Política

Negociaciones en la primera fase: Desconcierto y líneas rojas

4 May, 2016 - - @kanciller

A raíz de la repetición de las elecciones estamos escuchando dos tipos de mensajes prevalentes en los medios de comunicación. El primero es el catastrofista, el que dice que estamos ante un fracaso sin paliativo de nuestra clase política que se ha mostrado incapaz de llegar a acuerdos. El segundo es el de aquellos que dicen que desde el 20 de diciembre se sabía que íbamos a tener nuevas elecciones, que todo ha sido un teatro vacuo entre los líderes políticos. A mi juicio, si uno viene a dar alas de la anti-política el otro hace juicios de presentismo. Probablemente la mejor manera de poner ambas ideas en su sitio es intentar hacer memoria de cuatro meses que han parecido una eternidad. Una revisión que puede darnos pistas muy interesantes sobre el escenario que se puede abrir a partir del 26J.

0. Las dificultades objetivas para la formación de gobierno

La magnitud de un fracaso viene pareja al tamaño del reto y lo cierto es que, por diversas razones, jamás había sido tan complicado el formar gobierno en España por razones objetivas. Estos factores pueden agruparse en dos bloques principales.

De un lado están los elementos de carácter institucional en tres aspectos concretos. El primero es que España es un sistema de parlamentarismo positivo, es decir, que requiere un voto expreso de investidura al candidato a presidente del gobierno. Esta regla – aquí se desarrollan de manera maravillosa – es diferente de la que se da en otros países en los cuales la legislatura arranca aunque el gobierno puede caer fácilmente a los pocos meses. El segundo aspecto conecta con que la moción de censura en España sea constructiva en España – más en esta tesis – lo que genera que sea muy difícil tumbar a un gobierno aunque sea sistemáticamente derrotado en el Congreso siempre que no convoque elecciones. Finalmente, el Congreso de los Diputados es una institución débil, con comisiones poco financiadas y profesionalizadas, con pocas instituciones formales e informales que permitan fiscalizar los acuerdos a diferencia de países de centro y norte de Europa. La unión de estos tres elementos hace que los acuerdos sean en inicio complicados.

Sin embargo, dado que las instituciones y reglas han sido constantes desde 1978, es evidente que interactúan con una coyuntura de gran cambio político en diferentes frentes. El primero y evidente es la fragmentación electoral, que llega hasta un número de partidos superior a cualquier otro momento de nuestra historia reciente. Estamos hablando de que el PP hasta hoy ha tenido la mayoría más minoritaria de la historia, con 123 escaños. Es más, si uno mira al número efectivo de partidos hoy tenemos más que en las elecciones fundacionales de 1977 (5.1 del 20D frente a 4.5 de entonces).

A este hecho se suma que la fragmentación no ha sido un proceso gradual, sino que se ha debido a una súbita volatilidad electoral. Muchos votos han cambiado de manos en poco tiempo – casi el 34% de los votos a partidos sin representación parlamentaria. Por lo tanto, estamos en un contexto muy fluido. Es más, en esa tesitura ni el bloque PP-Cs (161) ni el PSOE-Ps-IU (163) se acercaron lo suficiente a la mayoría absoluta. Además todo sazonado por un actor relevante, Podemos, que tiene una plataforma anti-establishment polarizando cualquier dinámica de negociación  mientras que ERC y DiL (antes CiU), tradicionales actores que apuntalaban la gobernabilidad en el Congreso, tienen un mandato de ruptura con el Estado.

Elementos institucionales y específicos del 20D se han combinado generando una dinámica evidente: TODOS los actores han sido muy estratégicos, mirando tanto a la formación de gobierno como a la potencial reacción de sus votantes, dificultando cualquier negociación. Por lo tanto, no hay duda de que formar gobierno era una tarea compleja.

¿Qué puede implicar esto para el post-26J? Aunque lo institucional permanece inalterado, algunas cuestiones se pueden mover. De un lado, puede ser que alguno de los bloques se acerque a la absoluta, reduciendo el número de actores con poder de veto. Por el otro lado, dado que la volatilidad será menor, todos los partidos asumen que las cartas quedarían repartidas sin poder haber tercera elección. El sistema se mostraría como menos fluido y podría ser más sencillo formar gobierno en la siguiente ronda incluso con resultados no muy diferentes respecto al 20D.

