Política

Claves sobre la ley del aborto

26 Dic, 2013 - - @jorgesmiguel

A veces las organizaciones políticas parecen esforzarse mucho para que no veamos la racionalidad electoral o estratégica que hay detrás de sus decisiones. Es el caso del reciente anteproyecto de ley del aborto promovido por el ministro Ruiz Gallardón. Aparte de que la ley sea un disparate en sí misma, que previsiblemente creará muchos más problemas de los que resuelva, no es ningún secreto que los presupuestos y la forma del nuevo texto legal provocan rechazo no sólo en la mayoría de votantes y en el centro político, sino en una parte sustancial del electorado del PP. Cabe por tanto preguntarse qué sentido tiene desde el punto de vista del partido de gobierno promover la ley en este momento, cuando, en lugar de alborotar el escenario con guerras culturales de infausto recuerdo, el rumbo hacia las elecciones de 2015 parecía más o menos claro: intentar capitalizar la estabilización de la economía y la ausencia de una alternativa clara de gobierno.

Por supuesto, que no se vea la racionalidad a simple vista no significa que no exista. Aunque no es menos cierto que en toda organización hay múltiples fines, y los electorales, con ser centrales, no son los únicos que hay que tener en cuenta al analizar la actuación de un partido de gobierno. Sabiendo esto, y asumiendo que no tenemos el conocimiento interno preciso para hacer otra cosa que especulaciones, podemos aventurar algunas claves sobre la ley del aborto del Partido Popular.

Una posibilidad es que el PP cuente con sondeos o alguna información de carácter interno que le indique fugas a la derecha de su electorado. Partidos como UPyD o C’s le han arrebatado parte de su tradicional agenda de oposición; una parte que, en cualquier caso, y como es lógico, se retrae cuando se cuenta con el poder nacional y autonómico de forma abrumadora y se tienen tareas de gobierno. El abandono de Santiago Abascal y algunas reacciones a la derogación de la doctrina Parot apuntan asimismo en esa dirección.  ¿Podrían surgir focos a la derecha del PP y entre su electorado tradicional que amenacen la victoria en 2015? Como sabemos, los votos del PP suelen ir «contados» y, en este sentido, perder parte de su base más fiel podría hacer sonar las alarmas. No obstante, soy escéptico con la posibilidad de que se consoliden esos focos, al menos con la relevancia precisa, y, en general, con esta línea de argumentación como explicación única de la ley.

Otra opción, que tiene que ver con la anterior pero no es idéntica, es que la ley Gallardón responda a equilibrios de poder dentro de la agenda gubernamental. El control del partido por un liderazgo «blando», de perfil ideológico bajo, como es el de Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría y su equipo, requiere hacer guiños y entregar parcelas de poder a otras familias populares. Por ejemplo, el gobierno cuenta con varios ministros del entorno del Opus Dei. Como no tenemos esa información insider a la que me refería, tampoco podemos hacer otra cosa que cábalas aquí.

No obstante, y con la descarada intención de llevar este debate a mi terreno, quiero plantear otra hipótesis, complementaria con las anteriores. Cualquiera que lleve tiempo en el debate político sabe que algunos grupos de activismo y lobby anti-aborto particularmente combativos, como el Foro Español de la Familia o Hazte Oír, se han organizado especialmente en la última década y cuentan con estructura, recursos y mensaje. No sería descabellado pensar que el trabajo de estos grupos haya contribuido a dar impulso a la ley Gallardón, a formar las coaliciones que estén detrás del proyecto o a modelar su forma. Y esta sospecha me lleva a una reflexión más general.

La retórica de los derechos, ya se aplique al aborto, al matrimonio homosexual, a la legislación laboral o a lo que se nos ocurra, es sin duda un mecanismo ideológico potente, capaz de generar apoyos y aportar legitimidad. Pero, en casos como el que nos ocupa, no puedo evitar pensar que en ocasiones quizás contribuya a desarmar al bando defensor, en la medida en que distrae de la naturaleza esencialmente política que siguen teniendo las decisiones y los procesos legislativos. Los grupos a los que me refería antes parecen saber que se precisan acciones políticas concretas para revertir una legislación que les parece inmoral, y que esas acciones tienen que responder a objetivos definidos y contar con medios apropiados. Por el contrario, mi sensación es que el proyecto del PP toma a la gran mayoría de la sociedad civil que se opone a la ley por sorpresa, confiada a la retórica de los derechos e incapaz por ahora de otra cosa que las consabidas acciones reactivas. Se trataría entonces de un típico caso de minoría organizada frente a mayoría desorganizada, casos en los que ya sabemos quién lleva las de ganar.

Con esto no pretendo decir, claro, que la responsabilidad de la ley corresponda a nadie más que al gobierno y, en todo caso, a los hipotéticos grupos y actores que estén aportando al proceso legislativo. Pero sí, una vez más, que la sociedad civil española tiene que salir de la minoría de edad, de la desorganización y de estrategias centradas en predicar a los ya convencidos o buscar la cómoda sombra de los partidos, sindicatos y fuentes de financiación pública más afines. Los gobiernos y los escenarios políticos cambian, y hay que acostumbrarse a tratar de formar coaliciones o, al menos, tener canales de comunicación a lo largo del espectro político. Es evidente que en el PP y su entorno hay muchas personas a las que el anteproyecto de ley del aborto no les gusta, o incluso les repugna. Y esto valdría igualmente para la política sanitaria, los recortes en investigación, la ley hipotecaria y prácticamente cualquier tema que se nos ocurra. A menudo las organizaciones nos parecen monolíticas no porque lo sean, sino porque no estamos haciendo nuestro trabajo.

En definitiva, hay que reconciliarse con el hecho de que, en una sociedad plural, existen opiniones y sensibilidades para todos los gustos -pero también dentro de las organizaciones, lo que ofrece oportunidades a quien quiera buscarlas. A veces los que opinan distinto de nosotros, por estúpidos, retrógrados o pueriles que nos parezcan, se organizan y nos dan una sorpresa. Por eso mismo no conviene dar nada por sentado, ni sirve refugiarse en descalificaciones genéricas o exhibiciones de superioridad moral. Al final del día, o haces política, o te la hacen.