historia

La constitución romana

20 Ene, 2011 - - @jorgesmiguel

En ocasiones las fuentes pueden ser una maldición casi tan grande como su ausencia. Por ejemplo, los historiadores tendieron tradicionalmente a confiar en las declaraciones emic de los autores romanos sobre su sistema político y a dar por buenas sus propias categorías, lo que en cierto modo provocó una distorsión del análisis. Este reciente artículo de Eric Posner, «The Constitution of the Roman Republic: A Political Economy Perspective«, es una pequeña contribución al estudio de la constitución romana desde el punto de vista de la teoría del principal-agente y, de modo más general, con una perspectiva politológica que no se limita a recoger las interpretaciones de los autores antiguos o la sabiduría convencional sobre el asunto. El trabajo tiene además la virtud de presentar un resumen muy claro y accesible para el lego de la organización política de Roma durante el
período republicano.

Lo primero que llama la atención de quien contempla el edificio político romano es la extraordinaria elegancia del sistema de checks and balances desarrollado para coartar el poder ejecutivo. Los primeros republicanos temían ante todo la vuelta de la monarquía, y que el monarca se ganase a la plebe redistribuyendo tierra y riquezas de las viejas familias, al estilo de los tiranos griegos. A la vez, era necesario dar voz a las masas asimiladas para evitar la revuelta o la secessio plebis, esa curiosa forma de desobediencia civil ensayada por primera vez, según la tradición, en 494 a.C., cuando los plebeyos abandonaron la ciudad y se retiraron al Monte Sacro. Para ello se instituyó la magistratura del tribunado, y se abrió un proceso por el que las asambleas populares fueron ganando protagonismo a lo largo del tiempo. De hecho, la potestad legislativa fue quedando en manos de la asamblea de los
plebeyos, si bien los patricios dictaban la agenda y se reservaban el grueso de las magistraturas. Además, el carácter de democracia directa de las asambleas no puede ocultar que tanto en los comicios tribunados como en los centuriados el poder real seguía residiendo en los patricios, no sólo por la peculiaridades organizativas, sino por el sistema de patronazgo y clientela que permeaba la sociedad romana y que, haciendo una analogía quizás no demasiado aventurada, podemos equiparar al moderno caciquismo.

Así pues, si la visión clásica de Polibio hacía de la constitución romana un equilibrio casi perfecto entre el elemento monárquico (los cónsules), el aristocrático (el Senado) y el democrático (los comicios), la realidad era que la oligarquía patricia se reservaba los resortes últimos del poder. Con todo, Posner opina que el factor popular era lo bastante importante para considerar a Roma «una república democrática que favorecía fuertemente a la aristocracia, o bien una oligarquía con elementos democráticos significativos». Es preciso entender en cualquier caso -a diferencia de los guionistas de Hollywood- que el sujeto de soberanía en Roma era dual: SPQR, el Senado y el pueblo de Roma.

A la larga, iba a ser precisamente ese factor popular el que decidiera el futuro de la República. El éxito del Estado romano al imponerse como primera potencia mediterránea enriqueció enormemente a la clase patricia -los magistrados estaban sujetos a muchos menos controles en las provincias, y veían sus períodos de servicio como oportunidades de acumular riquezas y bases clientelares de poder que utilizar luego en la metrópoli; así lo hizo Pompeyo en Hispania, por ejemplo. A la vez, la concentración de la tierra en grandes propiedades y la asimilación de las poblaciones de Italia provocó una afluencia de ciudadanos sin recursos ni lealtades previas, que alimentaban el populacho romano y los ejércitos profesionales surgidos de la reforma de Mario. Sila, en un intento por fijar la constitución oligárquica, marcó el comienzo del fin para la República, al iniciar el proceso de destrucción de la vieja clase senatorial con sus proscripciones y definir el ejemplo del caudillo militar que seguirían los grandes
líderes durante los siguientes cien años. La llegada del Principado supone, pese a la propaganda octaviana de restauración de la República, la inauguración de un régimen de representación absoluta, por decirlo a la manera de Hobbes: aunque el anterior elemento democrático desaparece, los intereses de equites, plebeyos, provinciales, etc, obtienen una representación que podríamos llamar orgánica; el emperador que fracasa en la tarea de alinearlos suele perder el cargo y la cabeza.

De hecho, haciendo una reflexión arendtiana, aunque quizás no del todo descabellada, cabría preguntarse si no nos hallamos en un momento histórico similar al Imperio. Un momento en el que el bienestar material de las masas, confiadas a un sistema de representación no absoluta pero insidiosamente difusa, ha sustituido al proyecto ilustrado de libertad y autonomía del que procede nuestra cultura política. Not that there’s anything wrong with that… Además, conviene recordar que bajo los altos ideales late siempre algo mucho más prosaico y comestible.