Economía

Regulando el mercado laboral: opciones, costes y futuro

12 Dic, 2014 - - @jorgegalindo

Las instituciones que regulan el mercado laboral, como prácticamente cualquier otra institución en nuestro entorno político, tienen una doble vertiente que es al mismo tiempo contradictoria y complementaria. Kathleen Thelen lo explica bien aquí, y la mayoría de ideas desarrolladas en el presente texto se inspiran en este libro. Sirven las instituciones, decía, para delimitar el conflicto entre capital y trabajo, agentes con intereses eminentemente contrapuestos en muchos aspectos. El trabajador quiere ganar más dinero en menos horas y con menor esfuerzo, minimizando la probabilidad de perder su empleo. El capitalista desea justo lo contrario: pagar salarios más bajos por más productividad, contratar y despedir cuando así lo consideren adecuado. Sin embargo, empleador y empleado comparten también un interés común por el tamaño del pastel, no solo por el pedazo que cada uno se lleva a su casa. A ambos les va bien que la economía crezca. A más, mejor. Y para ello es necesario que tanto unos como otros rebajen un poco sus demandas en la dimensión del conflicto laboral. Las instituciones sirven de marco de referencia para resolver conflictos y encontrar puntos en los que cooperar de una manera sostenida.

Centrémonos en el aspecto de la contratación y el despido. La flexibilidad tiene la ventaja para el capitalista de permitirle ajustar los factores de producción como le venga en gana, de acuerdo con las variaciones en la demanda. La seguridad garantiza, por contra, trabajadores con un horizonte de futuro más claro y por tanto más motivados y, normalmente, también mejor formados. Los beneficios de tener un ingreso seguro son obvios para el empleado. Respecto a la flexibilidad, la única ventaja que le puede reportar es mejorar el tamaño del pastel: al menos en teoría, reducir rigideces en el lado de la oferta mejora el comportamiento de la economía. También, si todo funciona bien (el paro es bajo) y la persona en cuestión está lo suficientemente formada, un mercado de trabajo flexible proporciona al trabajador incentivos para mejorar en su carrera de. Sin embargo hay que tener (muy) en cuenta que esta es una promesa, en principio relativamente vaga, y no necesariamente creíble.

Es en este dilema entre flexibilidad y seguridad donde las instituciones entran para proporcionar un punto de equilibrio. De manera esquemática las muchas posibilidades del menú regulatorio pueden resumirse en un esquema de dos ejes donde el eje horizontal indica en qué medida estamos dispuestos a proteger al trabajador de manera individual a través de subsidio de desempleo e inversión universal en formación, sobre todo para aquellos que se queden atrás en un proceso de renovación tecnológica. El eje vertical, por su lado, se refiere al nivel de protección al puesto de trabajo que ocupa cada persona (empleada), normalmente conseguido incrementando los costes por despido y las trabas administrativas o legales para ello puestas a los empresarios.

reformaslaborales

Este esquema nos deja con cuatro posiciones ‘típicas’ posibles. En el cuadrante superior derecho se encuentra el modelo súper-protector, donde tanto la red de seguridad para cada trabajador como la regulación por despido son muy elevadas. La Suecia o la Alemania de los años setenta son ejemplos bastante claros. En el punto contrario, el inferior izquierdo, tenemos a los países liberales. Allí es muy fácil despedir y el trabajador también lo tiene difícil una vez está en el paro, más o menos abandonado a su suerte (recordemos que hablamos de modelos absolutos, la realidad siempre es más matizada). Los otros dos cuadrantes representan los casos mixtos, propios de la Europa continental. Arriba a la izquierda se encuentra la opción de proteger al puesto de trabajo sin hacer demasiado caso al trabajador despedido. Aquí estaban todos los países mediterráneos hasta hace poco. Pongámonos en la España o en la Italia de hace un par de décadas o tres. Despedir era muy caro, y una vez en situación de desempleo el Estado te ayudaba más bien poco. El último cuadrante, el inferior derecho, es un lugar poco común: el despido es relativamente fácil y accesible, pero el trabajador cuenta (idealmente) con una gran cantidad de ayudas a su disposición para minimizar el efecto del desempleo sobre su renta presente y futura. La Dinamarca de los noventa (quizás no tanto la de hoy) es el ejemplo más citado.

No hay países en el mundo que tengan una economía abierta al comercio internacional y/o unos mercados de bienes y servicios relativamente libres y, al mismo tiempo, se encuentren en la parte superior derecha del gráfico. La razón es la que mencionaba al principio: trabajadores y empresarios necesitan encontrar un compromiso entre redistribución y crecimiento. Este punto suele anular o hace disminuir severamente la productividad. Por tanto queda fuera del menú para la mayoría de países desde, al menos, principios de los años ochenta.

