Política

Negociaciones en la segunda fase: El formateur y el reloj de la democracia

17 May, 2016 - - @kanciller

Este artículo es la segunda entrega de la serie sobre el proceso de negociaciones que ha tenido lugar desde el 20D hasta la disolución de las Cortes Generales el día 2 de mayo.

fase dos

1. Pedro Sánchez, candidato a la Presidencia

Tras el día 22 de enero, cuando se hizo pública la renuncia de Rajoy de estrellarse en una primera investidura, se entró en un terreno desconocido para la política española. La activación del temporizador para la nueva convocatoria electoral requiere que al menos se produzca una investidura fallida, lo que haría que las Cortes se disolvieran automáticamente a los dos meses. Sin embargo, en este momento no había ni candidato nombrado, lo que dejó a la política española en el limbo. Se rumoreaban tensiones entre Zarzuela y Moncloa, con consulta al Consejo de Estado mediante, sobre cómo pasar directamente al artículo de la disolución. Desde luego el presidente de gobierno en funciones había dejado en una situación incómoda al monarca.

Entre los días 27 de enero y 2 de febrero, Felipe VI volvió a recibir a los grupos políticos en palacio para intentar desatascar la situación. Quedaban las opciones bien de darle mandato de nuevo a Rajoy (y esperar que no decline), dárselo a Sánchez o bien seguir en el vacío hasta que los partidos llegaran a algún acuerdo. En paralelo, Pedro Sánchez se había movido para retar a sus barones, declarando públicamente antes del Comité Federal del 30 de enero que haría una consulta a la militancia sobre los pactos de gobierno. La intencionalidad era clara; el mecanismo de que voten los afiliados es una forma de hacer bypass a una parte de la organización que tiene en contra. Es cierto que se trata de una votación no vinculante, pero es evidente que un Comité Federal que votara a sensu contrario de los militantes desgarraría totalmente a los socialistas. Por lo tanto, de facto, las bases habían de decidir.

Además, esto le permitió a Sánchez ganar simpatías entre sus militantes. Para el 14 de abril se debían formalizar candidaturas rivales a las de Pedro Sánchez – antes de lo que hubiera querido Ferraz – pero esta jugada claramente buscaba permitirle que si fracasaran las negociaciones, al menos, tuviera muchas papeletas de ser el candidato el 26J. Así sería. Cómo se explicó en la fase anterior, gobierno y liderazgo interno del PSOE van a ser indistinguibles en su estrategia.

Todo está preparado para que el PSOE se lance a la piscina el día 2 de febrero. Ese día Felipe VI propuso a Pedro Sánchez de candidato a presidente del gobierno.

Hay que recordar que la propuesta del Rey se trata de un acto tasado y refrendado por el Presidente del Congreso. No estamos en una república semipresidencial como Portugal y no hay ninguna previsión por la que la iniciativa política corresponda a la fuerza más votada. Si en la ronda de contactos anterior Pedro Sánchez hubiera dicho al monarca que disponía de suficientes apoyos, sin duda habría recibido el mandato en primer lugar. De facto, el monarca designó a un formateur (formador), un candidato que debía intentar obtener los apoyos necesarios en la Cámara para ser investido. Dudo que fuera la previsión constitucional, pero por la vía de los hechos Pedro Sánchez queda asimilado a una figura propia de otras monarquías constitucionales como Bélgica o Países Bajos.

Esto lleva a otra cuestión a tener presente a partir del 26J; igual que formar gobierno no será tan evidente, que candidatos nombrados por el Rey superen la investidura tampoco lo será. En todo caso, a efectos prácticos el Jefe del Estado pasa a estar mucho más expuesto políticamente, por más que el acto sea tasado.

2. Finalmente, empieza el rigodón negociador

Tras el nombramiento de Pedro Sánchez, los socialistas – y progresivamente los demás – fueron nombrando su equipo de negociación. Sin embargo, hay dos momentos importantes que explicarán después la formación de los acuerdos que veremos al final de la fase.

Sánchez se fue reuniendo con los líderes de todos los partidos con representación parlamentaria para mostrar públicamente su compromiso para intentar formar una mayoría – incluyendo a Rajoy y su “no saludo”. Sin embargo, Pablo Iglesias rápidamente le trasmitió que de ninguna manera aceptara sentarse a hablar con los socialistas de formar gobierno hasta que no renunciaran de manera expresa a dialogar con Ciudadanos, “la derecha en diferido”. Este veto público inicial de Podemos hizo declarar a Pedro Sánchez que continuaría dialogando con todos los partidos del arco parlamentario, tanto a su derecha como a su izquierda. El PSOE aprovechó su iniciativa para arrinconar a Pablo Iglesias y abrió diferentes canales de negociación con Ciudadanos, pero también con Izquierda Unida, Compromís y el PNV. Los contactos fueron intensos entre todas las fuerzas dentro del bloque de la izquierda.

