Política

Primarias, Congresos y el dilema interno del PSOE

28 May, 2014 - - @jorgegalindo

Si hay un momento en el cual un partido puede cuestionarse a sí mismo y cambiar su orientación y su liderazgo, este momento es la derrota electoral. Es entonces cuando los beneficios de abrir un debate interno superan a los (ya asumidos) costes: cuando todo va mal es que toca cambiar, sencilla lógica. Pero solo aparentemente. En este trance se encuentra el PSOE.

Los votantes quieren partidos que se encuentren cercanos a su forma de ver el mundo, que se adapten a los cambios y sean capaces de ofrecer propuestas sólidas. Para un partido con aspiración de gobierno como el PSOE su votante tipo no es una persona muy ideologizada, pero éstos sí que conforman, lógicamente, una parte más importante de su militancia y de sus cuadros medios.  Pero no todos ellos lo son, de manera que (como explicamos con más detalle en La urna rota) hay un nutrido grupo de moderados o pragmáticos dentro de la organización. Moderados en el sentido de que desean ganar elecciones aún a costa de ceder en algunos puntos de su programa político ideal, algo que suele enfadar bastante a la mayoría de militantes con altas prioridades ideológicas. Y los votantes potenciales, que en general van a ser más si el partido es capaz de forjar una coalición entre moderados e ideólogos, no solo penalizan la lejanía del partido con respecto a su posición: también ven con muy malos ojos la división interna del partido. Por tanto, embarcarse en un debate público sobre el liderazgo y la dirección del mismo tiene costes, incluso tras la derrota, igual que los tiene el no hacerlo. El partido se ve atrapado entre la necesidad de discutir para forjar una coalición y la imposibilidad de hacerlo en voz demasiado alta.

La decisión de la actual cúpula de convocar un Congreso Extraordinario para escoger al Secretario General antes que las prometidas primarias abiertas responde a este dilema anteponiendo la seguridad al debate inmediato. En un Congreso son los delegados enviados desde cada rincón del partido en España quienes escogen a un líder. Se trata aparentemente de un proceso poco disruptivo (o menos disruptivo que unas primarias abiertas) y que puede caer fácilmente bajo la influencia de la parte fuerte de los líderes, particularmente de aquellos con cargos orgánicos, votos y recursos que poner sobre la mesa. Elegir el Congreso es normalmente una forma de asegurar una transición más tranquila, menos aparente. El Congreso organizaría las normas de las (supuestas) primarias posteriores, previsiblemente incrementando las barreras de entrada en la competición para aquellos que no forman parte del ‘círculo deseado’ por la dirección actual.

Pero el PSOE de hoy adolece de una creciente desconexión entre los dirigentes y una parte de sus militantes. Este grupo, independientemente de su tamaño y representatividad, está dispuesto a hacer todo el ruido necesario dentro y fuera de la organización para lograr hacer valer su voz. No solo eso, sino que además algunos de los candidatos potenciales a unas hipotéticas elecciones primarias ya habían venido tomando posiciones y acumulando recursos y capital social de cara a una competición más o menos abierta. Ahora entienden que priorizar seguridad sobre pluralidad no asegura que la segunda vaya a tener lugar de todas maneras. Es decir: no creen que el sistema de elección primaria salido del Congreso sea lo suficientemente equitativo como para que ellos puedan competir en igualdad de oportunidades con un supuesto candidato de la cúpula. Por tanto, están discutiendo la decisión de colocar el Congreso antes que las elecciones primarias. Es su manera de presionar a la dirección actual: como dentro de los órganos de decisión no pueden, emplean su capital público en declaraciones a los medios y allegados.

Ante tal situación y el revuelo formado en menos de 24 horas, el PSOE está sopesando la posibilidad de que el nuevo Secretario General sea escogido por voto de la militancia. Esta solución intermedia ofrece cierto poder a aquellos que estaban haciendo más ruido por haberlo perdido: los militantes que presumiblemente desean un cambio más profundo y los candidatos que ya se estaban preparando desde antes para concurrir en unas elecciones primarias. Sin embargo, es desde luego una alternativa mejor para quien está más metido en el aparato, pues podrá manejar con más soltura presiones formales e informales, reglas de juego y demás palancas con objeto de hacerse con la Secretaría General. Es natural, por tanto, que los candidatos más ajenos al aparato actual, no digamos ya aquellos que ni siquiera tienen escaño en el Congreso, vean esta opción intermedia aún con recelo. Además, la posterior celebración de primarias abiertas a todo simpatizante y ciudadano quedaría aún más diluida: dos elecciones seguidas realmente abiertas y competitivas, a Secretario y a candidato de la oposición, se antoja un tanto excesivo para cualquier organización con ciertas aspiraciones de seguir siendo coherente. Por último, es posible que una elección restringida a la militancia diese como resultado a un líder considerablemente alejado del conjunto de la ciudadanía. Si los ideólogos consiguiesen organizarse

La decisión del PSOE dista de ser fácil. El Congreso ofrece seguridad pero no parece favorecer la cohesión interna ni con el conjunto de los votantes. Las primarias abiertas suponen un riesgo de pérdida de control en un momento delicado, algo que determinada gente dentro del partido no parece dispuesta a asumir. Y las primarias cerradas, si están controladas por la cúpula darán un resultado muy similar al Congreso (división interna incluida), y si no, podrían mover al PSOE lejos del votante mediano que le puede permitir optar a recuperar el Gobierno. Optar por un Congreso que organice unas primarias realmente abiertas pero con candidatos asegurados y reglas claras y legitimadas sería una opción ideal… si no fuese porque no hay forma de hacer tal compromiso creíble: una vez en su lugar, la nueva cúpula tiene todos los incentivos para diluir el proceso de elección posterior y afianzar su liderazgo. Es el problema eterno de cambiar los incentivos en una organización: sueles necesitar a alguien con poder y el suficiente arrojo para tomar una decisión polémica que va a perjudicar a muchos en el corto plazo, y atar las manos en el largo. Es cierto que unas primarias abiertas por sí solas no iban a cambiar ni al PSOE ni a ningún partido de la noche a la mañana, que idealmente otras reformas como separar algo más los partidos de las Administraciones para evitar el patronazgo y el reparto de cargos o desbloquear las listas electorales ayudarían considerablemente a incrementar la competencia interna de los partidos. Pero, desde luego, la oportunidad para probar unas primarias abiertas en uno de los dos grandes partidos era, y es, ahora. Queda por ver si el arrojo gana a los incentivos existentes.