Pero sabiendo de esas dificultades objetivas, empecemos a desgranar la primera fase de las negociaciones.

fase uno

1. Líneas rojas y el PSOE en su laberinto

La misma noche electoral si producen dos hechos significativos que tendrán implicaciones para todo el proceso de negociación. El primero es que Podemos se manifiesta encantado (sic) ante la posibilidad de que se repitan elecciones – o si se prefiere, que le ha faltado una semana de campaña y un debate. Ello le lleva a marcar la misma noche electoral cinco líneas rojas entre las que se encuentra la realización de un referéndum en Cataluña, la reforma del sistema electoral o recoger en la constitución los derechos sociales. Puede interpretarse que esta declaración de Podemos plantea empezar negociando duro, busca deshilachar internamente al PSOE (aún más), es una genuina señal de las preferencias (o todas ellas), pero lo que es evidente es que el referéndum sobrevolará todo el proceso. Una preferencia que es mucho más intensa en el Podemos en confluencia que en el resto de votantes de este partido.

Es importante recordar algo: el partido magmático que es Podemos tiene diferentes sensibilidades territoriales que no siempre están alineadas. Las confluencias se integran a cambio de tener grupo propio, Compromís gobierna con el PSPV en la Comunitat, En Marea piensa en las próximas elecciones gallegas, En Comú Podem tiene un contexto de ruptura independentista frente a sí (de modo que el derecho a decidir es central)… y ahora se puede sumar también Izquierda Unida. La alianza electoral entre estas sensibilidades es rentable electoralmente, de ahí que casi seguro se reedite, pero dista de ser un espacio asentado. Ni siquiera para negociar todas las líneas son igual de rojas para todos. Esto hace inevitable que tan pronto termine el largo ciclo electoral en el que estamos inmersos deban buscar una fórmula estable para institucionalizarse. No está claro que lo consigan sin cuitas internas.

Por su parte el PSOE con los resultados del 20D se ha convertido en el king-maker, un papel de centralidad que es su bendición y su condena. Puede bien facilitar un gobierno de gran coalición, un gobierno en minoría de PP-CS con su abstención o intentar formar gobierno. Sin embargo, lo más importante que ocurre es cómo la propia noche electoral Pedro Sánchez se adelanta (o provoca) al movimiento interno que intentará descabalgarle del PSOE los días siguientes sacando pecho por su resultado electoral. Esto generó importantes críticas de sus barones territoriales que lleva a que el Comité Federal de este partido que el mismo día 28 de diciembre, en la resolución de “Los Santos Inocentes”, establezca las líneas rojas de los pactos; ni con PP, ni con los independentistas ni con Podemos si insiste en el referéndum. No es novedoso decir que Pedro Sánchez tiene a la mayoría de los dirigentes territoriales en contra.

Dada esta división interna dentro del PSOE durante los meses siguientes se verá como hecho distintivo que Pedro Sánchez trence su calendario orgánico interno con el de la formación de gobierno de modo que, en caso de fracasar, pueda repetir como candidato el 26J. En ese sentido, sus jugadas parecen haber sido exitosas mientras ponía sordina a los críticos para llegar a la siguiente meta volante. Entre las múltiples estrategias de la dirección socialista estará que Pedro Sánchez acabe por recurrir a las bases del partido para validar cualquier acuerdo (como después certificará en el tenso Comité Federal del 30 de enero). Se trata de un recurso de manual para hacer bypass a los críticos del aparato.

En suma; la división del PSOE y la heterogeneidad en Podemos hace que el número de puntos de veto para cualquier coalición por la izquierda sea muchísimo mayor que el de la derecha. Nada apunta a que esto vaya a cambiar con las nuevas elecciones. Sin embargo, no es descabellado pensar que los socialistas volverán a un enfrentamiento abierto la misma noche del 26J, algo que ocurrirá casi al margen de los resultados que obtengan. Esto sus rivales lo saben.

2. Los grupos y las confluencias

Mientras que la mayoría de los medios de comunicación iban hablando de bebés en el hemiciclo, de largos juramentos y de diputados con rastas, cosasque por su novedad dejaron pintorescas imágenes, entre los días 13 y 14 se armó un acuerdo fundamental para el reparto de la mesa y la presidencia del Congreso. Dos eran las cuestiones fundamentales. La primera es el control de la presidencia del Congreso y el color político del mismo; algo clave porque es quien controla el calendario de la investidura. La segunda es la futura conformación de los grupos parlamentarios, que tiene relevancia por sus implicaciones en el funcionamiento de la cámara y, sobre todo, porque Podemos se ha comprometido a que sus coaliciones territoriales tendrán uno propio. Este último llega a ligar el destino de las negociaciones para formar gobierno a tener los cuatro grupos – aunque luego lo matiza más.

