En las pasadas elecciones generales es evidente que el partido en el poder perdió por la penosa situación de la economía. Se puede debatir sobre si lo que llevó esa derrota fue la crisis per se (los demoledores datos de paro hicieron su trabajo autónomamente) o la gestión política de la misma (para unos la ausencia de reformas, para otros el giro copernicano de mayo de 2010). Sea como sea, hay acuerdo en que la cartera se ha vuelto un elemento central a la hora de evaluar a los gobiernos y los votantes habrían decidido que ante las continuadas derrotas de su equipo es imperativo echar al entrenador. Sin embargo me sorprende que echando un vistazo rápido a la literatura sobre voto económico para el caso de España no hay demasiada cosa. Tenemos algunas contribuciones de Marta Fraile a la materia y me consta que en libro del CIS sobre las Generales de 2011 tratará el asunto a fondo pero visto que la crisis va para largo merece la pena indagar más a fondo la cuestión.

Sobre temas de voto económico he dado con un artículo de Lewis-Beck y Nadeau que tratan el asunto poniendo énfasis especial en el Sur de Europa, justo aquellos países que más nos interesan. La teoría clásica del voto económica dice que cuando la economía va bien los votantes suelen votar por el gobierno pero que cuando la cosa va mal le retiran su apoyo. Tomando una decena de países de Europa occidental en cuatro puntos en el tiempo (1988, 1994, 1999, 2004) y partiendo del European Election Studies (EES) los autores tratan de dar respuesta a dos preguntas. La primera es si existe el voto económico en todas partes, es decir, si la percepción de la economía tiene un efecto significativo a la hora de hacer que los votantes se inclinen más por apoyar al gobierno al margen del contexto específico del país. La segunda pregunta, que tiene más enjundia, es si el voto económico es más fuerte para los PIGS (en adelante países periféricos) que para el resto de Europa. Su hipótesis es que esto sería así por dos razones. Primero, porque hay menos partidos en el gobierno y por lo tanto las responsabilidades de la gestión son más claras y segundo, porque como los países periféricos tienen la economía peor en términos agregados con lo que este asunto es más importante para los votantes.

En su análisis en dos niveles los autores aportan respaldo estadístico a sus ideas. Sí, se vota pensando en hacer rendir cuentas por la gestión de la economía en toda Europa Occidental. Y sí, para los países periféricos la percepción de la economía tiene un efecto más fuerte que en el resto de Europa. Sin embargo este último hallazgo, que es el más interesante, es al mismo tiempo el más especulativo. Los propios autores reconocen que su bajo número de observaciones debe llevar a la cautela – cazadores de artículos, aquí hay trabajo – si bien señalan que tanto la claridad de responsabilidades como los (malos) indicadores económicos se asocian con la fuerza de los coeficientes. Dejando de lado temas más técnicos de medida es importante  indagar un poco en los mecanismos causales: ¿Por qué un español medio podría votar más pensando en la cartera que un británico o un danés?

El hecho de la claridad de responsabilidades es un clásico dentro de la literatura. Cuando hay gobiernos de coalición los miembros del ejecutivo tienen una tendencia natural a pasarse el muerto entre sí (en especial si la gestión es mala) y a los propios votantes les resulta más complicado saber quien es responsable de qué. Esto en términos de voto retrospectivo tiene influencia al dificultar la rendición de cuentas. Sin embargo, cuando hablamos de voto económico y gobiernos de coalición se podría hilar un poco más fino. Asumamos por un momento el supuesto – no siempre igual de heroico – de que los votantes perciben la economía igual que como marcha realmente. Pues bien, podría argumentarse que hay algún tipo de asociación entre el tipo de gobierno y la gestión de la economía. Por ejemplo, los gobiernos en minoría suelen gestionar peor la economía, tener menor efectividad legislativa y caer más fácilmente en déficits (casualidades, los últimos dos que hemos tenido). En términos de responsabilidad fiscal otros autores señalan que los gobiernos de coalición los fomentan en mayor medida o que, al menos, gastan más para satisfacer a un electorado más amplio que en gobiernos monocolor. ¿Podría ser que el mecanismo no fuera la claridad de responsabilidades sino que, según el país, se favorecen tipos de gobiernos (coalición, monocolor) que dan pie a rendimientos económicos dispares entre norte-sur? La verdad es que hay un elenco de artículos sobre esta cuestión pero no hay mucho consenso sobre el sentido de los efectos.

