Economía

Reseña de Economía y Pseudociencia

30 Dic, 2013 - - @politikon_es

Hablar mal de la economía como disciplina y de sus practicantes es, especialmente de unos años para acá, un deporte bastante popular. De todas las disciplinas académicas, esta es probablemente la que recibe ataques más a menudo desde otras áreas de trabajo y acusaciones en el espacio público de enmascarar tras su complejidad una agenda ideológica y de pretender una calidad científica de la que carece.

Frente a este desolador escenario existe un grupo de personas que con intenciones predominantemente honestas han visto en el paradigma económico dominante una caja de herramientas con la que construir sus conclusiones y un conjunto de proxies que les ayudan a destilar sus opiniones. A este grupo de personas, entre los que se encuentra el autor de esta reseña, el libro “Economía y pseudociencia” de José Luis Ferreira, ha hecho un servicio considerable.

El libro

El mensaje central del libro de JLF es claro. Cuando el conjunto de ideas que configura la economía moderna se delimita correctamente, distinguiendo las opiniones de economistas individuales del consenso entre la profesión, se tiene en cuenta la complejidad de su objeto de estudio y se examina su contenido de forma rigurosa, entonces la economía moderna ofrece conclusiones razonables, marcos de análisis interesantes y la mayoría de las críticas a ella dirigidas parecen infundadas. Esta idea, que a la mayoría de especialistas les ha costado algunos miles de páginas desarrollar, JLF consigue condensarla en apenas un centenar de páginas.

Para ello, Ferreira pasa revista y desmonta un buen número de críticas falaces que se realizan en el espacio público a la disciplina, reflexiona sobre sus causas y provee explicaciones básicas para entender los errores de concepto que están detrás de ellas.  Sería privar al lector del placer de leer el libro llevar a cabo un análisis pormenorizado de cada uno de los capítulos; en su lugar, nos limitaremos a señalar que el libro se lee rápido, resulta agradable, invita a la reflexión y transpira honestidad y transparencia en cada página para, a continuación, hacer una pequeña digresión alrededor de algunos de los temas relacionados con el libro.

Economistas y emprendedores

El libro de Ferreira destaca muchas falacias y algunas de ellas son mantenidas por personas a las que se les podría presumir cierta expertise en su campo –así por ejemplo Carlos Rodríguez Braun, Niño Becerra o Vicenç Navarro. Circula la frase (citamos de memoria): “Cuando uno pide su opinión a dos economistas, normalmente obtiene dos opiniones de signo contrario. Si además uno de ellos es John Maynard Keynes, entonces obtiene tres”. Cuando los propios expertos parecen contradecirse o incluso incurrir en falacias en la arena pública ¿qué le queda al ciudadano de a pie para distinguir opiniones autorizadas de las que no lo son? Cabe destacar aquí varios aspectos.

En primer lugar, cabría desear que más ciudadanos demandasen no ideología y recetas bien definidas, sino razonamientos complejos, y que fuesen capaces de informarse leyendo blogs especializados o libros como el de JLF y otros expertos que adoptan buenas prácticas a la hora de opinar en público –tales como ser capaces de transmitir cuál es el grado de incertidumbre que está detrás de sus opiniones profesionales, o cuáles de sus opiniones reflejan preferencias personales y cuáles dictámenes profesionales.

En segundo lugar, un aspecto particularmente importante que Ferreira aborda solo de pasada en su interludio metodológico es que existe siempre una brecha entre la economía académica y las conclusiones de política económica, en que las segundas son siempre o casi siempre mucho menos sólidas que las primeras. Esta idea es una de la que, con frecuencia, ni siquiera muchos economistas son conscientes. Mientras que una recomendación de política económica tiene bastante de apreciación subjetiva y de idea feliz informada por conocimientos científicos, un consenso académico es normalmente el fruto del análisis de centenares de series de datos y de una discusión prolongada dentro de la profesión.

A resultas de lo anterior, las habilidades que son necesarias para ser un buen investigador pueden no ser siempre las mismas necesarias para un buen asesor o analista de coyuntura –lo que suele llamarse un “emprendedor político”. La principal razón por la que existe progreso dentro de la disciplina es porque, como en la mayor parte de las ciencias duras, existen indicadores fiables de lo que un investigador ha contribuido a la disciplina –normalmente en la forma de índices de citas – y estos indicadores pueden utilizarse para dar incentivos correctos a los investigadores. En la práctica, esto resulta en que la profesión económica recompensa la especialización en parcelas técnicas bastante acotadas y donde los conocimientos ajenos a esa parcela u otras habilidades tienen una relevancia pequeña o inexistente.

El éxito en el mundo de emprendeduría política está sin embargo determinado por otra serie de factores. Además del necesario capital social y político para ser escuchado en los círculos adecuados, de una buena capacidad de comunicación –recordemos que el objetivo de un editor de libros de divulgación es vender libros, y para venderse estos deben seducir al lector –, llegar a conclusiones sobre políticas públicas requiere tener un conocimiento a menudo más global y más práctico.

Una parte importante de la confusión que se observa proviene posiblemente de la falta de comunicación entre estas dos comunidades. Es cierto que con cierta frecuencia aparecen economistas, incluso economistas con galones, en la arena pública, haciendo afirmaciones embarazosas sobre temas que sobrepasan su área de especialización. Mucho más a menudo, simplemente estos desertan del debate público o son solo capaces de ofrecer soluciones parciales circunscritas a su campo que no satisfacen al oyente. Por otro lado, con mucha más frecuencia, personas con escasa preparación técnica pretenden hacer afirmaciones autorizadas y tajantes sobre temas complicados y resultan ser éstas las que terminan apropiándose del debate público.

Por desgracia, da la sensación de que, debido al carácter cada vez más técnico de la disciplina y a la importancia cada vez mayor de la comunicación, esta brecha no dejará de crecer en el futuro. Como decíamos, queda solo esperar que haya más personas como JLF que estén dispuestas a invertir una parte de su tiempo a poner estas ideas juntas ayudando al ciudadano dispuesto a informarse a distinguir el grano de la paja.