Las negociaciones culminan con la presidencia de Patxi Lopez, con mayoría de PP y Cs en la mesa – excluyendo a los nacionalistas de la misma – y con Podemos terminando en un solo grupo confederal fuera del gallinero – y eso que se exploraron algunas fórmulas de última hora incorporando a Izquierda Unida. Ciudadanos aprovecha para salir del K.O. de su pésima campaña electoral y apostar por su futuro leit-motiv, el pacto a tres. Sin embargo, lo más importante en ese momento es cómo el 19 de enero cuatro diputados de Compromís deciden salirse del grupo de Podemos para marcharse al mixto. Esto lo hace en virtud del pacto inicial de coalición por el cual si no era posible obtener un grupo propio deberían buscar voz propia. No haberlo hecho podría haber puesto en riesgo a ese mismo partido que, al fin y al cabo, es la coalición del Bloc, Iniciativa y Verds-Equo.

Cara a la nueva convocatoria electoral aún tenemos que saber si la fórmula de coalición de Podemos va a cambiar. Ya se sabe que con la forma del 20D conseguir los cuatro grupos es tarea imposible – fiarlo todo a la voluntad política es hacerse trampas al solitario. De recurrirse a las coaliciones pre-electorales en las que cada partido tenga su propia entidad jurídica Podemos debería hacer una retirada estratégica (no competir) en determinados territorios o bien darle entidad jurídica independiente a Podem e ir coaligados. Esto podría hacer que incluso siendo segundo en votos terminase como el tercer o cuarto grupo de la cámara. Además, obligaría a establecer mecanismos de coordinación horizontal entre ellos que seguirían haciendo complicada su gestión. De nuevo, la pluralidad de este espacio emerge.

Por último, si el próximo gobierno es débil – cosa que todavía no sabemos – es importante saber la composición de la mesa y de la presidencia del Congreso. Si nos vamos a un entorno más fragmentado es hora de prestar atención a estas cuestiones.

3. Juegos reales y vicepresidencias plenipotenciarias

El día 18 de enero se iniciaron las consultas del rey Felipe VI con los diferentes grupos políticos (de menor a mayor) hasta el viernes 22 de enero. Durante ese periodo se produjo la típica desinformación que asimilaba al Rey a un presidente de la República, como si el monarca pudiera dar la presidencia a quien considerase – aquí para despejar esas cuestiones. Sin embargo, durante este momento y hasta el golpe de efecto del 22 de enero se producen dos hitos que tienen implicaciones para las próximas elecciones.

El primero es el juego del gallina invertido de PP y PSOE para que el otro actor tome la iniciativa y pase primero a la investidura. Para eso los socialistas declaran que hay que respetar a la fuerza más votada, “los tiempo de la democracia”, y declinan moverse hasta que Mariano Rajoy no fracase en la investidura – y mientras intentan pacificar su partido. Si el PSOE hubiera tenido atados los números habría recibido mandato pero renuncia a la iniciativa. La jugada del candidato popular es cambiar de opinión en 48 horas y declarar que no piensa ir a una investidura que sabe seguro que va a perder, redescubriendo el parlamentarismo súbitamente y dejando al Rey con el papelón de hacer otra ronda (innecesaria) de audiencias. Este movimiento coge con el pie cambiado a la dirección socialista, enfadada, que confiaban en que fuera Rajoy quien activase el cronómetro de la disolución automática. Hasta tal punto están desconcertados que le piden a Rajoy que vaya a la investidura o que dimita.

El segundo giro inesperado de la trama es el mismo día 22 de enero, horas antes de que Rajoy declinara ir a la investidura, a la salida de la audiencia del Rey con Pablo Iglesias.  En rueda de prensa el candidato de Podemos le forma el gobierno a Sánchez apropiándose de la vicepresidencia y varias carteras ministeriales (Economía, Educación, Sanidad, Servicios Sociales, Defensa, Interior y la nueva de Plurinacionalidad). De paso, Alberto Garzón también pasa a tener su propio ministerio – todo con unas maneras de negociar que se pueden calificar de todo menos serias. Sin embargo, si excluimos el tema de las formas, lo interesante es que esta propuesta cambia las coordenadas del debate. Por fin está sobre la mesa la necesidad de no hablar sólo de políticas sino también de la forma del gobierno y las carteras de sus integrantes. El falso debate de políticas vs cargos deja paso a un elemento crucial que también saldrá varias veces en la negociación – incluso a Cs se le escapa en un momento dado: no es importante sólo el qué sino el con quién.

Por lo tanto, importante no olvidar cara a las nuevas negociaciones que ya se han roto dos tabúes. Por un lado, que como buen sistema parlamentario lo importante es quien suma escaños, no quien es la primera fuerza. El PSOE va a marcar un hito por esta vía. Por el otro lado, que el 27 J se volverá a hablar de si es preferible un gobierno en minoría o en coalición (sea minoritaria, sea sobredimensionada), convirtiendo en normal en España lo que es en el resto de países de nuestro entorno. Ya no es pecado sino condición necesaria que los nuevos partidos entren en el gobierno.

Algo de lo que se hablará mucho en la fase siguiente de las negociaciones; la fase del formateur.