Tampoco hay naciones que estén en el punto superior izquierdo… de manera pura. Lo cierto es que la mayoría de estados occidentales tienen instituciones reguladoras de la contratación y el despido que son una versión modificada del «protejamos mucho al puesto de trabajo y poco al trabajador sin empleo». Se trata de la segmentación, dualidad, precariedad… como se le quiera llamar. El caso es simple: un grupo de empleados con poder de negociación considerable por razones variadas dispone de un nivel de protección contra el despido considerablemente alto, mientras que la necesidad de flexibilidad para adaptarse a los vaivenes de la economía se transfiere a otra parte de los trabajadores. Los precarios, los outsiders. Normalmente bajo modelos de contratación distinto al de los puestos más estables, su acceso a sistemas de formación y rentas durante el desempleo es relativamente baja. Es éste el caso no solo de España, sino también de Alemania, de Italia, de Francia o incluso, cada vez más, de Suecia. En realidad, ni siquiera los países considerados miembros del club de la seguridad flexible se libran de segmentar a su mercado laboral.

No, ni siquiera Dinamarca, donde los trabajadores migrantes tienen un estatus considerablemente más degradado que los nacionales. Ni Holanda, donde las mujeres en posiciones de tiempo parcial abundan, a pesar de que se encuentran en una situación comparativamente mejor a la española. Es, en última instancia, una cuestión de grado. Y precisamente por ello hay espacio para mejorar. Poco o bastante en los países mencionados en este párrafo, mucho o muchísimo en el nuestro. Si alguien me pregunta, un sistema en el cual el despido tenga un coste idéntico para todos pero lo suficientemente elevado como para evitar abusos por parte del empleador, incluyendo un sistema de mochila austríaca y complementado con una gran inversión en formación y subsidios de desempleo sería un ideal interesante a alcanzar. O al menos a considerar. Pero claro, tienen que hacerlo todos los asalariados a una.

La clave es que en una economía dual los trabajadores están divididos: tanto en sus posiciones dentro del mercado laboral como en su relación con las instituciones y, por tanto, en sus actitudes políticas frente a las mismas. A más segmentado está el mercado de trabajo, más difícil es salvar esta brecha y construir coaliciones sólidas que permitan plantarse ante los empresarios y decirles algo como que de acuerdo, vamos a ver cómo podemos conseguir más y mejor crecimiento (productividad, al fin y al cabo) todos juntos sin que nos robéis la cartera. La precariedad selectiva no solo destroza económicamente a los individuos que la sufren, también les roba de sus manos la capacidad de influir políticamente para mejorar su situación.

Asumamos, pues, que en el largo plazo la dualidad es una mala idea para todos. De la misma manera que si alguien propone ir hacia un modelo de flexibilidad absoluta le exigimos que especifique en la etiqueta el coste en términos de incremento de la desigualdad y pérdida de poder relativo de los asalariados, deberíamos pedir a quien sugiere volver a un pasado ultra-regulado (que, por otra parte tampoco existió jamás en España) que subraye los problemas que supondría para todos en un marco de economía de mercado*. Quien ponga una combinación de flexibilidad y seguridad sobre la mesa tendrá que exponer, por tanto, que el objetivo es encontrar un equilibrio entre las demandas de crecimiento y la necesidad de que éste se encuentre bien repartido, de manera que ni el balance económico ni el político se vean descompensados hacia uno de los grupos en liza. Necesitamos competir, pero probablemente deseamos cooperar. Solo que no es fácil dar el salto.

———————————–

Nota bibliográfica. Para quien quiera profundizar en la argumentación aquí desarrollada recomiendo el nuevo libro de Kathleen Thelen, Varieties of liberalization, del cual he robado parte del marco de análisis (aunque ella se centra más en el ámbito de las políticas activas de empleo). En el primer capítulo (PDF) se encuentra una revisión de la literatura donde expone la contradicción entre quienes ven a las instituciones como instrumentos de conflicto destinados a asegurar la protección de los trabajadores (desde Marx hasta Esping-Andersen, de quien el esquema elaborado por Thelen y reelaborado arriba por mí es obvio deudor, y Korpi), y quienes por contra las ven como puntos de cooperación (sobre todo los autores adscritos al llamado paradigma de las ‘Variedades del capitalismo’ o Varieties of Capitalism).

Respecto a la pregunta de por qué en algunos sitios la regulación laboral es más segmentada que en otros, la verdad es que aún estamos intentando responderla y es posible que la trate aquí en el futuro. Un punto de partida razonable son los trabajos de Gilles Saint-Paul, aunque él solo da un modelo general y no se preocupa de las diferencias para toda Europa. Entre otras muchas contribuciones, destacaría la visión de Iversen y Soskice como evolución del paradigma de Varieties of Capitalism hacia algo que acepta más la importancia del conflicto en la definición de las instituciones (el libro de Thelen recoge esta evolución y la lleva más allá); también este manuscrito de David Rueda junto a Wibbels y a Altamirano (PDF) es notable, sobre todo en la forma en que se acercan a la estructura económica como causa de la variación entre países; de hecho, es en parte un acercamiento a las posturas un tanto más «funcionalistas».

———————————–

*Entiendo que haya quien ponga en cuestión todo el modelo de «mercado regulado», por supuesto, pero en tal caso el debate sube un peldaño, y necesariamente tiene que explicar por qué considera que éste ha sido un fracaso para países como el nuestro. Buena suerte con ello, la verdad. Más aún con forjar un amplio consenso anti-capitalista.