Los jovenes en España están perdiendo el tiempo algo serio. El nivel de desempleo entre los menores de 24 años es un catastrófico 43%, el doble que la media europea. El único país con una tasa remotamente comparable es Letonia, esos que se han comido una deflación brutal para entrar en el euro, y están a más de diez puntos de distancia. La situación es realmente desastrosa, una catástrofe sin paliativos, una tragedia generacional. Los nacidos en la década de los ochenta en España va a sufrir los efectos de la crisis durante toda su carrera – la crisis tiene efectos a largo plazo para ellos.

Lo más desesperante de esta recesión, sin embargo, es la tremenda asimetría en quién está sufriendo sus peores efectos. Los jóvenes se están tragando un nivel de paro absolutamente aberrante, mientras que el resto de cohortes tienen tasas mucho más bajas: un 16% entre 25 y 54, un 10.5% para mayores de 55. Cierto, en cualquier país del mundo un 16% de desempleo es una catástrofe – pero parece relativamente claro que hay algo en el mercado laboral que hace que los jóvenes se coman el marrón más que nadie. La crisis es para una generación entera la gran depresión, para el resto es una recesión un poco seria.

El sistema productivo español, las instituciones económicas, el mercado laboral están haciendo la vida imposible a todo aquel que haya nacido antes de 1990. En un mundo normal con votantes racionales los jóvenes estarían organizándose y movilizándose como locos, saliendo a la calle, protestando contra esta sociedad que les cierra el paso. Europa lleva una buena temporada sin una revuelta estudiantil seria; uno esperaría que un 40% de paro es motivo suficiente para pedir un mercado laboral más justo.

La pregunta es, entonces, ¿por qué no estamos viendo esta disparidad en la política española? Se me ocurren varios motivos. El primero, y más obvio, es que esta clase de movilizaciones es algo que normalmente nace en las universidades – y el paro entre licenciados es alto, pero no demasiado grave (por debajo de un 10%). Para los habitantes de facultades variadas en España, la crisis es un problema serio, pero no desesperante… o al menos no lo suficiente desesperante como para hacer ruído y entrar en el mercado laboral como un tipo con historial militante.

La segunda es más obvia: los jovenes tradicionalmente votan menos, y están menos interesados por la política. Sea por un mayor aprecio por el tiempo libre, sea por un mayor cortoplacismo, sea por que prestan menos atención, la participación política es relativamente baja entre los menores de 30 años, tanto en España como en el resto del mundo. Es una de esas cosas imposibles de escapar, me temo.

En tercer lugar, dejadme pecar de iluso optimista: no hay movilización social entre los jóvenes porque la verdad, nadie lo ha intentado. No, Izquierda Unida no me sirve; a estas alturas dudo que un treinta por ciento de menores de 25 sepan que exista. Me refiero a intentar un ejercicio de movilización social seria, incluso fuera de los partidos, que intente crear un grupo organizado pidiendo cambios.

No es algo imposible, incluso en España – a la vista están los incansables grupos independentistas catalanes o los colectivos antitaurinos. Es algo que exige mucho trabajo, mucho esfuerzo y muchas horas de mano de obra voluntaria para coordinar esta clase de jaleos, pero no es ni de broma algo imposible. Me parece triste que de las filas del mileurismo lo único que ha surgido son grupos de apoyo mutuo (¿»mileuristas anónimos»?), y no un movimiento de cabreo generacional serio. Sé de sobras que es algo difícil de montar y echar adelante (lo digo por experiencia propia – y en Estados Unidos, donde figura que hay más «cultura cívica»), pero es algo que tenemos que intentar.

La verdad, aún siendo complicado, estamos en el 2010. Con el nacimiento del dospuntocerismo, internet y las redes sociales nunca antes ha sido tan fácil y barato organizarse. La cosa sigue exigiendo poner un montón de horas (nada es gratis, etcétera), pero realmente vivimos en un mundo donde estas cosas son factibles fuera de las universidades. Sí, sé eso de tres españoles, cuatro opiniones, pero debe poder hacerse para exigir cambios, más allá de un tipo con gafas berreando desde Connecticut en su bitácora.

¿Iluso? Un poco, quizás. Ayer ganamos unas elecciones. Pero debería dar que pensar.