Ahora & tal vez me pidan que trabaje en el IESE

Elegir en la ambigüedad: cosas que la teoría de la decisión puede hacer por usted

14 Oct, 2012 -

Esta es una reflexión que me lleva dando vueltas a la cabeza desde hace cierto tiempo y como hoy es domingo y mañana sacaremos algún post sesudo sobre algún gran tema de nuestro tiempo creo que merece la pena sacarla a modo de divertimento.

Una de los hechos estilizados de la observación psicológica casual es que las personas tendemos a rehuir la ambigüedad. Tendemos a pensar en términos categóricos, cualitativos y absolutos. Separar lo bueno y lo malo, lo conveniente de lo inconveniente, etc. Hacemos y nos demandan que hagamos predicciones relativamente seguras sobre lo que va a ocurrir. Pretendemos que existen cosas que tienen un valor ilimitado. Solemos partir de la base de que muchas cosas no se pueden medir.

Sin embargo, tanto el conocimiento que tenemos de las cosas como nuestro comportamiento respecto a ellas se entienden mejor en términos continuos, cuantitativos y relativos. Lo que estoy planteando aquí no es esto sea superior, es que nadie se comporta según la lógica de los absolutos porque lleva a consecuencias absurdas.

Pensad en el valor. Es algo que he expuesto varias veces: salvo el propio concepto de “bien”, no hay nada que tenga una valor absoluto, porque lo que sea que consideremos “bien” es siempre una agregación, una escala comparativa de distintos bienes y males que nos permiten elegir entre oportunidades y entre amenazas. No hace falta irse a arduas decisiones de política sanitaria. El ejemplo que pongo siempre es el de la vida. Tendemos a pensar que “la vida humana tiene un valor ilimitado”. Pero en la práctica todos dejamos que nuestro hijo de seis años cruce la calle por el paso de cebra aún  cuando existe la posibilidad -pequeña- de que un coche a toda pastilla lo atropelle. Esta acción es incoherente con la idea del “valor ilimitado”: significa que a partir de cierta prudencia en la preservación de la vida, buscamos otras cosas como poder tener una existencia funcional. Entender que esto es así, es decir, que actuamos la mayor parte del tiempo de acuerdo con una conducta distinta de la de un fanático y que tiene sentido hacerlo aunque prima facie parezca contradecir nuestras intuiciones éticas, es algo que en mi opinión facilitaría a la gente la toma de decisiones.

Algo similar ocurre con la “verdad”. Si a uno se le pregunta  explícitamente, todos reconocemos que “en la vida no hay nada seguro”: el ordenador en el que estoy tecleando podría no existir o Rosa Díez ser una mujer de bandera y yo tener alguna deformación visual que no me permita verlo. Pero en general no somos capaces de incorporar este tipo de ambigüedad a las cosas. Tener un convencimiento de que algo sea cierto “al 80%” es algo que la mayoría de nosotros interpretamos como “seguro”. Pero un 20% de error es fallar una de cada cinco veces que es, bastante. La idea de fondo es que “seguro que sí” “casi seguro” son palabras, lenguaje que dan cierta sensación de ser categóricas, no de ubicar intervalos en una escala del 0 al 100.

En la práctica, esto tiene varios problemas que los “behavioural economists” están hartos de hacernos ver. Por un lado, crea sesgos pesimistas u optimistas porque la diferencia entre que algo no ocurra con un 20 % de posibilidades o un 2% es enorme, pero en nuestro esquema mental, al no discriminar entre ambas, tendemos a tomar cursos de acción similares en ambos casos. En la práctica, esto nos hace subestimar sistemáticamente el tipo de riesgos a los que estamos expuestos. Por otro lado, el hecho de no usar la probabilidad para medir nuestro grado de ignorancia dificulta el aprendizaje al incorporar información nueva, es decir, dificulta mucho nuestra capacidad para cambiar de opinión. Cuando uno aprehende la realidad como un continuo de probabilidades, el shock cognitivo que supone que ante un hecho nuevo algo pase de tener una probabilidad del 0,75 a una del 0,45 es considerable pero asumible después de todo. Si uno piensa en términos categóricos, estamos hablando de pasar de algo “seguro” a algo, a lo sumo, “improbable”, lo que no solo es mucho más traumático, sino que en muchos casos simplemente se ignora o se atenúa para evitar el trauma.

No pretendo que esto sea la panacea. Pero es una de esas pequeñas ideas -que los juicios ocurren en la incertidumbre, que todo es ambiguo y relativo- que, después de la de la reflexión, parecen relativamente obvias pero que tendemos a no ser capaces de incorporar en nuestra forma de pensar. Entiendo que es algo que permite que la gente entienda las cosas de una forma más adulta y no vea sus expectativas frustradas y tome decisiones más “racionales”, en el sentido de “coherentes”.