Soledad Gallego-Díaz tiene hoy uno de esos artículos que parecen estar hechos aposta para ponerme nervioso. Dentro de la larga tradición de la izquierda española de decir que la crisis es culpa de todo el mundo menos de ellos, hoy toca poner en solfa a la tercera vía, ese artefacto retórico de finales de los noventa que popularizó Tony Blair.

Para empezar, el concepto de tercera vía era, ya en su origen, un peñazo insoportable, y no ha dejado nunca de serlo. Para los que no tuvieron que sufrir su lectura en la facultad, experiencia de la que aún no me he recuperado, dejadme daros una lista de conceptos básicos centrales en las tesis de Giddens:

1. Reparemos solidaridades dañadas.
2. Reconocer la centralidad de políticas vitales.
3. Aceptar que la confianza activa implica políticas generativas.
4. Abrazar la democracia dialógica.
5. Repensar el estado del bienestar.
6. Enfrentarse a la violencia.

Si mañana me planto en una conferencia de estas de refundación de la izquierda o en la asamblea de indignados media y suelto estas seis cosas con un poco de  ofuscación retórica bien administrada, nadie va a llamarme neoliberal. De hecho, el discurso de la tercera vía es perfectamente perrofláutico, sin necesidad de demasiado camuflaje.  No es un programa de gobierno, y estoy bastante seguro que nunca pretendió serlo; es un barniz de palabrería postmoderna a una carrocería que la izquierda europea llevaba utilizando desde hacía tiempo.

De hecho, la tercera vía no era la izquierda vendiéndose a los mercados ni nada por el estilo. La izquierda europea había aceptado las reglas del capitalismo de mercado desde hacía tiempo, y lo que hacían gente como Blair o Schröder era subirse a ese mismo tren. Del caso alemán hablé el otro día, y no me voy a repetir demasiado; el SPD pasó reformas estructurales necesarias que hicieron la economía alemana mucho más eficiente, y ahí están los resultados. Tony Blair cometió muchos errores (el peor de ellos, liberalizar al tuntún los mercados financieros), pero cuando los laboristas llegan al poder el gasto público británico era un 37% del PIB, y cuando se largan era un 44%. Lo más importante en su caso, sin embargo, es que su partido ya no está pidiendo nacionalizar los medios de producción como hacía en los ochenta, sino que llega al poder con la idea de modernizar y expandir los servicios públicos. La política fiscal de Blair, por añadido, fue muy redistributiva, aunque los efectos de la burbuja financiera hicieron que los ricos se llevaran alegrías igual. No que les duraran demasiado a algunos; Gordon Brown nacionalizó bancos, al fin y al cabo.

Los parientes más cercanos a Blair y Schröder no son los malvados neoliberales. La mezcla de mercados abiertos, flexibilidad económica y expansión de los servicios públicos son las marcas de fábrica de los sistemas de protección social holandés, danés, austríaco o sueco. La izquierda europea, desde tiempo inmemorial, ha entendido que lo mejor que puede hacer ante las fuerzas económicas no es prohibirlas, sino hacer que funcionen. La diferencia respecto a la derecha no es que no les guste el mercado; lo que siempre ha querido la socialdemocracia es utilizar los réditos del crecimiento económico para financiar una red de protección social que asegure que todo el mundo pueda disfrutar de este.

Hay un amplio, amplísimo sector de la intelectualidad progresista española que cree que el único socialismo real es el crear enormes burocracias con toneladas de regulaciones. Cuanto más cosas dirijan los políticos mejor, proclaman, a menudo dos minutos después de soltar una diatriba contra la corrupta clase dirigente. Es la nostalgia de Mitterrand y sus experimentos nacionalizadores, supongo, aunque nadie parece recordar lo horriblemente mal que salieron.

Lo más cargante, sin embargo, es que en España hemos tenido un gobierno de izquierdas de ese patrón, gobierno que además resultó durar muchos años, fue muy efectivo y sirvió como inspiración para los laboristas: el PSOE de González. Los socialistas, durante más de una década, compatibilizaron redistribución, servicios públicos, una fuertísima desregulación de la economía y una modernización tremenda del país, con un crecimiento económico tremendo en trece años. Nadie es perfecto, y nunca fueron capaces de pasar una reforma laboral decente, pero la combinación de apuesta por la igualdad y apostar por soluciones de mercado es algo que deberíamos conocer bien. Me temo, sin embargo, que muchos prefieren apostar por la retórica estatalista perroflauta, sin pararse a pensar de dónde venimos.

Aún así, una nota final: por mucho que nos rasguemos las vestiduras y lloremos de forma desconsolada en España, el problema no es «de la izquierda». Es del partido que manda. Merkel lleva una temporada larguísima viendo como la CDU se lleva sonoras palizas en todas las elecciones a las que se presentan, Sarkozy sería un cadaver político si no fuera porque el único candidato del PSF decente resultó ser un violador (y es probable que pierda igual) y Berlusconi no gana para galletas este año. En España parece que vivimos la gran tragedia de la izquierda, cuando la realidad es mucho más simple y prosaica: el que manda ahora es el PSOE, y está haciendo un trabajo horrible. El primer paso para «refundar» la izquierda es gobernar bien, sencillamente. Los grandes debates de ideas, sin hablar de políticas públicas concretas, no llevan a ningún sitio.