Economía

Auge y caída de Detroit

19 Jul, 2013 - - @egocrata

Alguien me preguntaba por Twitter ayer sobre la bancarrota de Detroit, Michigan. La ciudad, cuna y centro de la industria automovilística americana, se declaró ayer incapaz de afrontar sus deudas en un tribunal federal, inciando la bancarrota municipal más grande de la historia de Estados Unidos.

La historia sobre cómo Detroit ha llegado aquí es a la vez muy simple y muy compleja; los números son muy fáciles de entender, el por Robocop, te necesitamosqué la ciudad acabó de este modo requiere algo más de explicación. Empezaremos por dos cifras básicas: 1.850.000 y 713.000. La primera cifra es la población de Detroit en 1950. La segunda es la población de Detroit a día de hoy. Tenemos una ciudad con una infraestructura, una red de transportes, una superficie construida (el término municipal de Detroit son 360 Km2, una enormidad) y unos servicios diseñados para dos millones de habitantes. La población de la ciudad es menos de la mitad.

Esto sería un problema grave en cualquier sitio, pero para un gran ciudad americana lo es mucho más. En Estados Unidos los gobiernos municipales tienen muchas más atribuciones que en casi cualquier lugar del mundo: policía, bomberos, emergencias y (la más importante) educación van a cargo de los ayuntamientos. De forma especialmente onerosa para una ciudad que ha perdido población, las pensiones de los empleados públicos municipales no van a cargo de la seguridad social federal, sino de las arcas locales (los empleados públicos están, casi en su totalidad, excluidos del sistema de pensiones común), así que Detroit tiene que pagar de sus presupuestos la jubilación de una mano de obra de una ciudad mucho mayor que la actual. El resultado son 20.000 millones de dólares en deudas, un déficit crónico, y unas cuentas públicas totalmente insostenibles.

La pregunta, claro está, es cómo ha llegado la ciudad hasta aquí. Para empezar, el área metropolitana de Detroit ha seguido creciendo a buen ritmo durante los últimos sesenta años (ha pasado de tres millones a 4,2 millones) así que no estamos hablando de la decadencia de una región, sino de una área muy determinada de ella. Tampoco hablamos de la caída de la industria automovilística como tal; aunque General Motors, Ford y Chrysler son mucho menos dominantes de lo que solían, la renta por cápita de Metro Detroit está un poco por encima de la mediana nacional, y tiene una economía sana y diversificada. La historia, en este caso, es del auge del centro de esta zona metropolitana en el pasado siglo como una nucleo industrial, y como este centro dejó de ser atractivo en años sucesivos.

Sobre el auge de Detroit casualmente escribí un artículo hace ocho años (¡!), hablando de geografía económica. Creo que sigue siendo bastante válido; es una historia bastante sencilla de efectos de red, economías de escala  y externalidades positivas. Sobre la caída de la ciudad, aunque parezca mentira, también tengo un artículo de ese mismo año, hablando de segregación racial y la espiral mortal de Detroit tras los graves disturbios de los años sesenta.

Este segundo artículo merece algunas notas adicionales. Detroit ha sufrido white flight, la salida de clases medias (blancas) largándose a vivir en los suburbios. La ciudad es 80% afroamericana hoy, así que la salida ha sido tremenda. Lo que dejo un poco de lado es que aparte del efecto de segregación racial, la interacción de la salida de clases medias con la provisión de servicios es lo que realmente ha acabado con Detroit. Las ciudades en Estados Unidos recaudan usando impuestos de propiedad, y gastan en educación. Cuando una ciudad pierde población, el precio de la vivienda baja. Si además lo que salen son las clases medias,  esta caída es aún más acusada. La ciudad, mientras tanto, tiene que seguir pagando por las escuelas, pero tiene una base imponible menor, así que tiene que subir los impuestos para cubrir esos gastos. Los alumnos que se quedan en la ciudad, además, son pobres y más caros de educar que los que se van, acentuando el problema. Si a esta pérdida de recursos le sumamos previsibles recortes en orden público y un también previsible aumento de la tasa de crimen (Detroit tiene una tasa de homicidios ocho veces mayor que Nueva York, y cincuenta veces mayor que Madrid), la espiral rápidamente se convierte en algo imparable.

Lo más triste, sin embargo, es que la economía de la ciudad estaba empezando a dar leves señales de vida. GM, Ford y Chrysler se han recuperado sorprendentemente rápido tras la crisis, por un lado, y la ciudad es tan patéticamente barata y decadente que está atrayendo inversión y talento a un ritmo sorprendente estos días. Hay voces que señalan que la bancarrota de la ciudad es de hecho una buena noticia: el gobierno municipal es tan disfuncional (40% del alumbrado público no funciona, tiempo medio de respuesta de la policía para emergencias: 58 minutos, recogida de basuras cuando están de humor)  que esto sólo puede servir para hacer limpieza. Lo cierto es que la ciudad no puede ir a peor; es difícil ser optimista cuando la tasa de paro es de un 18% (sí, esto es horrible en sitios normales) y la renta por cápita apenas $15.000 anuales, pero una racionalización de pensiones, infraestructuras e incluso organización física de la ciudad (se ha hablado de demoler barrios enteros y concentrar la población en zonas viables) es casi obligada.

Nunca acabaré de entender de todos modos la enorme cantidad de incompetencia municipal acumulada para llevar la ciudad a este punto, y la extraordinaria tolerancia del resto de administraciones (y de los mismos votantes) para permitir la existencia de este agujero negro*. Estados Unidos en estas cosas nunca deja de sorprenderme.

*: el color de la piel de los que se quedaron en Detroit probablemente tiene algo que ver.