Hispania.

La racionalidad de la repetición

4 Ene, 2016 - - @egocrata

A pocas semanas de dos campañas electorales, parece que vamos camino de repetir no uno sino ambos comicios. Las negociaciones en Cataluña, tras semanas de tira y afloja marcados por el a menudo errático proceso de toma de decisiones de la CUP, se han roto definitivamente, y nadie tiene ni siquiera una miserable mayoría simple para alcanzar la investidura. En el Congreso en Madrid las negociaciones parece que ni siquiera van a llegar a empezar, dado que el PSOE, el partido que ocupa el centro de la geometría parlamentaria estos días, es incapaz de decidir qué quiere hacer.

Aunque no son casos estrictamente comparables, ambos escenarios son un buen recordatorio de que en sistemas parlamentarios lo importante no es ganar elecciones, sino poder formar mayorías. La paradoja, tanto en Cataluña como a nivel nacional, es que dos partidos no quieren formar parte de una. Veamos por qué.

La CUP y el eje izquierda-derecha:

Si algo deberíamos haber aprendido de las últimas elecciones catalanas es que los resultados no cambian demasiado. Como hemos comentado alguna vez, el voto nacionalista catalán siempre se mueve alrededor de 46-48%, con los votos cambiando entre los partidos de un mismo bloque. Es una constante antigua, que incluso elecciones tan polarizadas como las del año pasado parecen no haber cambiado.

La novedad en los dos últimos comicios es que la composición del bloque nacionalista está inclinándose hacia la izquierda. Aunque la “gran coalición” de Junts pel Sí sirvió para difuminar la debilidad de Artur Mas y CDC (o como se llame su partido esta semana), los resultados del 20-D son una señal clara que el centro de gravedad del nacionalismo probablemente está en ERC a estas alturas.

La CUP es un partido de izquierdas. Lo suficiente de izquierdas para tener un par de corrientes trostkistas dentro del partido, sin ir más lejos. Es muy probable que las bases del partido prefieran una Generalitat en manos de ERC, con algún Podemita/En Comú perdido dando apoyos puntuales, que tener que apoyar al que siempre había sido el partido catch-all pequeñoburgués por excelencia de Cataluña.

Obviamente, la incógnita para la CUP es si la esperpéntica negociación les pasará factura al repetir elecciones. Es muy probable que así sea, y de aquí las inacabables dudas de estos meses. En el fondo, sin embargo, la CUP es la clase de partido que esto de tener cinco o diez diputados le importa menos de que ganen los buenos; si forzar la repetición hace que pierdan votos hacia En Comú/Podemos y ERC pues bueno, son gajes del oficio.

De los tres partidos nacionalistas catalanes, el que mejor se lo debe estar pasando es ERC. Los republicanos saben de sobra que un adelanto electoral les favorece, especialmente si se presentan por separado. Todas esas declaraciones de fidelidad a Artur Mas como candidato inamovible eran casi seguro sinceras, pero no dudo que Junqueras es más que consciente que el adelanto electoral les favorece a ellos más que a nadie.

Lo más interesante de las próximas semanas serán los intentos por parte de Mas de reeditar Junts pel Si. Veremos que les ofrecen, y qué pide ERC. Cualquier cosa que no sea paridad de representación y Junqueras como primer ministro plenipotenciario será seguramente rechazado; esta vez negocian desde una posición de fuerza.

La guerra del PSOE:

Party is organized opinion” Benjamin Disraeli
Damm your principles! Stick to your party” Benjamin Disraeli

La historia tras las elecciones nacionales de diciembre no es tanto que no hay un partido con mayoría para gobernar, sino que el partido con más margen de maniobra para buscar alianzas ha caído en la parálisis y guerra interna.

Los socialistas, como opción de centro izquierda, teóricamente pueden buscar alianzas con Podemos y partidos progresistas, o incluso intentar construir una mayoría de centro, con Ciudadanos y Podemos. Si tienen ganas de parecer alemanes, pueden incluso buscar un pacto con el PP. No hay ninguna mayoría remotamente factible que no pase por el PSOE; fuera de un pacto PP+Cs+CDC+PNV (que sería la mar de divertido, pero bastante increíble) no hay nada que sume.

