historia

Atenas y el mito de la democracia real

13 Ago, 2011 - - @jorgesmiguel

Una de las cosas que más antipáticas me resultan del 15M es la sobreabundancia de discursos del tipo “todo va mal, pero todo podría ir bien si…”. Si gobernase “el Pueblo” en vez de “los mercados”, si repudiásemos la deuda, si ajusticiásemos a los banqueros en la plaza Mayor, si tuviésemos asambleas populares en lugar de partidos políticos, si hubiese dación en pago, si tuviésemos listas abiertas / circunscripción única / referendos electrónicos cotidianos / escriba ud. aquí su reivindicación…. si volviésemos a la democracia prístina de los atenienses. La apelación a una idealizada democracia griega se ha convertido en uno de los mantras del movimiento. Esto, unido al “método etimológico”, creer que el nombre de las cosas determina o ha de determinar su naturaleza de manera unívoca -o sea, que la verdadera democracia no puede ser otra cosa que el gobierno directo, y cuanto más directo, mejor, del “pueblo”- ha generado en estos meses abundantes dosis de
cháchara democratista, de las que este artículo en El País no es sino el último ejemplo.

Por supuesto, la mención de esa mítica Atenas no es sino el elemento central del “relato de la caída” esencial a todo mesianismo político. Había una vez una democracia de verdad, pero perdimos el rumbo. En este caso, por la “traición” -el también inevitable Dolschtoss– de la “casta política” aliada a los banqueros, entregada a los mercados, etc. El problema es que probablemente no haya un régimen menos susceptible de ser tomado como modelo para una moderna democracia de masas viable que la democracia ateniense, y quienes con tanto ahínco se empeñan en lo contrario probablemente no tienen con la Grecia antigua otro contacto que los deformantes espejos de Hannah Arendt -en el mejor de los casos-; e incurren en todo caso en la falacia, tan común en política, de juzgar la democracia moderna por lo que es en realidad y la antigua por lo que pretendía ser, o por lo que erradamente creen que era.

En primer lugar, como muchos han señalado ya, la democracia ateniense no puede desligarse sin falsear la argumentación del sistema social que la sustentaba y que permitía una clase de ciudadanos con tiempo y autoridad para deliberar. Esto atañe no sólo a la importancia de la mano de obra servil, sino a la propia estructura de la sociedad, basada en la potestad del varón dentro de la familia extensa y que no puede ser más ajena a nuestras propias concepciones posmodernas sobre la libertad, la autonomía y la autorrealización personales, la voluntad individual como elemento central de la decisión política, etc. En realidad, cuando ignoran tan profundas diferencias, los indignados helenófilos no hacen sino seguir la corriente de la tradición política occidental que desde la Edad Moderna se pretende heredera directa de la Antigüedad clásica; olvidando su pasado, menos glorioso pero igualmente real, y a menudo más importante, en las instituciones medievales y en la filosofía política cristiana, en las cortes, los
señoríos y los obispados feudales, en las “selvas de Germania”. Nuestra concepción de lo político y nuestras herramientas conceptuales deben tanto o más a la política medieval que a la Antigüedad clásica; y como muestra de hasta qué punto hacernos herederos directos de griegos y romanos no es más que un mito político, consideremos por ejemplo la relación entre religión y política. Un libro reciente de Francis Oakley, Empty Bottles of Gentilism, explora la institución de la realeza sagrada y su crisis con la llegada del cristianismo, y pone de manifiesto una vez más algo que ya está presente en las páginas de un clásico como Fustel: la política en la Antigüedad nunca fue secular en sentido moderno, sino íntimamente dependiente de las religiones agrarias y de sus
ciclos anuales; e incluso cuando los reyes fueron expulsados de las ciudades antiguas, sus funciones político-religiosas quedaron en manos de magistrados-sacerdotes como el arconte basileus (rey), el rex sacrorum, el pontifex maximus o los flámines. Las monarquías helenísticas, y su versión romana imperial, recuperarán el carácter sacro de la realeza, que no se diluye hasta la Edad Media.

La segunda objeción al mito de la democracia ateniense es que el funcionamiento cotidiano de dicho régimen distaba mucho de la idealizada y edulcorada visión que hoy se distribuye para consumo popular. Vale la pena, por ejemplo, leer el repaso de la cuestión que hace Nadia Urbinati en su artículo ya clásico “Representation as advocacy“. Incluso si pasamos por alto qué porcentaje real de la población ateniense asistía a la ekklesia, no sólo porque tuviera derecho sino porque estuviese en condiciones materiales de hacerlo abandonando otras actividades -y parece que es imposible que en el Pnyx, el lugar de reunión de la asamblea ateniense, cupieran remotamente todos los ciudadanos atenienses en época clásica-, persiste el hecho fundamental de que, como en cualquier otra asamblea multitudinaria, la inmensa mayoría de los asistentes no tomaba la palabra jamás. Los ciudadanos recibían un estipendio por acudir a la asamblea, no por
participar en ella. Y, como en cualquier asamblea, una minoría hiperparticipativa era quien determinaba la agenda y el rumbo del proceso político. Cualquier lector de Tucídides sabe hasta qué punto la política de Atenas estaba dominada por ciertos personajes, camarillas y partidos, y tan sujeta a ciertos condicionantes, inercias y leyes de la acción colectiva como la de nuestras modernas democracias de masas. Creer que los ciudadanos atenienses hablaban y votaban invariablemente desde el corazón o pensando en el bien común, en lugar de defender intereses personales o grupales como sus modernos equivalentes, pertenece a ese género de ingenuidad que sólo se consiente a los adolescentes y a ciertos intelectuales públicos.

Finalmente, el mito de la democracia ateniense permite sostener la ficción de que el gobierno de un Estado moderno puede llevarse a cabo mediante métodos puramente democráticos o deliberativos, cuando la realidad es que el grueso de lo que lo sostiene son procesos de carácter técnico o burocrático donde la “voluntad popular” no tiene espacio para intervenir, o no puede hacerlo sin previsibles destrozos. Como experimento mental, el lector puede considerar por ejemplo si cree que la última burbuja crediticia se hubiese evitado por el hecho de someter los tipos de interés de modo más directo al sufragio. La realidad es más bien que la necesaria participación popular en el proceso político genera no pocos incentivos negativos, de los que la presente crisis ofrece también nutridos ejemplos. Por otra parte, y volviendo a Atenas, no escasean en
la propia historia de la ciudad las decisiones populares con consecuencias desastrosas. Sin ir más lejos, la elección de Nicias para comandar la expedición a Sicilia, cuyo fracaso determinará la derrota en la guerra del Peloponeso y el fin de la democracia ateniense clásica.

Por cierto que esto señala otra cuestión inquietante: la democracia no es una necesidad histórica. Ni la antigua; ni, que sepamos, la moderna. El experimento antiguo acabó por un lado en la monarquía helenística, previo paso por tiranías populares, y por otro en una monarquía militar romana también de tintes e inspiración helenísticos, un proceso desatado precisamente debido al enfranchisement de las masas griegas e italianas -sí, a veces empuñar un pilum hace más por eso que el derecho al voto- y a la quiebra de los viejos órdenes gentilicios y oligárquicos -como simboliza en Roma, por ejemplo, el paso de la tradicional familia agnaticia a la cognaticia común hoy, tras un período de convivencia de ambas modalidades. Como sugerí en otro lugar, cabría incluso imaginar que nos hallemos ahora en una fase afín a esas tiranías populares o regímenes de “representación absoluta”,
que sólo pueden mantenerse mientras su promesa de pan -o crédito- barato es creíble.