clase media. En un sistema mayoritario de dos partidos el equilibrio para la clase media es evitar ser gravada con impuestos, dando el gobierno más a la derecha, o de lo contrario sería penalizada dada la competición polarizada. Por el contrario en un sistema proporcional con más partidos, al haber uno de clase media que forma las coaliciones, esta última puede gravar a las clases altas sin perjudicarse, redistribuyendo así en mayor medida y aliándose con las izquierdas. Por lo tanto, este es otro efecto que no debería perderse de vista.

  • Nuestra experiencia en España

¿Probamos un sistema mayoritario y con listas abiertas? se pregunta la columnista ingenua. Pues bien, siento decirle que ha llegado tarde. El sistema mayoritario con magnitud de distrito variable es lo que hemos tenido en España desde 1876 hasta 1936, en la II República con la generalización de distritos multinominales y el voto limitado. Mirando el periodo que comprende este sistema en vigor y recordando la buena experiencia que hemos tenido tanto bajo el turnismo caciquil de la Restauración como con la inestable república, como diría aquel, prefiero que los experimentos los hagamos con gaseosa. En otras ocasiones ya he comentado que la relación entre sistemas de partidos y electorales es endógena pero que, al final, son los partidos los que reforman a los sistemas. Esto no debería perderse de vista porque, al margen de la regla que pongamos, siempre hay unos ganadores y unos perdedores que actúan movidos por sus propios intereses. Y está claro que hoy hay pocas ganas de cambiar el sistema electoral, y más si vamos hacia un peso menor de los dos partidos mayoritarios, los más beneficiados. Como mucho, se avanza reforzando el mayoritarismo pero sin cambiar a un modelo uninominal por intereses partidistas.

De todas formas esto no quita para que no deban introducirse reformas en el sistema electoral vista la importante cantidad de sesgos que tiene (en el prorrateo, en la proporcionalidad y en la varianza del distrito). Ahora bien, si me preguntan un modelo que evitaría ese sería justamente el sistema mayoritario, expuestos todos los riesgos potenciales que tiene, y más si uno lo mira con perspectiva historia. Pienso sinceramente que algunos de los que firman más arriba tienen más en la cabeza un sistema alemán que un anglosajón como vía de romper el poder de las cúpulas de los partidos. Es algo interesante para discutir pero si se introduce esta reforma pero no se aborda a la vez el sueldo de los cargos públicos, la politización de las administraciones o el funcionamiento interno de los partidos, (entre otras) no conseguiremos ninguno de los efectos deseados. Lo único que se demostrará de nuevo es que pedir unicornios en política no es patrimonio exclusivo de ciertas asambleas.