Otro asunto es que si los gobiernos de coalición – a través de la “claridad de responsabilidades” – son una de las causas que deprime el voto económico en el resto de Europa, habría que pensar cual es el umbral mínimo a partir del cual este mecanismo empieza a funcionar. Irlanda o Italia han tenido históricamente gobiernos de coalición y en Portugal no son algo tan raro. La única anomalía realmente es España, donde no hemos tenido nunca gobiernos de varios partidos a nivel estatal ¿A partir de qué número de integrantes en el gobierno empieza a considerarse que los votantes no ubican bien las responsabilidades? ¿Podría ser que lo que atempera el efecto del voto económico sea el tener coaliciones muy amplias con pocos partidos? Futuras aproximaciones al tema deberían entrar a fondo en esta cuestión.

El segundo mecanismo que plantean los autores también tiene mucho interés. Un peor comportamiento generalizado de la economía hace que los votantes presten más atención a la dimensión económica y por eso hay más voto determinado por su marcha. Sin embargo, lo que me preocupa de este mecanismo es que tiene serias dificultades para viajar y parece un poco ad hoc para encajar con los periféricos. Incluso siguiendo esta lógica uno debería esperar más voto económico a medida descendamos en el PIB per cápita del país y nos fuéramos, por ejemplo, a América Latina, y es algo que no tengo demasiado claro.  Sobre esta cuestión tengo un par de intuiciones para explicar por qué el voto económico podría ser más fuerte para los países periféricos que no son completamente independientes: el papel del paro y el del crecimiento.

Creo que hay buenas razones para pensar que el empleo es el indicador macroeconómico que más directamente siente la ciudadanía. A un gobierno se le puede ir la mano con la inflación y, si no es una hiperinflación a lo entreguerras, muchos votantes ni se percatarán. Ahora, como se empiecen a destruir puestos de trabajo de manera masiva y la gente se vaya a las colas del INEM con una mano delante y otra detrás, ello afecta al votante intensamente y es más probable que te lo vayan a recordar en las urnas. Siendo esto así, el efecto de la economía como determinante del voto sería una función de lo pro-cíclica que es una economía en la creación de empleo. Si cuando hay crecimiento se generan muchos puestos de trabajo mientras que en recesión se destruyen muchísimos, la población sentiría de lleno el impacto de las crisis. Por lo tanto, sería razonable pensar que la dimensión de la gestión económica cobra aquí un peso especial. Por el contrario, si un país puede tener tasas de crecimiento muy bajas pero esto no afecta de manera importante al empleo, la dimensión económica sigue importando pero en menor medida. Si se puede confirmar que los países periféricos tienen una economía mas pro-cíclicas en empleo (encaja solo en parte) podría ser que esta fuera una explicación.

La segunda posibilidad, más o menos complementaria, es que las crisis no solo tienen un impacto sobre la dimensión de la gestión (la tarta se reduce) sino que afecta de manera importante a la redistribución (el reparto se hace más desigual). Si cuando la economía va bien la desigualdad se reduce o, al menos, no se incrementa, los votantes pueden poner énfasis en la dimensión de la buena gestión económica (hay más empleo) y ser más proclives a premiar a los gobiernos. Sin embargo, si cuando la economía va mal se incrementan las desigualdades entre la ciudadanía se generara un efecto de agravio y de pobreza que podría hacer más proclive al castigo electoral (aventuro más fuerte si el partido en el gobierno es de izquierdas). Por lo tanto, aquellos países que tuvieran mecanismos que amortiguaran los efectos distributivos de una crisis económica (un Estado de Bienestar sólido, vamos), podrían dar menos énfasis al voto económico. Sin embargo, donde no sea así, los bolsillos pesarían en mayor medida también por esta razón.

Aventuradas todas estas ideas, merece la pena pensar más a fondo en el tema del voto económico. Los países de la periferia de la zona Euro estamos inmersos en unas crisis que nos dan la certeza de entrar en la década perdida por lo que la economía y el voto serán temas estará de actualidad durante lo que nos queda de travesía por el desierto. Siendo así y tal como están las cosas no hay duda de que los españoles vamos a votar con la cartera más que nunca, al menos, cuando nos volvamos a ver las caras en 2015. Si queda país para entonces. O españoles en él.