Política

Lo primario sobre primarias

21 May, 2013 - - @kanciller

En una interesante entrevista de Astrid Barrios a Miquel Iceta, diputado y durante muchos años hombre fuerte del PSC, se destacaba su frase “El sistema de primarias para elegir candidatos debería ser la norma y no la excepción”. El propio Iceta llegó a interpelarnos en comisión a la profesora Tània Verge y mí sobre en qué medida las primarias podían afectar a la paridad, lo que revela un genuino interés en el tema. Sin ir más lejos, el tema de la democracia interna en los partidos forma parte del conjunto de reformas institucionales que se están planteando con más fuerza en el contexto actual, con reforma de la Ley de Partidos incluida.

¿Por qué se democratizan los partidos? ¿Por qué un líder político orgánico, que concentra gran poder dentro del partido, decide abrir sus estructuras? Una parte de la literatura dice que la democracia interna en los partidos llega como una reacción a sus sostenidas caídas en las tasas de afiliación y la desconfianza en estas organizaciones. Otra parte, a mi juicio de manera más convincente, se ha centrado en la interacción entre los líderes y las bases como principal explicación. Son las dinámicas del conflicto intra-partido las que llevan a movimientos en esa dirección. De hecho, la regularidad empírica indica que los partidos tienden a “democratizarse” cuando están en la oposición tras una importante derrota electoral o bien se trata de partidos nuevos. Además, suele haber cierto efecto contagio entre partidos del sistema. Cuando uno se democratiza, los demás tienden a imitarlo.

En el caso español no ha habido, al menos hasta 2008, un efecto de apertura interno de los partidos hacia primarias, cosa más común en nuestro entorno (Francia o Italia, por ejemplo). Aun así, tenemos partidos que han optado por las primarias como mecanismo por defecto para la selección de líderes (UPyD, ICV y ERC). De igual modo la imposibilidad de remontar en la encuestas del PSOE y PSC – con sus respectivas tensiones internas – abren una importante ventana de oportunidad para que los socialistas implementen esos mecanismos. Sin embargo, tengo la impresión de que cualquier aproximación afectiva a las primarias sería un error. No es razonable defenderlas como un bien en sí mismo, son un mecanismo de selección de líderes y como tales deben analizarse. Hay varios elementos a plantear cuando se discute sobre ellas.

El primero se refiere a los recursos para la competencia interna. Cuando se convocan unas primarias, un primer elemento que el partido debe tratar la distribución de recursos (dinero, estructura, etc.) entre los candidatos. En el caso de las primarias de EEUU la solución es fácil ya que son los propios candidatos los que se los procuran. Su solución a este dilema es la natural dado que allí los partidos son plataformas – coaliciones variables de intereses – en las  que los militantes tradicionales no son comparables a lo que tenemos en Europa. De hecho, el político puede fácilmente ser un outsider tipo Governator.

En el caso de Europa y España, tenemos partidos como organizaciones y ello necesariamente hace que la solución al dilema no pueda ser automática. Un sistema de primarias abiertas colisiona con 1) La lógica de un aparato no necesariamente de la cuerda de todos los candidatos y 2) El reparto de los recursos de la organización. Lo primero, en algunos sitios, se intenta solventar con la paulatina apertura a primarias del método de selección de los líderes orgánicos – aunque la bicefalia sigue siendo posible. Lo segundo, con un reparto equilibrado de los recursos y con la presunción de una organización “neutral”. La tensión, en todo caso, sigue presente (sin olvidar que hay recursos informales, como acceso a medios de comunicación, difíciles de repartir).

Un segundo tema es la gestión de la división. Sabemos bien que en España el ruido interno en los partidos pasa factura en las urnas, por las razones que sean. En una competición de primarias la fragmentación interna es inevitable – realmente, solo la hace explícita porque ya existía – pero hay que descontar cierto efecto electoral. Aunque el contra argumento razonable es que la pluralidad de candidaturas podría motivar a más electores, también es cierto que al final solo gana uno, con lo que igualmente podrían quedar enajenados los más afines a los perdedores, que ya han hecho explícita su competencia con el ganador.