En un planeta normal, esto de ser el partido clave en cualquier mayoría parlamentaria debería hacer que sus dirigentes se relamieran ante las posibilidades que tienen ante sí. No sólo van a poder condicionar las políticas del próximo gobierno, y según como, incluso liderarlo, sino que además van a poder cumplir con el sueño de cualquier político medio decente negociando el futuro del país en reuniones de altos vuelos. Es Borgen, House of Cards, West Wing y todo lo que han visto alguna vez en la tele, pero esta vez son ellos los que están negociando. Son los amos del mundo. El centro del debate.

En el PSOE moderno, sin embargo, el hecho que el partido tenga un universo de posibilidades por delante es irrelevante. Los líderes del partido se han apresurado a trazar líneas rojas, poner alambradas y cavar trincheras, y han empezado a atizarse entre ellos con entusiasmo. Sea por convicciones políticas profundas, sea por ambición personal, sea por tener miedo que el ABC escriba un editorial criticándoles, el partido en vez de permitir que Pedro Sánchez utilice esta capacidad de maniobra ha procedido a romperle las piernas.

La situación es francamente absurda. En condiciones normales, el PSOE hablaría con todos, Pedro Sánchez pondría condiciones a Ciudadanos, Podemos y PP, y se establecería una negociación. Si la cosa sale bien, el PSOE llega a Moncloa, o impone su agenda al partido que la ocupe. Si sale mal, Sánchez se ha pasado tres meses proponiendo cosas en televisión, y echando la culpa al resto de estar en contra del bien y a favor del mal. Estos días, sin embargo, Sánchez se está viendo obligado a negociar con su partido, primero sobre qué puede hablar, y segundo sobre si es hora de organizar un congreso para echarle. Es un ejemplo épico de incompetencia política.

Hace unos días enlazaba un artículo del 2007 hablando sobre la disciplina de partido. Si hay algún momento en que el PSOE debería entender por qué es importante, es ahora. Los votantes no van a confiar su gobierno a un partido que es incapaz de gobernarse a si mismo.

Sobre el resto de partidos… Podemos, con buen criterio, está aplicando esa máxima napoleónica de nunca interrumpir al enemigo cuando está cometiendo un error. Rajoy está fuera de plano, ya que el PP no tiene ninguna vía a la Moncloa fuera del PSOE. En Ciudadanos supongo que estarán mirando al resto por encima del hombro y preguntándose cómo se las arreglado para perder las elecciones contra esta chusma, o algo parecido.

Un adelanto electoral favorecería creo a Podemos y PP, con Ciudadanos siendo el único partido que tiene algún incentivo para sacar al PSOE de su catatonia. El problema para ellos, claro está, es que PSOE+Cs no suman, así que necesitarían convencer a Podemos o al PP que enterrar a los socialistas en unas elecciones anticipadas es mala idea. Buena suerte con ello.

Bola extra: un posible pacto contra natura

No creo que sea factible, y la verdad, no creo que los líderes de los partidos españoles estén para hacer esta clase de inventos, pero aquí va: un gobierno en minoría del PP, con un pacto parlamentario del PSOE, Cs y Podemos.

La idea es permitir que Rajoy presida, pero que sea el Congreso quien gobierne. El PP estaría en el gobierno, pero no podría hacer nada sin pactar con la oposición. Los partidos se centrarían en negociar temas puntuales, en áreas donde hay acuerdo (por ejemplo, ley electoral, modernizar la administración o financiación autonómica), en una legislatura corta de un par de años. Esta clase de gobiernos divididos son comunes en regímenes presidencialistas, y relativamente inusuales pero no inauditos en sistemas parlamentarios.

Por supuesto, nadie tiene demasiado interés en hacerlo (creo), pero sería interesante. Que es lo que cuenta al escribir columnas.

Nota final:

El buen resultado de Podemos debería ser una señal clara al PSOE que hablar de referéndums en España no es un suicidio electoral. El votante medio es más pragmático de lo que parece.