Aunque no es posible saber con certeza en qué medida las negociaciones estaban maduras, sí que circularon tanto pre-acuerdos del PSOE con Compromis como 12 medidas concretas con Izquierda Unida. Como se irá viendo a lo largo de este periodo, ambas formaciones irán ganando un espacio cada vez más autónomo en las negociaciones. Podemos, por su parte, el día 15 se febrero concretó la propuesta que hizo el pasado mes en un prolijo documento pero no flexibilizó su posición en gran cosa, incluyendo el tema más divisivo, que era el referéndum para Cataluña (si caso la matizó después en temas varios).

El segundo hito clave es la formación de la mesa a cuatro. El PSOE parecía que durante esta fase tenía un plan claro; llegar a un acuerdo con Ciudadanos y, en paralelo, hacerlo con las fuerzas de izquierdas y nacionalistas excluido Podemos. Parecía que esperaban que, componiendo este complicado rompecabezas, pudiera valer con la abstención de los de Pablo Iglesias o que, al menos, pudieran hacer que se sentara. Esta estrategia se mueve en el momento que Alberto Garzón propuso una mesa a cuatro entre PSOE, Podemos, Compromís e IU. Izquierda Unida pretendía así acercar posturas dentro de la izquierda y, de paso, arrastrar a Podemos a sentarse con los socialistas. Dado que ninguno de los dos partidos quiere quedar como culpable del fracaso de las negociaciones – ya empezamos a hablar del blame game – ambos accedieron. Eso sí, mientras que el PSOE acerca posturas con Ciudadanos en la mesa de al lado.

Hay dos cosas que merece la pena pensar para futuros procesos de negociación, al margen de que la forma de gobierno vaya a ser un tema abierto en todos ellos. De un lado, que la negociación puede ser a varios niveles – autonómico el más importante – y que esto es clave cuando pensemos en actores políticos como Compromis o el PNV. Por el otro lado, que las negociaciones pueden ser bilaterales o multilaterales, cosa que como se verá a continuación puede marcar la diferencia para formar una mayoría.

3. La «pequeña coalición»: El Pacto del Abrazo

Patxi Lopez, presidente del Congreso de los Diputados, había fijado la sesión de investidura para el 1 de marzo, en el que el candidato hablaría por la tarde, y dejó el espacio al resto de grupos al día siguiente. El calendario seguía corriendo y el primer pacto que consiguió Sánchez (luego sabríamos que el único) fue el conocido como “Pacto del Abrazo” por el cuadro que había en la sala en la que se rubricó. El acuerdo, presentado con gran solemnidad y pompa el día 24 de febrero, comprometía el apoyo de los cuarenta diputados de Ciudadanos a Pedro Sánchez y contemplaba 200 medidas con gran grado de detalle. No aclaraba nada sobre la forma del gobierno – si Ciudadanos se incorporaría o no al gabinete del PSOE.

Esto supuso que inmediatamente se levantara la izquierda de la  mesa paralela. Aunque IU o Compromis ofrecieron más resistencia, que Podemos diera por rota las negociaciones de inmediato no les dejó margen posible. En ese momento comenzaron las críticas cruzadas respecto a las medidas; si eran más de derechas o izquierdas, o sobre el contenido propiamente dicho, si derogaba o no determinadas leyes… Un acuerdo que era mejor que el statu quo en muchas materias pero que era tildado de insuficiente por los necesarios socios para sacarlo adelante. Lo importante no era el qué sino el con quién.

Este pacto se mantendría durante todo el periodo de negociación. Sin embargo, tenía como principal contradicción el mirar en direcciones opuestas. Ciudadanos siempre persiguió que el Partido Popular se sumase al pacto al tiempo que subrayaba sus incompatibilidades con Podemos. Ahora bien, el PP carecía de incentivos para apoyar por acción u omisión cualquier Gobierno que no encabezara. Las liebres que saltaban periódicamente sobre una posible abstención popular carecían de sentido. Al fin y al cabo, si el 26 de junio el bloque de la derecha se ensancha (crezcan Ciudadanos, PP o ambos) podrían intentar formar Gobierno, pero si el PSOE es superado por Podemos, su abstención sería más probable permitiéndole gobernar.

