Hay bien pocos términos más denostados en el debate político en internet que el de disciplina de partido. A este concepto se le atribuyen multitud de efectos malvados y terribles, que van desde el origen de la corrupción al autismo de los partidos, pasando por la destrucción del ideal de la democracia tal como lo conocemos y la muerte de la libertad de expresión.

Lo cierto es que cuando un elemento tan extendido en todos los sistemas políticos occidentales recibe tantas críticas uno debe empezar a sospechar. He comentado a menudo que cuando una determinada institución está organizada de una determinada manera acostumbra a ser por un buen motivo. En el caso de los partidos políticos, que viven a menudo en entornos extraordinariamente competitivos, es más que probable que tiendan a converger en aquellas soluciones que demuestran ser más efectivas.

¿Por qué existe entonces la disciplina de partido? La mejor manera de explicarlo es recurriendo a dos citas de Benjamin Disraeli, un primer ministro británico de la época victoriana:

1. «Party is organized opinion» (un partido es opinión organizada)
2. «Damm your principles! Stick to your party» (malditos tu principios. Sigue a tu partido).

El origen de los partido políticos se basa en la necesidad de cierto orden. Cuando un grupo de legisladores con preferencias distintas tratan de tomar decisiones, uno de los principales problemas a los que se enfrentan es lo difícil que resulta formar mayorías estables. Cada vez que se tiene que tomar una decisión todos los miembros de un hipotético parlamento sin partidos deben negociar lenta y dolorosamente con todos sus colegas, cada uno con orden de prioridades.

Para hacer las cosas más difíciles, no todo el mundo se preocupa por las mismas cosas de la misma manera; sólo decidir qué se decide primero y qué votamos después será un problema tremebundo. Y para hacer las cosas aún más difíciles, en una votación con más de una respuesta posible (haciéndonos escoger entre más de un proyecto de ley, por ejemplo) el conseguir una mayoría estable es de hecho matemáticamente imposible, haciendo el proceso más una guerra por controlar la agenda que un debate tranquilo.

Los partidos, inicialmente, nacen como una decisión racional por parte de grupos de legisladores para ganar votaciones. Si un grupo de parlamentarios negocia una determinada estructura de respuestas en unos cuantos temas («tú votas a favor en esto que me interesa, a cambio voto sí en esto a lo que soy indiferente») y votan en bloque, su capacidad de influir en las votaciones se incrementa muchísimo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que un grupo organizado siempre ganará a tres o cuatro tipos sin amigos, así que es sólo cuestión de tiempo hasta que el resto de legisladores se metan en un arreglo parecido.

En un sentido abstracto, la disciplina de partido es una norma organizativa por la que un legislador individual acepta votar por políticas que no comparte del todo a cambio de poder ganar votaciones sobre cosas que sí le interesan. Lo que vemos en una democracia representativa moderna es una evolución de este mecanismo social.

Cuando uno se mete en un partido político uno es perfectamente consciente que no está de acuerdo con todo. Lo que si sabe, sin embargo, es que algunos de los temas que el partido defiende sí coinciden plenamente, y por eso lo apoyamos. Un militante de base, evidentemente, tiene poco a decir sobre las posiciones del partido; la agenda (ese elemento crucial en un «voto en la jungla») está controlada por los líderes del partido. El motivo de este control es de nuevo una extensión de este mecanismo; un proceso de debate abierto tiene problemas de coordinación graves, así que los partidos tienden a funcionar en base a equipos reducidos (los «barones» o «notables» del partido) que son los que simplifican las votaciones.

La disciplina de partido, además, no se reduce a cómo se escogen las posiciones del partido. Como comentaba el otro día, los votantes detestan que los partidos tengan peleas internas. De forma más o menos intuitiva el electorado sabe que un partido que pierda el tiempo decidiendo qué hace no será un gobierno eficiente; si un presidente del gobierno tiene que perder el tiempo ganándose los votos de sus diputados uno a uno veremos pocas leyes, demasiada confusión y muchos regalos. Por añadido, la estrategia de apoyar primero y preguntar después es casi siempre racional. Un partido político ya tiene bastantes críticos y enemigos externos; es absurdo dar a la prensa más madera cuando estás militando en el menos malo de todos los nidos de víboras posibles.

No tiene que ser una sorpresa, por tanto, que los partidos políticos y sus militantes valoren la lealtad al partido como algo positivo en un potencial dirigente. No sólo es cuestión que el tipo te haya hecho la pelota en el pasado; también es signo que el tipo entiende en qué negocio anda metido. Evidentemente cuando se trata de mandar uno no quiere sólo zombies (y los líderes que saben lo que hacen no escogen gente pelota), pero el ir por libre es en muchos casos algo que se tiene que hacer con mesura. Sin ir más lejos, echad un ojo a todos los políticos españoles con fama de ir por libre, y lo «útiles» que han sido a su partido. Bono, Ibarra, Maragall, Aguirre, Gallardón, Díez… todos ellos gente lista, válida y muy preparada, pero detestados por ir contra corriente demasiado a menudo.

Evidentemente, esta idea de disciplina y lealtad no siempre es una buena idea; no hace falta más que fijarse en lo que sucede cada vez que pillan a alguien con las manos en la hucha en un caso de corrupción. Organizativamente, sin embargo, es una respuesta más que racional, y que no debería ser tan despreciada.