¿En qué medida se puede ganar elecciones con candidatos salidos de primarias? Este dilema es un clásico de la ciencia política.  May estableció que los estratos intermedios de los partidos siempre tienen posiciones más radicalizadas que los votantes, más moderados, y si estos controlan la selección pueden elegir candidatos no viables por radicales. La revisión de Kitschelt habla de distinguir entre “ideólogos” y “pragmáticos” entre los miembros del partido, así como su posición en cada estrato. En cualquier caso, el selectorado, o cuerpo que elige al candidato, es fundamental. Más abierto minimiza el rol de los equilibrios internos, pero también abre la puerta a ser capturado por externos no necesariamente más moderados. Que se lo digan a los republicanos y al Tea Party.

En tercer elemento es el que se conecta con la selección adversa. He hablado hasta el aburrimiento de la selección en partidos, pero es interesante pensar que para cortocircuitar este problema se puede optar tanto por las primarias como por la cooptación desde arriba. Ninguno de los dos garantiza elegir un candidato competitivo. Ahora bien, sobre los criterios de voto de los militantes sería una asunción heroica pensar que van a operar en términos racionales – votar por un candidato que les cae mal aunque tenga más opciones de ganar – o que están perfectamente informados – por ejemplo, del equipo que elegirá el ganador. Podría ser que temas como intereses territoriales u organizativos terminen primando en función de consignas de líderes intermedios, algo bien alejado de las intenciones iniciales con las que se hacen unas primarias.

Por último, hay que pensar que unas primarias implican escoger a un líder con importantes poderes en un entorno de organizaciones – partidos de masas – y unos sistemas electorales – con listas proporcionales – que no son los mismos que en Estados Unidos. Una democratización efectiva de un partido pasaría por una selección abierta de todos los cargos. Sin embargo, las primarias parece que están pensadas para reforzar la presidencialización de nuestros partidos, lo que tiene luces y sombras. Aunque la corriente de simpatía por las primarias tiene un noble fundamento (y de hecho soy partidario de este sistema dado cómo funcionan algunos de nuestros partidos) conviene aplicarlas con cautela para minimizar sus aspectos negativos. Hay que evaluar el mecanismo, no las buenas intenciones.

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Cuatro bolas extra:

Primera: No tenemos evidencia empírica que relacione la corrupción con los métodos de selección de liderazgo. Se ha planteado que la competencia interna podría servir para desplazar a los corruptos como cargos del partido pero hay buenas razones para ser escépticos con esta idea. Si el control vertical de los corruptos no se da ni entre los votantes, más complicado es que se dé en un selectorado potencialmente más reducido e ideologizado.

Segunda: Unas de las primarias  más curiosidad me despiertan son las de UPyD en la Comunitat Valenciana y Madrid. Si allí pueden ser llaves del gobierno –según las encuestas de momento –, será interesante ver si se dan tensiones entre el centro y la periferia en las primarias y quien puede salir elegido.

Tercera: Barcelona será un caso interesante para ver en qué medida las primarias abiertas permiten al PSC de la ciudad volver a ser competitivo. Por supuesto, su éxito final dependerá mucho de factores contextuales que nada tienen que ver con ello – ni mucho menos los más propicios para ellos – pero esta es una bala de plata muy osada. Quizá la última.

Cuarta: UPN vota de manera democrática entre sus afiliados por su presidente, vicepresidente, 17 miembros del consejo político y su consejo político (75 integrantes) con listas abiertas. En el congreso del pasado marzo Barcina ganó la presidencia, vicepresidencia, 16/ 17 puestos del Comité y 60/75 puestos en el Consejo.  Ya se sabe, las listas abiertas, siempre contribuyendo a la democracia orgánica.