Por el contrario, el PSOE, buscaba ensanchar sus apoyos hacia su izquierda, ejerciendo especialmente presión sobre Podemos. La percepción de que podía perder “el juego de la culpa” al no favorecer el cambio podría invitar a abstenerse. Sin embargo, al ser un partido menos adverso al riesgo, también tenía razones para no prestarse a un acuerdo del que no es actor principal. Consiga o no ser segunda fuerza el 26-J, una gran coalición o un Gobierno PP-Ciudadanos serían más probables. Ello le permitiría acaparar la oposición igual que haría ahora con una abstención, pero sin permitir que el PSOE se recomponga desde el Gobierno.

Lección por lo tanto de que cualquier pacto que vaya a necesitar del concurso de más de un actor o de varios de diferente bloque difícilmente podrá seguir la misma lógica. El hecho de que fuera un pacto tan específico, tan detallado, dejó poco margen a una negociación flexible y bilateral – como defendió después Aitor Esteban, del PNV, el grupo de lejos más pragmático. Quizá el 26J ya no vaya a hacer falta porque se acerquen a los 170 algunos de los dos bloques, pero quizá esa escenificación tuvo que ver con lo que se buscaba más visualizar cara a dentro del PSOE que con la capacidad del pacto para conseguir un gobierno. Imposible saberlo.

4. La investidura fallida y el «reloj de la democracia»

Entre los días 26 y 27 de febrero el PSOE abrió la convocatoria a sus militantes para refrendar el acuerdo con Ciudadanos, siendo el primer día el habilitado para el voto telemático. Probablemente este pacto era el que menos se esperaban tener que ratificar las bases. Sin embargo, como ocurre siempre que hay consultas de estas características, las sorpresas fueron escasas. La militancia socialista avaló el acuerdo por un 79% (pese a haber algún crítico en las diputaciones) y la implicación de casi el 52% del censo de afiliados. Aunque se cuestionó la tasa de participación electoral, lo cierto es que en los procesos internos de los partidos esta suele ser escasa. Los resultados que alcanzó el PSOE sólo podía calificarse de éxito para los intereses de la cúpula dirigente, y más siendo un acuerdo con un partido de centro derecha.

Era conocido que el acuerdo estaba lejos de sumar los apoyos necesarios para conseguir, no ya la mayoría absoluta en primera vuelta, sino ni siquiera la mayoría simple en la sesión de 48 horas después. Los socialistas trocearon el acuerdo con Ciudadanos e hicieron adendas para intentar atraerse a alguno de los grupos, intentando de paso explotar posibles contradicciones entre las confluencias de Podemos. Sin embargo, las posiciones difícilmente se podían mover un ápice antes de la sesión cuando ya no había ni reuniones, sólo ruedas de prensa.

Los discursos en la primera sesión de investidura se orientaron en dos direcciones diferentes. Mariano Rajoy y Pablo Iglesias se centraron en reforzar sus posiciones, con un tono muy duro en ocasiones, apelando especialmente a su núcleo de votantes. Albert Rivera y Pedro Sánchez se centraron en ejercer presión en direcciones opuestas; el primero hacia los populares el segundo hacia Podemos. Fue una sesión aparatosa con gran número de alusiones cruzadas pero el resultado final fue que Pedro Sánchez obtuvo el apoyo de 130 diputados (PSOE y Cs), 1 abstención (CC) y el voto en contra de todos los 219 escaños de los demás (PP, Ps, DiL, ERC, PNV, Bildu, IU, Compromis, UPN, Foro). El famoso “reloj de la democracia” quedó activado.

La segunda sesión, 48 horas después, no arrojó un resultado muy diferente y tan sólo se movió el voto de Ana Oramas de la abstención al voto afirmativo (CC gobierna en coalición con el PSOE en las islas). Por primera vez en la historia un candidato era derrotado en la segunda votación. Esta investidura fallida apunta también a algo interesante que no se puede descartar que pase a partir del día 26J; que un mismo candidato sea derrotado varias veces antes de conseguir la presidencia. Lo hemos visto en Irlanda. Este tema no es menor porque si el bloque PP-Cs suma, sin duda Mariano Rajoy volverá a estar en la picota – veremos si sale o no la jugada à la CUP.

En todo caso, tras esta investidura fallida había de inaugurar la última fase, la que se esperaba habría de ser la definitiva; la de la guerra de trincheras.