Internacional

El fantasma de Woodrow Wilson

17 Nov, 2012 - - @egocrata

Un grupo de intelectuales y académicos catalanes han creado un grupo llamado Col·lectiu Wilson para pedir el derecho a la autodeterminación de Cataluña. Dejando de lado que odio la palabra autodeterminación (llamarle secesión, por favor – es más claro) y que no tengo demasiados problemas filosóficos sobre la posibilidad de convocar un referéndum, hay algo que me ofende profundamente de este grupo: el nombre.

Dicho en breve, Woodrow Wilson era una mala persona, y fue un mal presidente. Como persona, Wilson fue un racista despreciable que provocó un retroceso considerable en los derechos civiles en Estados Unidos. Durante su mandato impuso la segregación entre los trabajadores federales, expulsándolos de puestos de responsabilidad. Wilson impuso la práctica de lavabos y comedores separados racialmente en el gobierno, sin ir más lejos. Sé de sobras que estamos hablando de 1912 y eran tiempos distintos, pero estamos hablando de un involucionista entusiasta.

Como Presidente, su legado es más complejo. En política interior tiene algunos logros considerables (la creación de la Reserva Federal siendo probablemente el más importante), pero su política exterior fue un absoluto desastre, especialmente si hablamos de sus efectos a largo plazo. De todas las ideas erróneas, torpes y mal diseñadas salidas de un Presidente de los Estados Unidos, pocas han hecho más daño que los catorce puntos de Wilson y su influencia en los tratados de Versalles.

Los puntos realmente sangrantes son los últimos seis. Tenemos, para empezar, la quijotesca idea de la diplomacia pública y la Sociedad de Naciones, que no sirvieron para nada. De forma más grave y dolorosa, sin embargo, tenemos la partición de Austro-Hungría y el Imperio Otomano según criterios de autodeterminación, la reorganización de los Balcanes siguiendo criterios parecidos y el acceso de Polonia al mar.

Estos cuatro puntos, lejos de crear estabilidad en el continente, acabaron por ser una fuente casi inagotable de problemas. Los estados sucesores del Imperio Austro-Húngaro acabaron siendo o bien estados fallidos o contrapesos patéticamente insuficientes para contener Alemania. El corredor del Danzig se convirtió casi de inmediato en un casus belli. El intento de dibujar fronteras étnicas en toda la región acabó por dejar minorías cabreadas (habitualmente alemanas y húngaras) en medio continente. Los Balcanes, no hace falta decirlo, siguieron siendo el manicomio étnico que era antes, con todos los implicados aún pegándose tiros alegremente hasta finales del siglo XX. Sobre el Imperio Otomano, basta echar un vistazo al Siria, Palestina y el resto del vecindario estos días para darse cuenta que la partición acabó en una monumental chapuza neocolonial.

Entiendo que haya gente que esté a favor de la secesión de Cataluña. Es algo perfectamente legítimo, ningún problema con ello. Pero crear una plataforma a favor de la autodeterminación y llamarla Wilson es como crear el instituto Atila de resolución pacífica de conflictos. La Primera Guerra Mundial ha marcado la historia del último siglo más que ningún otro conflicto. El fantasma de Woodrow Wilson sigue vivo, y su legado no es precisamente alentador.